BLOGS
13/09/2018 08:09 CEST | Actualizado 13/09/2018 13:00 CEST

'Los eduardianos': Historia de un castillo

Virginia Woolf.
Wikipedia
Virginia Woolf.

Este artículo también está disponible en catalán.

Si Vita Sackville-West (Knole, 1892-Sissinghurst, 1962) hubiera leído el inicio de la sinopsis de Los eduardianos que brinda la editorial: «Sebastian y Viola, dos jóvenes hermanos que heredarán en un futuro no muy lejano la mansión de Chevron», hubiese roto a reír a mandíbula batiente. Eso sí, bien amargarmente. Ella que pese a ser Sackville-West por ambos lados fue despojada del castillo de Knole (condado de Kent) por la fulgurante llama de la espada del ángel del patriarcado que le prohibió heredarlo por el mero hecho de ser mujer. En efecto, en 1928 el caserón pasó a manos de un tío suyo.

Una de las claves de la génesis de esta novela publicada en 1930 es la profunda herida de la expulsión de este magnificente castillo —provisto de siete patios, cincuenta y dos escaleras, trescientas sesenta y cinco habitaciones y aquí me paro— donde Sackville-West nació y creció, y se casó en 1913.

Así, la mansión de Chevron —escenario principal de la novela y marco natural de Sebastian, el protagonista— es el alter castillo de Knole y muchas páginas del libro se dedican a describir de arriba abajo y en todos los sentidos el impenetrable mundo feudal que era un castillo británico a pleno rendimiento a principios del siglo XX. La acción se inicia en 1905 (concretamente el 23 de julio) y termina literalmente el día de la coronación de Jorge V en 1910; es decir, abarca los últimos cinco años del reinado de Eduardo VII, y de ahí su título.

'Los eduardianos' dibuja el retrato de una época, de una clase social, de unos usos y costumbres, el paso de una sociedad campesina a una industrial

Vita Sackville-West advierte antes de empezar la novela que ningún personaje es enteramente ficticio y quizás por eso se vendieron montones de ejemplares, hasta el punto de que la editora, la escritora Virginia Woolf (se publicó en la mítica Hogarth Press fundada en 1917 por Woolf y su marido Leonard) decía que no sabían qué hacer con el dinero a espuertas que generaba. Se podría pensar que este Bildungsroman por partida doble (Viola y Sebastian) podría ser difícil de entender hoy en día puesto que está trufado de personajes en clave. En absoluto, sin ningún conocimiento de causa: no sé a quién refleja cada personaje, y lo he disfrutado enormemente.

Los eduardianos es una novela que tiene nombre de ensayo y no es por casualidad. Pretende y consigue de la manera más vívida y real, es decir, a través de un argumento y de los caminos a los que se impulsa o emprenden un puñado de personajes, dibujar el retrato de una época, de una clase social, de unos usos y costumbres, el paso de una sociedad campesina a una industrial. Canta el réquiem de un mundo que fenecía y apunta el nacimiento de uno nuevo o al menos diferente, así como el despuntar de la emancipación de las mujeres.

La escritura de Sackville-West deviene suntuosa cuando describe lo que realmente le interesa: rendir homenaje a los fastos de Knole. Se podría hacer un paralelismo entre la prosa que despliega en Los eduardianos y la descripción que de la misma Sackville-West hizo Virginia Woolf —amiga y amante— en una página de su diario.

Vita muy libre y desenvuelta; siempre es un placer para mí observarla y me evoca la imagen de un navío arrostrando la mar, noblemente, espléndidamente con todas sus velas desplegadas y la dorada luz del sol cayendo sobre ellas. (Virginia Woolf. Diarios 1925-1930)

Woolf, por cierto, también le devolvió Knole y lo inmortalizó (y a ella) en otra novela, en Orlando, escrita en 1928; es decir, sólo dos años antes. Según Nigel Nicolson, hijo de Vita Sackville-West, «la más larga y encantadora carta de amor de la literatura».

Volvamos a Los eduardianos. Sólo empezar, la voz narradora y la novelista (serán una presencia intermitente) se comparecen de manera muy original para plantear algunos de los problemas que surgen a la hora de crear un mundo de la nada y, que, además, se pretende que sea verosímil. A continuación, y para que empecemos a hacernos una idea global, vemos Knole desde arriba, desde lo alto de un tejado (como veía Vetusta el Magistral subido en el campanario) y el capítulo termina, una vez agotado el ritual de la cena, con un paseo nocturno por los jardines que tendrá grandes consecuencias.

En el ínterin, se describe un up & down que es la madre de todos los up & down que después han sido. Un down que es un espejo preciso y estricto del up, de las relaciones de la alta sociedad y sus minuetos, del corsé que las jerarquiza. Se empieza a ver lo que representa Knole desde el punto de vista del joven duque (oscuramente romántico) que lo heredará y desde el punto de vista del plebeyo que azarosamente ha sido invitado a él. Se establecen nítidamente las relaciones de poder y cómo operan. Vemos el fulgor de un atajo de esmeraldas y brillantes de Cartier que un espejo glorifica, el diferente trato a hija y a hijo, intrigas y flirteos, la organización de las mesas de bridge y la detallada descripción de cómo se engalana una duquesa para presidir una cena de lujo.

Sackville-West escribe sin inmutarse el canto del cisne de un mundo que era el suyo sin esconder ni la hipocresía, ni la inmoralidad, ni el repugante clasismo

A lo largo de los demás capítulos, veremos concreciones y detalles, y aún más aspectos. Apunto algunos. La vacuidad fútil del habla de la nobleza, muy útil pero para discriminar. Como se ha de entretener a un rey vista la facilidad que tienen para aburrirse y su dificultad para fijar la atención y, de paso, el anacronismo de una institución esencialmente injusta y sobre todo ridícula. Qué se hace en un baile y de qué sirve la ópera. El despiadado y un poco obsceno tráfico de jóvenes casaderas. Los detalles de atuendos y carrozas. La caza y el consiguiente cortejo de caballos y perras.

La novela quizás tiene agujeros en la trama; los personajes aparecen o desaparecen bruscamente según sean necesarios o no a la autora; la expresiva Viola, a pesar de ser un carácter bien relevante y querido por Sackville-West, luce más en el fuera de campo que cuando se la enfoca; el poco verosímil y en cierto modo brusco final está llevado por los pelos. Pero qué canto más soberbio al esplendor de Knole. Le dedica, ya se ha dicho, las más bellas y vibrantes páginas.

El amor por la casa y lo que representa, por los cuadros, oros y esculturas, espesas alfombras y gruesas cortinas, por el peso de la tradición, pero también el amor y el gusto por la artesanía, por el taller de carpintería, el de pintura, el de la forja, el aserradero, la sierra nueva. Rezuma la comunión con la naturaleza y los campos, los invernaderos llenos de sabrosas frutas, la maravilla del paso de las estaciones, la hermosura de la puesta de sol y el frío punzante de los copos de nieve, el crujir de la escarcha al pisarla una mañana de Navidad. También la nobleza de la madera de la herramienta más humilde pulida durante años por las manos que la han empuñada.

Sackville-West escribe sin inmutarse el canto del cisne de un mundo que era el suyo —lo mamó y lo vivió desde el día en que nació—, sin esconder ni la hipocresía, ni la inmoralidad, ni el repugante clasismo. Sin caérsele un anillo. Si volvemos al diario de Woolf, nos haremos una idea de quién era Sackville-West.

Está su madurez y su busto lleno; el hecho de que navegue a toda vela en la pleamar, mientras yo voy costeando por los remansos; su capacidad, quiero decir, de salir a la palestra en cualquier lugar, de representar a su país, de ir de visita a la mansión Chatsworth, de controlar la plata, los criados y los perros chao. (Virginia Woolf. Diarios 1925-1930)

A pesar de ello, Vita Sackville-West escribe su certificado de defunción perfectamente consciente de la inutilidad y la pérdida de tiempo de aferrarse a un espejismo, a un naufragio, a un tiempo ya finiquitado.

En 1930, el mismo año en que se publicó el libro y poco después de ser despojada de Knole-Chevron, compró con Harold Nicolson, su marido, la ruina del castillo y la granja de Sissinghurst, también en Kent y no muy lejos de Knole.

Como además de ser una excelente escritora en un sinfín de géneros que abrazan la poesía, los libros de viaje, pasando por las más diversas y atrevidas biografías, era una maravillosa e innovadora jardinera, creó un prodigio de portentosos y pioneros jardines, dependencias y estancias, entre ellas una fastuosa biblioteca, consciente de que la gente corriente y moliente lo visitaría y lo disfrutaría. En 1938 lo abrió al público. Knole (la sola idea de que se convirtiera en un museo era una puñalada en el corazón de Sebastian) afortunadamente también está abierto al público.

AOL

Síguenos también en el Facebook de El HuffPost Blogs

EL HUFFPOST PARA ENDESA