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28/09/2015 07:06 CEST | Actualizado 27/09/2016 11:12 CEST

La hemorragia sin fin del terrorismo machista: el punto cero (III)

fotoEl artículo, como los dos anteriores, gira alrededor de una violencia desgraciadamente estructural como la machista. Incide en la necesidad de actuaciones tanto específicas como globales en los centros de enseñanza de cara a prevenirla.

Este texto también está disponible en catalán

Empieza el curso y viene a cuento recordar que la violencia machista sólo se restañará si se previene; si se va a la raíz. Para ello es primordial incidir en el sector de criaturas, adolescentes y jóvenes. Tanto desde casa, como desde cada ámbito de influencia: medios de comunicación, películas, series, entretenimientos, deporte, libros, etc.

Entre los etcéteras, los anuncios. En el siguiente, vemos a un hombre mirando el futuro con confianza, fe y seguridad; para la mujer, el futuro es él.

Un anuncio la mar de «normal», ¿se lo imaginan al revés? Por si las niñas no se sienten identificadas con una adulta, al lado, la versión infantil: una niña adorando embelesada a un niño. Para que se vayan empapando, para que se vayan haciendo a la idea.

Se tendrá que actuar, pues, también desde la institución escolar. En los dos artículos anteriores hablaba de la escasa sensibilidad de gran parte de la sociedad y de cómo se desentienden las instituciones. En cuanto a la sociedad (la enseñanza forma parte de ella), cabe señalar, por ejemplo, el desinterés del profesorado por la coeducación: en la última Escola d'Estiu de la prestigiosa Rosa Sensat se programó un único curso de coeducación: no hubo suficiente matrícula para realizarlo. Otro detalle, TV3 acaba de estrenar una serie, Merlí, que se desarrolla en un instituto. Un profesor nuevo se presenta en una clase mixta (que no coeducativa) así: «Mi nombre es Merlí y quiero que la filosofía os la ponga dura». Se ve que lo consideran un discurso muy transgresor y moderno. A ver si le alcanza cuando explique al alumnado el nacimiento de la democracia masculina en Grecia.

Otro: un grupo de docentes pasó una encuesta a alumnas de bachillerato sobre las agresiones que recibían por parte de sus compañeros en los centros. A la pregunta directa «¿Te han agredido alguna vez?», muchas chicas decían que no, pero dos preguntas después: «¿En qué lugar o lugares te han agredido?», contestaban que en el patio y en el pasillo, por ejemplo. No mentían: el malestar de percibirse como agredidas las impelía a negarlo. En justa correspondencia, cuando esta experiencia se explicaba en congresos o jornadas, se detectaba que a muchas asistentes les generaba más incomodidad que se indagase sobre las agresiones que no el elevadísimo porcentaje de chicas agredidas. Mejor ignorarlo. Mejor, como las chicas, simular que...

Respecto a las actuaciones institucionales, el PP incluso elimina alguna; por ejemplo, la asignatura de la Educación para la Ciudadanía. Insuficiente, pero que bien enfocada podría ser un punto de partida. El Gobierno de CiU fulminó el pionero programa que había implementado la Consejería de Interior contra la violencia contra las mujeres en tiempos del tripartito; coherentemente, ha erradicado lo poco que se hacía en coeducación. Hace ya años, el presidente Mas mostró su ideología al respecto: cuando le pidieron cuentas de unas subvenciones a la privada más elitista y cara que practicaba, además, una educación segregada desde la derecha más retrograda, dijo sin sonrojarse que había «sobrado» un dinerillo. ¿Puede sobrar dinero público? No, se había dejado de invertir donde se tiene que invertir. O se distrajo o se sustrajo. Lo continua haciendo.

Antes remarcaba la necesidad de que la Educación para la Ciudadanía se enfoque bien, dado que las acciones institucionales tienden a quedarse en la pura superficialidad y a escamotear a las chicas, a las mujeres, las herramientas que les permitirían entender y hacer frente a la violencia machista.

Un ejemplo. Se considera de mal gusto explicar a las chicas que la mayor parte de las agresiones masculinas, incluidas las sexuales, las cometerán chicos y hombres de su entorno. Un día, en clase en el instituto, surgió la cuestión de las agresiones machistas, y cuando dije algo tan comprobado y elemental como lo anterior, algunos chicos se sintieron ofendidos y algunas chicas me miraron como a una aguafiestas: desmontaba el mundo idílico y placentero que anuncios, medios de comunicación, algunas películas, etc. presentan. Me dio mucho que pensar.

Un síntoma relacionado es, por ejemplo, el cambio de título de la novela de Stieg Larsson --contra la explícita voluntad del autor--, Los hombres que odian a las mujeres, por uno mucho más amable y eufémico: Los hombres que no amaban a las mujeres; como si el título original fuera demasiado duro.

Alguien podría objetar que decir la verdad desnuda y cruda podría fomentar malestar en las relaciones entre chicas y chicos, pero la realidad desnuda y cruda muestra, que si se esconde, el panorama es desolador, tremebundo. Insisto en ello: priva a las chicas de los mecanismos para entender qué pasa y cómo poder reaccionar. Y eso las puede llevar a sentir vergüenza y miedo; a paralizarlas.

Incluso es posible que naturalicen unas relaciones basadas en el abuso y en agresiones, digamos, de baja intensidad. Que interioricen y no cuestionen que deben vigilar cómo visten, que no han de pasear a ciertas horas por según qué lugares; que la culpa es de ellas y no del agresor. (Tanto a Laura del Hoyo como a Marina Okarynska (las dos amigas asesinadas por Sergio Morate, ex pareja de Okarynska), como a sus familias y entorno --en definitiva, a todo el mundo--, les pareció «normal» que Okarynska tuviera que ir acompañada a recoger sus cosas por si acaso. La magnífica película Te doy mis ojos (2003) de Icíar Bollaín relata perfectamente estos entresijos.)

Un rasgo frecuente en las relaciones entre chicas y chicos es que ellos suelen cobrar al contado: o cambias y haces lo que digo, etc., o te dejo (y todo lleva a creer a las adolescentes, a las mujeres, que sin un hombre al lado no son nadie). Las chicas, en cambio --casi todos los modelos culturales y relacionales les enseñan a sentir y a actuar así, ¿recuerdan el anuncio?--, piensan que paciencia, que poco a poco ya los irán cambiando; en definitiva, a cobrar a plazos. Plazos que suelen no llegar nunca.

En los centros escolares, de estas maneras de relacionarse y de poder, que tiñen también las relaciones sexuales --entramos en terreno delicado--, tampoco se habla nunca. Por eso es lamentable que la educación sexual, en el mejor de los casos, sea escasa y no integrada, dado que se suele hacer en visitas esporádicas a los centros de salud, desligadas de todo. Es sorprendente ver cómo chicas y chicos reaccionan a menudo cuando les ofrecen un condón para que lo examinen: lo suelen rechazar como si quemara; tampoco parece que les incumban los folletos explicativos, incluidos los que hablan de la transmisión de enfermedades sexuales.

Hay encuestas que muestran que bastantes chicas que manifiestan preferir otras prácticas se ven obligadas al coito vaginal pelado y crudo como única posibilidad de relación con su novio. La idea de la penetración como única manera de follar «de verdad» y de demostrar la virilidad es tan extendida, valorada y divulgada por tierra mar y aire que muchos chicos no son capaces de querer ninguna otra. Mientras, la derecha en general tiene reluctancia a admitir que la sexualidad debe formar parte de la educación. El PP, en el paroxismo de la ofuscación, cree que la educación sexual, un aspecto tan importante del ser humano, desciende literalmente del cielo (y concebida con pecado). Cree que trabajarla en la escuela, adoctrina; algo que, a su entender, no hace la inculcación del (nacional) catolicismo. Todo sigue atado y bien atado.

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