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09/02/2018 07:29 CET | Actualizado 09/02/2018 07:29 CET

Un tipo genial

PA Images via Getty Images
Alex Salmond junto a la cabina de teléfonos de Pennan, el pueblo escocés donde se rodó 'Un tipo genial' ('Local Hero') en 1983

Si algún día este artículo se tradujera al inglés, el título debería ser: Local Hero, que fue el del film dirigido por Bill Forsyth y estrenado en 1983, con la inolvidable BSO a cargo de Mark Knopfler. La historia, recuerden, era la de un par de ejecutivos enviados por una compañía petrolífera para tasar y comprar los terrenos de una remota aldea escocesa, y construir allí una refinería. La tozudez de un viejo ermitaño local, que se niega a vender una playa de su propiedad, y la actitud de un joven ejecutivo que cambia de bando ganado por la sencillez de la vida local, hacen fracasar la operación.

Sin embargo, el título que cuadra mejor a esta pieza es Un tipo genial, porque esa es la imagen del líder populista que muchos ciudadanos de nuestra época gustan de votar. Bien sea Yeltsin, Saakhasvili, Berlusconi, Duterte, Milosevic, Farage, Fujimori, Wilders, Okamura o el mismísimo Trump, entre otros muchos ejemplos posibles, el "tipo genial" se descuelga con ocurrencias inesperadas, actitudes jactanciosas o salidas estrafalarias, descolocando a propios y ajenos, una y otra vez. Al final, cuando llega al poder, no suele demostrar una labor de gobierno muy seria; la más de las veces, continúa tirando de ideas luminosas en beneficio propio. Esto es, mantener o ampliar la masa de seguidores que le votan o lo sostienen de alguna forma en el poder.

Cuando el lider populista se va (o lo echan), al cabo de un tiempo, no muy largo, es posible comprobar que su legado es el recuerdo de una tremenda borrachera política, y poco más

Cuando se va (o lo echan), al cabo de un tiempo, no muy largo, es posible comprobar que su legado es el recuerdo de una tremenda borrachera política, y poco más. Reformas fracasadas o apenas iniciadas, malversación, conspiraciones de opereta, escándalos, conflictos civiles incluso guerras, son el balance final de toda una sucesión de ideas de bombero. Lo paradójico es que lo poco que se consigue sacar adelante es, en ocasiones, a pesar de la voluntad del tipo genial.

La forma en que el líder populista consigue encaramarse en el poder suele ser, asimismo, muy paradójica, porque suele actuar sin poseer un partido político propio, o bien creándolo para su servicio de un día para otro. En ocasiones lo logra manipulando y desvirtuando la línea política y hasta la maquinaria del propio partido en el que se había promocionado.

La esencia del discurso del tipo genial es, ni más ni menos, la de aquella célebre frase de Groucho Marx: «Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros»

Este paso es muy importante para entender el éxito del líder populista, puesto que al no supeditarse al lastre de unos planteamientos ideológicos claros, o a la disciplina de partido, puede hacer lo que más le convenga (a él) cambiando propuestas de la noche a la mañana. La esencia del discurso del tipo genial es, ni más ni menos, la de aquella célebre frase de Groucho Marx: «Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros».

La gran pregunta es: ¿Y por qué la gente vota a un oportunista cínico de esa ralea? Puesto que, al fin y al cabo, el combustible del líder populista no es otro que el apoyo popular. La respuesta es relativamente sencilla: porque el tipo genial es un síntoma; normalmente, medra asociado a la desaparición del orden político tradicional, al desgaste de los partidos establecidos o al inmovilismo sin futuro. Así que sus votantes tiran de voto de castigo contra la "vieja política". Lo importante es meter goles, no que sirvan para algo constructivo.

Promete sacarse de la manga una varita mágica –algo en lo que cree un porcentaje no desdeñable de la población- y no se escuda tras complejas argumentaciones económicas o políticas

El líder populista dice lo que "alguien tenía que decir" abiertamente, pide que se apuren las reformas, denuncia, promete cambiar y arreglarlo todo. Como normalmente surge él mismo de la gris multitud –en cierta manera, no tenía nada mejor que hacer que dirigir al país- o del mundo empresarial –prometiendo resultados económicos o estructurales cuantificables- se explica en términos inteligibles, aunque sean engañosos. Promete sacarse de la manga una varita mágica –algo en lo que cree un porcentaje no desdeñable de la población- y no se escuda tras complejas argumentaciones económicas o políticas.

Sonríe mucho, hace el payaso, busca contentar a todos con sus promesas y mantener activo el bucle: no concretar resultados claros en una labor de gobierno ordenada y normal. Porque entonces se convierte en un estadista con un cartel ideológico definido: es de derechas, es de izquierdas, es tecnócrata, es centro. No: la clave está en la indefinición, en prolongar sus desafíos titánicos todo lo posible, continuamente obstaculizados por los adversarios reales o imaginarios.

Pero sobre todo, debe recordarse que los actuales líderes populistas son, de una forma u otra, hijos del neoliberalismo triunfante en 1991, tras el final de la Guerra Fría. Volviendo brevemente a la anécdota que arrancaba esta pieza: de haber sido la encarnación de un líder populista del siglo XXI, el tipo genial del film de Forsyth no hubiera dudado en plantar la refinería en el bucólico pueblecito escocés. Sólo que, posiblemente, la hubiera pintado de rosa.

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