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30/08/2013 07:09 CEST | Actualizado 29/10/2013 10:12 CET

Cátedras para el conocimiento de la ciencia en España

¿No hay nadie en este país (notables intelectuales, científicos, artistas, políticos) capaces de convencer, por ejemplo, a Amancio Ortega del inmenso bien social que sería auspiciar, bajo sus propio nombre, una cátedra que arropara la creación de la cultura científica?

Que la ciencia tiene escaso aplauso entre nosotros es más que evidente. Que la falta de ejemplos de científicos altamente valorados y con sólido prestigio internacional contribuye a que muchos jóvenes no entren por el camino de la investigación científica, también. Y también es más que notorio que ni dirigentes políticos o autoridades académicas, ni incluso científicos ni profesores universitarios tienen como foco de preocupación el origen y la solución de toda esta falta de cultura de la ciencia en España. ¿Tan viejos somos los españoles como sociedad que hemos perdido la verdadera curiosidad por participar en un mundo que empuja cada vez más deprisa hacia lo verdaderamente creativo?

Me niego a aceptar lo que acabo de preguntar. De hecho, a raíz de mi último post aquí en el Huffington he recibido correos de mucha gente que interpreto como un sentimiento, un tomar conciencia de esta situación y necesidad por cambiarlo. Y es por esto que me gustaría creer que se puede crear (e incluso pienso que es ahora el mejor momento) esa nueva cultura de la ciencia que España necesita y que nunca ha tenido. De crear una nueva conciencia ante esta necesidad. De una nueva emoción o sentimiento que nos lleve a sentirnos gente pensante en un entorno geográfico que ya lo es (léase Reino Unido, Francia, Alemania y aún Italia).

Pero, bajando a la tierra de las realidades de este mundo pícaro y de regate corto en el que vivimos y del que todos participamos: ¿cómo se hace eso? ¿cómo se puede crear ese caldo de cultivo que permita crear esta cultura? ¿por dónde se empieza? Después de todo, el germen de esa cultura ya existe, siquiera como ósmosis de la que existe en esos otros países que acabo de mencionar. De hecho, me decía un lector, "aquí hay mucha gente, como yo mismo y mis propios hijos, que nos encanta leer sobre la ciencia. A mí me encanta leer y conozco bien libros de, por ejemplo, Stephen Hawking, Carl Sagan o Richard Dawkins". Pero si este lector lee este post yo le diría que esa cultura que tenemos de la ciencia y que se conoce aquí en España es prestada. Y viene del mundo anglosajón. Y aún cuando la ciencia es universal, no es una cultura cocida entre nosotros y en buena medida, al no ser genuina, no sirve para el propósito que aquí se discute mas allá de lo que pudiera servir una buena novela. Esta cultura científica es algo interesante y culto, pero sin apenas dejar semilla que permita hacer crecer árboles de raíz que den fruto científico aquí y ahora.

De nuevo, entonces, ¿por dónde comenzamos para crear esa cultura entre nosotros? Aquí, ahora, solo querría proponer la creación de focos o foros ambiciosos como bien pudiera ser una o más cátedras universitarias especiales ad personam, al igual que tienen algunas universidades de nuestro entorno. Por ejemplo, la Cátedra Charles Simonyi de la Universidad de Oxford para el conocimiento público de la Ciencia. Cátedra que lleva el estampillado de "comunicar la ciencia a la sociedad de modo que al hacerlo no se pierdan aquellos elementos académicos que constituyen la esencia de un verdadero conocimiento". Esto es, llevar la ciencia al entendimiento público con atractivo y curiosidad pero sin perder nunca el rigor y yendo siempre más allá de la mera divulgación, es decir, no repitiendo y comunicando simplemente los logros científicos (para eso están los medios) sino pensando la ciencia, haciéndolo creativamente y sacando conclusiones nuevas a su vez. Un buen ejemplo de lo que digo es la labor de Richard Dawkins que fue quien primero ocupó esta cátedra de la que hablo y lo hizo con excelencia durante 13 años. Persona brillante, distante, aguda, intelectualmente agresiva que ha llevado con sus conferencias y libros el prestigio de la Universidad de Oxford a tantos rincones intelectuales del mundo culto. Hablo así porque lo conozco personalmente y convivimos algunos años en el mismo edificio que albergaba Zoology y Experimental Psychology en la Universidad de Oxford.

Como digo, algo así podría y debería crearse en nuestro país. Y precisamente, ahora que tanto déficit presupuestario hay y que tanto afecta a las universidades, propondría que, al igual que en el mundo anglosajón y en particular la cátedra de Oxford que acabo de mencionar, la creación de estas cátedras viniera enteramente de fuentes privadas. ¿No hay nadie en este país (notables intelectuales, científicos, artistas, políticos) capaces de convencer, por ejemplo, a Amancio Ortega del inmenso bien social que sería auspiciar, bajo sus propio nombre, una cátedra que arropara la creación de la cultura de la que hablo? ¿Convencerle de inscribir su nombre en una cátedra que lleve la cultura de la ciencia a todos los rincones de España? ¿Acaso habría en estos momentos proyecto académico-social más noble y loable? Esto no sería caro y sí barato y socialmente productivo y rentable si se escoge muy bien quien la ocupa, con talentos de comunicación suficientes y formación de prestigio científico suficiente. Y añado, personas con suficientes cualidades en las que no fuera límite traerlos de otros países siempre que residieran entre nosotros y labrasen en español los primeros surcos de esa cultura. Eso es posible si se es capaz de hacer ver el valor de esta aventura a quien aportase el nombre y el dinero para ello. Sin duda que un logro así adelantaría el tiempo social maduro para que algún político, de esfera nacional y de prestigio intelectual y ético, se hiciera consciente y portavoz a su vez, de esta ciencia que tanto bien podría hacerle a esta España nuestra.

Y quiero añadir, aun a costa de críticas posiblemente duras, que el ejemplo político de contratar a tiempo parcial y lejano a científicos españoles que triunfan en Estados Unidos y que vienen un ratito a España o dan sus consejos y directrices por videoconferencia y que cuando vienen, además, lo hacen para recibir aplausos y algún que otro premio, no valen como ejemplo para crear una cultura de la ciencia. Como tampoco vale mucho el ejemplo de Severo Ochoa que recibió, como casi todo el mundo sabe, el premio Nobel como norteamericano. La cultura de la ciencia solo se crea cuando esta nace de la raíz social de un pueblo, como fue el caso del único ejemplo notable que hemos tenido y que fue Ramón y Cajal. Estas cátedras debieran ser ocupadas por personas cercanas, reales, que sirvan cotidianamente de ejemplo. Personas que viviendo aquí y haciendo aquí su trabajo sean admiradas por los jóvenes que acceden a las universidades o a Instituciones de Investigación científica como el CSIC y que quieran estudiar con ellos. Personas que reciban solicitudes de jóvenes de otros países, incluidos Inglaterra o Estados Unidos, que quieran estudiar y quieran hacer investigación con ellos. Como de hecho ocurrió con el caso Cajal. Yo hablo en mis clases muchas veces de ello. Y alguna vez recuerdo, ante los estudiantes, el caso del gran neurocirujano y científico americano-canadiense Wilder Penfield que solicitó venir a estudiar con Cajal y aprendió español para poder hacerlo y ser aceptado.

¿Vamos a despertar alguna vez? ¿Habrá alguien que tome conciencia de este problema nacional? Algunos seguimos clamando en el desierto.

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