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06/02/2014 07:53 CET | Actualizado 07/04/2014 11:12 CEST

Las preguntas que salvarán tus relaciones

Si realmente queremos saber de nosotros, si realmente nos preocupamos por conocernos, tenemos que formular bien las preguntas y escuchar de verdad las respuestas. Si no queremos una respuesta insustancial, no podemos hacer preguntas insustanciales.

Cuando era la mamá de tres diminutos, ruidosos y preciosos mocosos, había DÍAS QUE SE HACÍAN ETERNOS. Craig salía de casa a las 6 de la mañana y cuando yo veía que se iba duchado y planchado, me sentía profundamente dolida y asombrada por tener que pasar tanto tiempo sola con los bebés, aterrorizada y enfadada por tener que quedarme sola con ellos. Si crees que es imposible sentir todo esto a la vez, es porque nunca has sido padre de unos diminutos, ruidosos y preciosos mocosos.

Craig volvía a las 6 de la tarde (en realidad llegaba a las seis menos diez, pero TARDABA LO INDECIBLE EN REVISAR SU MAIL). Entonces cruzaba la puerta, sonreía y preguntaba: "¿Qué, cómo ha ido el día?"

Esta pregunta era como un foco que apuntaba directamente al abismo que había entre su concepción de "DÍA" y la mía. ¿Que cómo había ido mi día?

La pregunta se quedaba en el aire durante un instante, en el que yo miraba a Craig mientras la niña me ponía la mano en la boca como solo los bebés saben hacer, el mayor gritaba MAMÁ, VEN, YA HE TERMINADO DE HACER CACA y la mediana lloraba porque NUNCA, NUNCA le dejaba beberse el detergente lavavajillas. ¡NI SIQUIERA UNA VEZ, MAMÁ! Y entonces yo bajaba la mirada hacia el bebé que tenía en brazos, con la camisa del pijama manchada de espaguetis y el pelo sucio, y mis ojos se paseaban por la habitación, y veía los juguetes tirados por el suelo y la nueva obra de arte que los niños habían hecho en el frigorífico...

En esos momentos, tenía ganas de decir:

¿Quieres saber cómo ha ido mi día? Mi día ha durado una eternidad. He pasado los mejores y los peores momentos. Ha habido ratos en los que mi corazón estaba tan rebosante que pensaba que podría explotar, y otros en los que mis sentidos tenían que aguantar tanta presión que estaba SEGURA de que iba a explotar. Me he sentido sola y completamente desesperada por estar sola. He estado saturada, BOMBARDEADA, pero cuando bajaba al bebé de mis brazos, me moría por volver a oler su piel. Al mismo tiempo, me he aburrido y agobiado por todo lo que tenía que hacer. El día ha sido demasiado y no lo suficiente. Ruidoso y silencioso a la vez. Brutal y hermoso. Cuando estaba en mi mejor momento, de repente, se me ha venido encima lo peor. A las tres y media, he decidido que deberíamos adoptar a cuatro niños más, pero cinco minutos más tarde, he pensado que lo que deberíamos hacer es dar a nuestros niños en adopción. Cariño, cuando tu día depende completa y totalmente del humor, las necesidades y los horarios de tres mocosos diminutos, ruidosos y preciosos, tu día es TODO y es NADA, y todo sucede en el transcurso de tres minutos. Pero no me estoy quejando. Esto no es una queja, así que no trates de ARREGLARLO. No quiero que mi día sea De. Otra. Manera. Solo estoy contando (y me resulta imposible explicarlo) cómo es un día con muchos bebés.

Pero habría sido demasiado agotador contarlo todo. Así que me limitaba a lloriquear, a gritar, o a sonreír y decir "bien", y entonces cogía al bebé y me dedicaba a pasear por los pasillos sin ningún fin específico, porque eso es lo único que de verdad me apetecía. Y aun así, me sentía triste, porque el amor consiste en ser visto y sentirse comprendido, y a mí ni me veían ni me comprendían. Todo era tan difícil de explicar. Me sentía sola.

Entonces, comenzamos una terapia, como se suele hacer en esos casos.

En la terapia, aprendimos a hacernos bien las preguntas. Aprendimos que si realmente queremos saber de nosotros, si realmente nos preocupamos por conocernos, tenemos que formular bien las preguntas y escuchar de verdad las respuestas. Necesitamos hacer preguntas que transmitan el siguiente mensaje: "Esto no es preguntar por preguntar. La respuesta me importa, y me importa cómo te sientes". Si no queremos una respuesta insustancial, no podemos hacer preguntas insustanciales. Preguntar con interés es la llave que abrirá el interior de la persona a la que quieres.

Así que dejamos de preguntarnos la típica "¿Cómo ha ido el día?" Tras unos cuantos años de práctica, las preguntas se han ido haciendo más íntimas, y ahora nos preguntamos cosas como:

¿Cuándo te has sentido querida?

¿Cuándo te has sentido solo?

¿Qué he hecho hoy para que sientas que te aprecio?

¿Qué he dicho para que te sientas ignorado?

¿Qué puedo hacer ahora para ayudarte?

Lo sé. MUUUUY RARO al principio. Pero luego no. No es más extraño que formular siempre las mismas preguntas vacías que has hecho siempre y responder las mismas cosas vacías que hasta ahora respondías.

Por eso, ahora que los niños ya van a la escuela, cuando vuelven no les preguntamos qué tal el día. Porque ellos no sabrían responder. Su día ha sido muchas cosas.

Entonces, lo que les preguntamos es:

¿Cómo te ha ido el examen de ortografía?

¿Has hablado con la chica nueva en el recreo?

¿Te has sentido solo en algún momento?

¿Has hecho algo hoy de lo que estés orgullosa?

Y a mis amigos ya nunca les pregunto "¿Qué tal?". Porque tampoco sabrían responder.

En vez de eso, les pregunto:

¿Cómo está llevando tu madre la quimio?

¿Qué tal la reunión con el profesor de Ben?

¿Estás contento con tu trabajo?

Las preguntas son como un regalo; lo que el receptor realmente SIENTE es la intención. Tenemos que conocer bien al destinatario para dar el regalo adecuado y hacer la pregunta adecuada. Los regalos y las preguntas comodín valen, pero los regalos y las preguntas personalizadas gustan más. El amor es algo específico, creo. Es un arte. Cuanta más atención y tiempo dediques a tus preguntas, más apreciarás las respuestas.

La vida es una conversación. Entabla una buena.