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01/03/2016 07:07 CET | Actualizado 03/03/2016 15:56 CET

'Carol': un libro de película

carolEn estos momentos puede verse en los cines Carol dirigida por Todd Haynes, guión de Phyllis Nagy y actuación estelar de Cate Blanchett y Rooney Mara. No desmerece un ápice la excelente y valiente novela de Patricia Highsmith, publicada bajo seudónimo en 1952, en que se inspira.

Este artículo también está disponible en catalán.

A finales de 1948, Patricia Highsmith había finalizado Extraños en un tren (se publicó un año más tarde), no tenía ni un duro y, durante la campaña de Navidad, trabajó de dependienta en un almacén Bloomingdale's de Manhattan. Un buen día fue presa de un carnal y particular síndrome de Stendhal.

Una mañana, en aquel caos de ruido y compras apareció una mujer rubia con un abrigo de piel. Se acercó al mostrador de muñecas con una mirada de incertidumbre [...] y creo recordar que se golpeaba la mano con un par de guantes, con aire ausente. Quizá me fijé en ella porque iba sola, o porque un abrigo de visón no era algo habitual, porque era rubia y parecía irradiar luz. [...] Compró una muñeca. [...] Era una transacción rutinaria, la mujer pagó y se marchó. Pero yo me sentí extraña y mareada, casi a punto de desmayarme, y al mismo tiempo exaltada, como si hubiera tenido una visión.

La magnificente compradora era Kathleen Senn.

Esa misma noche, sola en casa y doblemente enfebrecida (tenía la varicela), transmutó el encuentro -desde el punto de vista de la dependienta, claro- en literatura.

Sus ojos se encontraron en el mismo instante [...]. Era alta y rubia, y su esbelta y grácil figura iba envuelta en un amplio abrigo de piel que mantenía abierto con una mano puesta en la cintura. Tenía los ojos grises, incoloros, pero dominantes como la luz o el fuego. Atrapada por aquellos ojos, Therese no podía apartar la mirada. [...] La mujer también miraba a Therese, con expresión preocupada. Parecía que una parte de su mente estuviera pensando en lo que iba a comprar allí, y aunque hubiera muchas otras empleadas, Therese sabía que se dirigiría a ella. Luego la vio avanzar lentamente hacia el mostrador y el corazón le dio un vuelco, recuperando el ritmo. Sintió cómo le ardía la cara mientras la mujer se acercaba más y más.

Si van a ver Carol (2015), de Todd Haynes, pronto verán la hermosa escena (que bebe de ambas fuentes) en unas no menos bellas imágenes en un film absolutamente fiel.

La guionista, Phyllis Nagy, lo borda: comprime el tiempo, establece una límpida trama, a ratos distinta; la aligera de algunos detalles, por ejemplo, nunca se habla de dinero, y cambia otros: en el libro, la nada trivial aparición de una pareja de lesbianas ocurre en un bar; en el filme, en cambio, una de las protagonistas las atisba cuando compra amorosamente un disco que en el libro, a su vez, era un bolso.

El refinado humor de Highsmith sitúa la historia durante las familiares, a menudo nefastas, fiestas navideñas. El guión, en una sutil vuelta de tuerca, acepta el envite, y cuando las protagonistas comienzan un iniciático viaje un poco, mutatis mutandis, a lo Thelma & Louise (1991), el elegante coche arranca en un paisaje frío y nevado mientras en la radio suena el más tópico y campanil villancico.

Lejos de la letra impresa, Cate Blanchett ilumina la pantalla con la voz -capaz de crear remansos de silencio en el estrépito- de Carol Haird, con una risa más hermosa que la música y una boca tan sagaz como sus ojos; y Rooney Mara, a primera vista menos espectacular, la llena de la inseguridad, el sentimiento de extrañeza, la oculta belleza, el embeleso y la sensibilidad de los 19 años de Therese Belivet. Hacen real una pasión que se esfuerzan por controlar y evidencian la vibración de un deseo contenido pero incandescente. La mirada enamorada que enamora a quien es mirada.

Libro y película narran la potente y diversa presencia -son dispares en casi todo- de dos mujeres que se atraen y se enamoran. Plantean, pues, una cuestión universal en una historia que felizmente termina bien, a pesar de los múltiples obstáculos. Algunos concretos (la diferencia de edad, de clase social, la existencia de una hija), otros generales (la despiadada ley patriarcal, la estigmatización del amor gay, lo que dificulta su reconocimiento, y no digamos ya su aceptación).

Presentan un amor finalmente pletórico, pese a que comparten el vano intento de empujar (especialmente en la novela) a la protagonista más joven hacia un hipotético amor heterosexual. Quizá por influencia de la emblemática novela El pozo de la soledad, de Radcliffe Hall, condenada a la hoguera en 1928 (tan sólo 20 años antes) porque un juez consideró que la solitaria frase "y esa noche no se separaron" era un pozo de obscenidad.

Film y novela son un canto contra la hipocresía, contra esconder cómo y quién eres. La que tiene una hija se niega a mentir y a disimular porque ello la degradaría y, por tanto, la invalidaría como madre; aunque signifique que no pueda verla o le dificulte enormemente las visitas, se niega también a usar a la niña como un ariete contra el marido. Sitúan la maternidad en un punto justo. ¡Qué bonito y económico speech, el de la muy bacalliana Cate Blanchett, cuando se reúne con los abogados! Uno de los momentos más emotivos del filme.

Ya era hora que alguien transformara la valiente obra de Highsmith en un film, que rezuma calidad además por todos sus poros. Rodado en Super 16 mm (a saber en qué consiste eso), el resultado es una textura de una enorme calidez y un granulado tan denso que casi tiene relieve y volumen. Cuidadísimo, desde la música al vestuario; cada vestido, pantalón o abrigo es una declaración de intenciones; cada color pastel, una declaración de principios; cada encuadre, una pintura.

Bienvenido sea un filme que se dirige a un público amplio donde el amor triunfa y sus protagonistas gozan, después de tantas películas en las que las lesbianas -muchas veces demoníacas- pagan su transgresión, su sexualidad, con dramas tremebundos o con la muerte. O en filmes que son un festín morboso para solaz de ojos masculinos.

En efecto, cuando Highsmith escribió Carol, ser lesbiana era más difícil y peligroso que ahora, y su duro destino era el matrimonio, la locura o el suicidio. Hasta qué punto este amor aún está mal visto y estigmatizado en el cine (y en todas partes) se puede constatar en un detalle: cuando Susan Sarandon y Catherine Deneuve tenían que besarse apasionadamente en el rodaje de El ansia (1983), alguien recomendó a Sarandon que antes de entrar en harina se tomara una o dos copas de vino. Ella respondió que muchas gracias, pero que para besarse con Deneuve francamente no le hacía falta.

La película optaba a seis merecidos Oscar, incluidos los de Blanchett y Mara, aunque la estupenda Blanchett, en dos o tres momentos, sobre todo al principio, se excede rozando el amaneramiento (peccata minuta). Realmente no necesita exagerar ni un ápice: siempre, siempre, y sin ningún esfuerzo, entra en el lugar que sea a la velocidad adecuada. De todos modos, algunos prejuicios deben permanecer sólidamente arraigados, puesto que ni director ni film han sido nominados y no se ha llevado ninguna estatuilla.

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