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08/02/2019 22:21 CET | Actualizado 08/02/2019 22:22 CET

Sin relator y sin relato

Las claves de la semana.

Javier Barbancho / Reuters

De todas las historias de la Historia, decía Gil de Biedma, la más triste sin duda es la de España porque termina mal.

Como si el hombre,

harto ya de luchar con sus demonios,

quisiera terminar con esta historia/

de ese país de todos los demonios.

Esta semana volvieron a la agenda política todos ellos. El uso partidista de la bandera, la agitación del asfalto, la ¿traición?, la cesión al independentismo, los muertos de la guerra -que sólo son huesos para una infausta senadora-, ETA... Sí, también la banda terrorista que hace años, por fortuna para todos y gracias al Estado de Derecho, ni está ni se la espera. Pablo Casado se empeña en hacer del independentismo catalán un émulo de ella. Todo vale y todo vuelve con esta generación de políticos -todos ellos- que llegaron para perfeccionar la democracia y llevan camino de hacerla trizas.

El viaje al pasado del PP incluye, como en 2004, recuperar la calle y el megáfono para clamar contra un Gobierno socialista que, dicho sea de paso, le ha dado la excusa perfecta para prender la mecha con la que arengar a las masas: una supuesta traición a España, a la nación y a la bandera. Ahí es nada. Si así fuera, los populares tienen a mano la Constitución y el Reglamento del Congreso para llevar ante el Supremo al Gobierno. El mecanismo está en ambos y no requiere ninguno de ellos de mayorías reforzadas.

EFE
Carmen Calvo, en la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros.

No se sorprendan de si el verbo inflamado, la sobreactuación y la retahíla de epítetos gruesos del PP contra Sánchez acaban por sacarle de la pista en beneficio de VOX, que es hoy el partido que más crece por la derecha. Ahí está también Rivera, entre Abascal y Casado, sin querer salir en la foto pero retratado una y mil veces con sus palabras y con sus hechos. Juntos todos ellos la mañana del domingo para ir, no a misa, sino a la plaza de Colón y clamar "Por una España unida" y unas "elecciones ya" como si una cosa llevara a la otra, y los votos que salieran de las urnas fueran a servir de pegamento para unir emociones y soldar desafectos.

La oposición, sí, anda excitada porque el Gobierno ha asumido como propio el lenguaje, el marco y el relato del independentismo. Se lo han puesto en bandeja: que si un mediador, un notario, un facilitador, un relator... Lo que hiciera falta para una mesa de partidos sobre Cataluña pero, sobre todo, para que se aprobaran los Presupuestos y Sánchez pudiera estirar su agónico mandato.

Se lo propuso Puigdemont en conversación telefónica a Pablo Iglesias y éste se lo trasladó a Sánchez. Que el secretario general de Podemos haya interrumpido su baja paternal para ir a La Moncloa a reunirse con el presidente en plena polémica por el "relator", y no para un Consejo Ciudadano de su partido, da idea del papel que ha jugado en todo este tiempo durante las conversaciones entre el Gobierno y la Generalitat para buscar una solución al conflicto catalán y evitar que se rompiera esta desgraciada Legislatura.

El nuevo error del Gobierno ha sido dialogar con la vista puesta en el trámite presupuestario y, de paso, destapar la liebre sobre lo que realmente esconde una negociación con los independentistas.

Y que Carmen Calvo, por cierto, haya sido incapaz de explicar lo inexplicable en dos "canutazos", una entrevista radiofónica y una extensa rueda de prensa en el mismo día tiene que ver con la habilidad de la vicepresidenta para hablar mucho y no aclarar nada, pero más con un trágala a Sánchez a cambio de ganar tiempo al calendario electoral. La ocurrencia y la responsabilidad esta vez no fueron de ella.

Donde se dice relator se quiere decir mediador -reivindicación histórica del independentismo catalán- y se ha dicho justo la semana previa a que el Congreso vote los presupuestos y el Supremo siente en el banquillo a los acusados por el procés. Ese ha sido el nuevo error del Gobierno: dialogar con la vista puesta en el trámite presupuestario y, de paso, destapar la liebre sobre lo que realmente esconde una negociación con los independentistas que, según versión del vicepresidente de la Generalitat, es una mesa de partidos a nivel nacional en la que se pueda hablar de todo, incluido el derecho de autodeterminación, y después aprobarlo tanto en el Parlamento catalán como en el Congreso.

La clave la dio Elsa Artadi: alguien tendrá que tomar nota para que no nos digan una cosa dentro y otra, distinta, fuera. Lo que le faltaba al Gobierno es que el independentismo filtrara documentos que acrediten su versión de los hechos y aparecieran textos aún más comprometedores para Sánchez. No lo descarten. Al fin y a la postre, ya conocemos hasta la literalidad del whatsapp de la ruptura que Calvo envió a su homólogo en Cataluña: "Entiendo que es un no. Suerte".

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Pablo Casado, subido al capó de un coche con una bandera de España, en un acto de campaña de las primarias en el PP.

¿Y aún pensaba el presidente que este sapo iba a comérselo el PSOE? Hay que ser muy ingenuo para pensar que quienes callaban y, por tanto, otorgaban en su partido desde hace tiempo, iban a seguir haciéndolo. El relator ha sido el detonante, pero lo que esconde el malestar socialista es que el presidente ande en negociaciones con los independentistas, deslegitime las instituciones democráticas y les haya dejado, además, sin relato. Esto ya no va de Susana o de Pedro, ni de viejo o nuevo PSOE, sino de la esencia misma de un partido para el que el conflicto catalán fue siempre un agujero negro, además de una fuente de conflicto. Hay contrarios al disparate de esta semana sentados incluso en la mesa del Consejo de Ministros.

Lo que está en juego es mucho más que un gobierno regional o local, es la esencia misma del socialismo, un ADN que siempre fue la antítesis del nacionalismo . No es por tanto un contexto sino la genética lo que han llevado a Guerra, a Page, a Vara, a Lambán y hasta a Felipe González a salir a la palestra contra la consagración de un bilateralismo que bautiza de facto dos soberanías.

Eso dicen quienes, "sanchistas" o no, consideran que el presidente les ha llevado a un escenario diabólico en el que ya es imposible que el Gobierno no aparezca cautivo del independentismo ante la opinión pública, tras una semana en la que aceptó su marco para después escenificar una ruptura tan sobreactuada como la inflamación verbal de la derecha. En el tránsito, el PSOE se ha quedado sin relator, sí, pero también sin relato a tres meses de las municipales y autonómicas y quién sabe si también de las generales. El superdomingo vuelve a cobrar fuerza en la Moncloa, pese a que nadie duda de que la pretensión de Sánchez sigue siendo aguantar hasta otoño. Cosa distinta será que pueda y que tenga tiempo ya para construir una narrativa creíble ante la ciudadanía sobre un Gobierno que no cedió a las exigencias del independentismo.

EFE
Alfonso Guerra y Javier Lambán, presidente de Aragón, se saludan en el acto de presentación del libro del primero, "La España en la que creo".

De lo que ya no hay duda es de que el socialismo vuelve a bullir. Si esta semana ha sido prolija en voces de alerta, aguarden a la que incluye el próximo día 19, la fecha en que sale a la venta el libro que ¿ha escrito? el presidente Sánchez. Un relato que, bajo el titulo Manual de Resistencia, busca añadir épica a su corta pero intensa biografía política y en el que no parece que queden en buen lugar quienes contribuyeron a que saliera otro 1-O, el de 2016, por la puerta del garaje de la calle Ferraz. Si es así, habrá respuesta. Y entonces diremos que además de la de España, la del socialismo es otra triste historia que siempre acaba mal.

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