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14/10/2017 10:07 CEST | Actualizado 14/10/2017 10:35 CEST

Apuntes sobre la marcha

EFE

Este artículo también está disponible en catalán.

1. En los tiempos difíciles de la transición, la Constitución de 1978 se podía entender como una precaria, incierta y ambigua bandera que permitiría ampliar la libertad e imaginar otra disposición territorial; por esta razón se oponían a ella personajes nacionalistas y antidemócratas como José Mª Aznar o Mariano Rajoy.

Muy pronto la derecha vio cómo podía hacer girar a su favor la ambigüedad y convertirla en un tapón de cualquier ampliación de derechos y libertades, en un arma de opresión y recentralización. No han parado hasta que han logrado convertirla en un grillete y se han convertido en fanáticos de una Constitución que usan como una maza.

2. La extrema derecha siempre ha estado ahí (como muy evidentemente la derecha), no es que el independentismo la haya devuelto o la haya despertado. Cuando la extrema derecha (y la derecha) ha visto que tal vez podía mermar su enorme en todas partes institucional o no, se ha manifestado con la crudeza que le es propia. En todas partes. El ataque ultra del 9 de octubre en Valencia contra una manifestación que, por cierto, no era independentista, lo muestra con nitidez. La complicidad de la policía remitía a tiempos que parecían pasados. Que no volvamos a los impunes atentados como los que sufrió Joan Fuster, azuzados por una derecha que no movió un dedo para detener quien los perpetró.

3. Es muy conocido que Rajoy es un luchador radical e infatigable (no, no es ninguna ironía) contra la libertad, contra los derechos civiles y laborales. Durante su mandato, el Estado ha dado pasos gigantescos en cuanto a la pérdida de libertades y a la inseguridad ciudadana. Los últimos días ha quedado de manifiesto, además, que no sólo es una persona con poca empatía sino que es despiadado, a la altura, por ejemplo, de Rafael Hernando.

Tanta tumultuosidad que dicen ver en las pacíficas manifestaciones de Cataluña y ni una mención política a la violencia de Valencia. Ni una palabra de reconocimiento, ya que no de consuelo, a las víctimas de la violencia policial del 1 de octubre durante el referéndum. Tampoco las tuvo el rey. Al contrario, como en los malos tratos, se acusa y se culpabiliza a las víctimas de lo que perpetran los maltratadores. Y con más expresiones que ponen los pelos de punta: «Hemos hecho lo que teníamos que hacer».

Se acabó poder creer que conseguir la independencia sería pan comido. Imaginar que era un camino de rosas que no tendría costes.

4. Domingo 8, el independentismo pudo constatar que en Cataluña hay nacionalismo españolista. Es absurdo decir que la mayor parte de la gente que reunió la manifestación venía de fuera. El grueso era catalán y lo constituía mucha gente. El jueves 12, hubo otra demostración importante. Según la Urbana, 65.000 personas se reunieron en el centro de Barcelona. Un número más ajustado y que tal vez corresponde más a la realidad que el número del día 8. En todo caso, mucha gente. Es un elemento a tener muy en cuenta.

Que una de las consignas más repetidas en ambas manifestaciones fuera «Puigdemont, a prisión» (en la línea del «¡A por ellos!») y la simpatía y fervor que muestran por la misma policía y guardia civil que repartió una somanta de hostias como panes a una población desarmada el día del referéndum es desalentador, no augura nada bueno y da un poco de miedo.

5. Domingo 1, tras la violenta actuación de policía y guardia civil, no hubo ningún altercado ni ningún tumulto, ni uno. Ninguna violencia. Me gustaría saber cuántos contenedores hubieran quedado sin quemar en cualquier lugar de Europa después de una represión tan gratuita y organizada como brutal. La no violencia, la resistencia pacífica, es quizás el único rasgo identitario y transversal tanto del soberanismo como del actual independentismo, el valor que los define. Que dure.

Por eso es especialmente doloroso ver que comentaristas con prestigio equiparan independentismo y extrema derecha españolista.

No, no son lo mismo. Por ejemplo, fueron grupos de ultras españolistas de diferentes equipos de fútbol que acudían a la manifestación quienes organizaron la batalla campal del domingo 8 en la plaza Catalunya de Barcelona.

6. El independentismo ha tenido que encajar dos fuertes golpes.

Por intuida que fuera, la ambigua suspensión de la República inmediatamente después de asumirla que no declararla por parte de Carles Puigdemont, con la desmovilización y la confusión que ello supone. Puigdemont hizo, pues, un Syriza y por una razón, mutatis mutandis, parecida a la de Alexis Tsipras: el vértigo ante lo nuevo y lo desconocido, el miedo a transgredir el statu quo imperante.(Curiosamente, al día siguiente de no declarar la independencia de una manera clara e irreversible, la misma gente que pedía a Puigdemont que fuera prudente y no la proclamara, le criticaba o se burlaba de él porque se había echado atrás.)

El otro golpe es la desmoralizante fuga de empresas de Cataluña. Una maniobra llena de lógica empresarial, por otra parte, recurrente y de manual en cada lugar donde se ha puesto en marcha un proceso de independencia y que, sobre todo, pone crudamente encima de la mesa el debate de cómo debería ser una Cataluña independiente.

Se acabó poder creer que conseguir la independencia sería pan comido. Imaginar que era un camino de rosas que no tendría costes. Pensar que todas las poderosas fuerzas contrarias se plegarían de brazos sin hacer nada.

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