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15/02/2019 07:26 CET | Actualizado 15/02/2019 07:26 CET

'El hombre en busca del sentido'... ¿O no?

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Hoy estreno este espacio desde el que me gustaría poder hablar de dos cosas que me apasionan: la política y la literatura. La literatura y la política. Dice un dicho popular que en la vida hay que escribir un libro, plantar un árbol y tener un hijo. Para escribir un libro sin embargo, te tienes que convertir en un ávido lector. En una persona con mil preguntas. En alguien capaz de encontrar esas miles de respuestas que te asolan día a día. En plena era 3.0, conseguir datos se ha convertido en un acto sencillo. Saber interpretarlos es algo más complejo.

Plantar un árbol puede parecer una tarea sencilla, y no lo es. Las maestras y las profesoras que nos forman, poco a poco, son capaces de plantar una semilla en nosotros que, con el curso de los años, sea capaz de ramificar nuestra cultura posterior. Suya es la tarea de hacer que seamos capaces de plantearnos las preguntas, nuestra es la labor de saber acercarnos a la verdad a través de la cultura adquirida y la que nos queda por adquirir.

Tener un hijo significa poseer las capacidades antes descritas en connivencia y de manera simbiótica. Supone, sin duda, el reto más difícil en el que interfieren todas nuestras capacidades.

Hace tiempo, cuando estaba en tercero de la ESO y en plena aceptación de mi condición sexual, se acercó mi profesor de educación física para plantearme una cuestión. Toda persona que haya vivido el proceso no de reconocimiento personal, que también, sino el de reconocimiento social, ha experimentado un cambio en el que siempre quisimos contar con el apoyo de quienes nos rodeaban. En mi caso, tuve la suerte de contar con una familia impresionante y un brillante equipo docente en mi centro que supieron qué hacer en cada momento. Y es verdad que en ese momento, con tan solo 15 años, quizá era muy joven, pero apoyé mis decisiones en la literatura. Y de ahí que mi profesor quisiese hablar conmigo.

En pleno auge de las extremas derechas en nuestro país y con una sociedad tendente a la polarización, debemos comenzar a plantearnos cuál es el objetivo de aquellos que nos definimos como progresistas.

Me pidió que leyese El hombre en busca del sentido, de Viktor Frankl. Me dijo aquello de "va a ser un libro que marque tu vida", y lo hice. Con pocas expectativas, leí, en primer lugar, varias críticas en internet. Suscitó mi interés la historia de un psiquiatra que, pudiendo huir de la Alemania nazi, no lo hizo a favor de acompañar a su padre en ese duro trago. Por aquel entonces, El niño con el pijama de rayas copaba las estanterías de cualquier librería que se apreciase. Todo el mundo hablaba del segundo y habían olvidado al primero.

Hablar de la Alemania Nazi con un libro que, escrito por un psiquiatra, marca un rumbo de vida, es hacerlo desde las dos caras de una misma moneda. En primer lugar, por el terror que muestran sus páginas. El horror de una comunidad, la judía, reprimida, desde una visión profesional, la de un psiquiatra. La segunda cara es la del ejemplo de superación; no quiero destripar el libro en estas líneas, pero sin duda El hombre en busca del sentido es un texto en el que el espíritu de superación de un hecho traumático impera en cada una de sus letras.

Después de estas líneas, alguno se preguntará el por qué de esta recomendación. Y es que el momento en el que vivimos no puede olvidar aquello que hemos sufrido con anterioridad. En pleno auge de las extremas derechas en nuestro país y con una sociedad tendente a la polarización, debemos comenzar a plantearnos cuál es el objetivo de aquellos que nos definimos como progresistas.

La base del progreso, al menos según mi punto de vista, se debe sustanciar gracias a la cultura y al aprendizaje de lo anterior. Vivimos en España una época dura para las ideas y los ideales. Aquellos que aseguraban que a nuestro país no iban a llegar movimientos como el de Le Pen en Francia o el de Amanecer Dorado en Grecia, hoy ven cómo hay un movimiento ultraderechista imperante en el panorama social que se está introduciendo en el ámbito político con cada vez más fuerza.

Democracia es diálogo, constante diálogo, en la búsqueda de un bien común. Democracia es estar debidamente informado porque lo contrario es manipulación.

Los flujos migratorios, las libertades adquiridas por el colectivo LGTBI, los derechos conseguidos por las mujeres, la movilización del pasado 8 de marzo y las políticas de tendencia progresista, nos han garantizado un núcleo de opinión cada vez más heterogéneo. La democracia, y el artículo 20 de nuestra Constitución, nos trajeron la libertad de pensamiento y de opinión, a la vez que la de prensa, y nos han convertido en una de las 19 democracias plenas y reales que existen en el mundo.

Nuestro deber como sociedad es dejar un mundo mejor a la generación que nos preceda; un lugar en el que vivir en sintonía. Debemos hacer un ejercicio responsable de nuestro derecho democrático porque la democracia no nos pertenece solo a nosotros como sujetos individuales, sino que es la garante de que exista una consonancia entre todos los habitantes de este mundo que, con la globalización, ha conseguido grandes proezas en pos de la igualdad.

Por eso creo que leer a Viktor Frankl debe ser una lectura obligada para aquellos que no entiendan que los extremismos no nos llevan a ningún punto en positivo. Democracia es diálogo, constante diálogo, en la búsqueda de un bien común. Democracia es estar debidamente informado porque lo contrario es manipulación. Y de manipulación y captación a través de la manipulación, la extrema derecha es bastante conocedora.

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