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23/02/2018 07:24 CET | Actualizado 23/02/2018 07:24 CET

Formar parte del problema

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El primer ministro de la India, el ultranacionalista y populista Narendra Modi, en al World Economic Forum, vistiendo uno de sus costosos trajes cortados a medida en Savile Row (Londres)

Seria limitación que aqueja al tipo genial populista, para desgracia de aquellos que le votan: aunque lo deseara y por poderoso que sea, no posee capacidad para afrontar en solitario los muy complejos problemas de las sociedades actuales, muchos de los cuales ni siquiera están todavía identificados y/o tipificados. Y lo peor de todo: eso es así porque el mismo líder populista es producto, a su vez del sistema neoliberal, triunfante desde el final de la Guerra Fría.

Los mecanismos esenciales de control social de ese neoliberalismo parten de y convergen en la individualización. El resultado es que el ciudadano experimenta una pérdida de seguridad y confianza en las instituciones políticas, el Estado, los partidos y los sindicatos. Todo eso revierte en la desideologización de la sociedad. Y el líder populista es expresión de ese fenómeno. Se le vota porque es un individuo, supuestamente muy sagaz y voluntarioso; pero en realidad la masa lo escoge porque no cree ya en los partidos, y las ideologías, sino en el tipo genial, expresión última del modelo meritócratico de la sociedad neoliberal: un winner, un triunfador.

No es extraño que en algunos casos, el líder populista proceda del mundo empresarial, o del técnico-profesional, extrapolando al poder político su historial de éxitos

Pero como ganador, puede perder y convertirse en un loser. Y entonces, no pasa nada. Es un líder de usar y tirar, a veces ni siquiera anclado a la superestructura de un partido histórico al que pueda arrastrar en su caída. Es como un paquete de acciones, como una marca comercial. No es extraño que incluso en algunos casos señalados, el líder populista proceda del mundo empresarial, o del técnico-profesional, extrapolando al poder político su historial de éxitos. También y por todo ello, el tipo genial puede ser un oportunista profesional, alguien que ha comenzado la escalada hasta el poder no se sabe muy bien cómo o aprovechando una oportunidad única: una supuesta revolución, la denuncia de una oscura injusticia, la reclamación de unas reformas o una simple designación a dedo.

Pero, en cualquier caso, el problema casi siempre suele ser el mismo: las promesas del líder a la población tienden a ser incompatibles con la esencia del sistema mismo. ¿Puede ser viable la promesa de Berlusconi de crear un ministerio de la tercera edad? Provisionalmente quizá si; pero mientras tanto, los economistas neoliberales no paran de insistir en que el Estado del bienestar no es sostenible; y menos que nada, el sistema de pensiones. Por lo tanto, la promesa del populista, es incompatible a medio plazo con el meollo del discurso neoliberal. Podría ser factible si cambiara todo el sistema, pero no como un parche ocasional.

Por supuesto, el terreno quedó abonado para este tipo de planteamientos a partir del arrinconamiento del conflicto esencial en la sociedad capitalista, la lucha de clases, y su sustitución por una infinidad de nuevas fracturas que han cobrado una importancia desproporcionada en los últimos años, y que el sistema sugiere que se palian (en realidad no deben resolverse nunca) por la vía competitiva. Sobre todo se trata de "ganar" o "perder" como individuos, en base a la "elección personal" y las "propias capacidades", no como parte de colectivos estructurados y organizados. Por otra parte, lo que está en juego son estilos de vida de la nueva clase media aspiracional, codificados en torno a lo políticamente correcto y puestas al día continuamente, en un verdadero ejercicio especulativo de lo cultural.

El líder populista es el de los millones de aislados competitivos, no de las masas unidas. No suele aportar soluciones colectivas, no es capaz de hacerlo ni lo desea

La multiplicación de las causas e identidades se convierte así en un enorme zoco, un gran mercado continuo donde se compran o se rechazan; una gran diversidad, en suma, escasamente representativa. Es la "trampa de la diversidad", por usar la terminología de Daniel Bernabé: "Mientras que el concepto de clase es un intento de, basándose en una análisis de una situación material, buscar algo profundamente transversal que atraviesa nacionalidades, géneros y razas, el movimientismo actual parece empeñado en crear un sistema de análisis donde los individuos son poseedores de privilegios o receptores de opresiones que intercambian al margen de su posición en el sistema productivo".

Para el neoliberalismo imperante en nuestras sociedades, las reivindicaciones colectivas son la principal amenaza a batir y deben ser divididas. Los fragmentos, compuestos por individuos que se aferrarán a su individualismo, competirán entre sí, haciendo difícil la reunificación. Lo harán mientras posean vigor vital o capital para continuar. Una vez agotado, pasarán al desempleo, a la jubilación anticipada y la anulación final.

El líder populista es el de los millones de aislados competitivos, no de las masas unidas. No suele aportar soluciones colectivas, no es capaz de hacerlo ni lo desea. Forma parte del problema, no de la solución. Porque es parte del sistema, no va contra él. Se le vota porque ve en él a un hombre de carácter, pero de natural sencillo; y se supone que, para él, los problemas de la gente tienen fácil solución. Pero el líder populista viene de arriba, no es la revolución desde abajo.

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