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30/12/2017 10:34 CET | Actualizado 30/12/2017 10:34 CET

Reforma constitucional: una oportunidad perdida

¿Cómo es posible que ni la entente Podemos-Comunes ni tampoco el "nuevo" PSOE hayan apostado por la reforma constitucional?

©GTRESONLINE
Mariano Rajoy (d) conversa con el líder del PSOE, Pedro Sánchez, durante una reunión en la Moncloa el 2 de octubre de 2017.

Llama la atención que, una vez iniciada la campaña electoral en Cataluña, nadie empleara la reforma de la Constitución como argumento persuasivo. Sorprende, sobre todo, porque lo que en los últimos años no había pasado de tímidos signos y opiniones marginales se convirtió, durante el mes de noviembre, en una posibilidad real para salir de la crisis del Estado.

El PSOE por fin se había decidido a proponer una fórmula institucional —tímida e ingenua, como en retrospectiva ya sabemos— para estudiar y negociar su implementación a través de la comisión para el estudio de la reforma territorial. Aunque seguramente fuera un acuerdo de mínimos, parece que Rajoy incluso llegó a pactar con Pedro Sánchez una modificación de la Carta Magna a cambio de que los socialistas apoyaran de forma inequívoca la aplicación del 155. Al mismo tiempo, la estupefacción colectiva en la que la DUI dejó a propios y extraños —una estupefacción diversa en síntomas y motivos, pero desde luego generalizada— reavivaba la reforma del Estado como una respuesta satisfactoria para tantos deseos de otra fórmula política para Cataluña. En ese clima, la renovación del cupo vasco evidenció por primera vez la anomalía de un sistema que permite que la negociación entre una comunidad autónoma y el ejecutivo central se dirima por las necesidades a corto plazo de uno y otro, sin tomar en consideración al resto regiones autónomas. Las calles de Valencia se poblaron de protestas por el modelo de financiación, en cuya oposición activa reincidió Extremadura, bajo el auspicio atento y amenazante de Andalucía.

Que el deseo de normalidad es más fuerte que la evidencia de la anomalía es algo bien conocido por la política conservadora, como bien demuestra el estilo de gobierno de Rajoy.

La iniciativa de un prestigioso grupo de académicos para proponer una federalización del Estado siguiendo el modelo alemán, a finales de ese mes de noviembre, fue un evidente apoyo de autoridad para que los actores políticos tomaran la iniciativa. La ventana de oportunidad se había abierto y se daban las condiciones para aprovecharlo. Este concepto, "ventana de oportunidad", se viene usando para hacer referencia a momentos históricos en los que una crisis objetiva —de una institución, de la economía, de un sistema político— es correspondida por la percepción subjetiva de la ciudadanía. Esos momentos son raros y efímeros porque, aunque las condiciones críticas persistan, el estado de ánimo colectivo no puede permanecer eternamente alarmado. Que el deseo de normalidad es más fuerte que la evidencia de la anomalía es algo bien conocido por la política conservadora, como bien demuestra el estilo de gobierno de Mariano Rajoy.

Siendo esto así, ¿cómo es posible que ni la entente Podemos-Comunes ni tampoco el "nuevo" PSOE hayan apostado por la reforma constitucional? Esa apuesta, la de abrir un espacio de posibilidad para imaginar y crear colectivamente un nuevo modelo de organización estatal, era seguramente la única que podía volver a ligar a la ciudadanía catalana con la española en un proyecto político de futuro. A mi juicio, ambas fuerzas políticas han cometido dos errores similares: han fracasado a la hora de llevar la campaña a un eje distinto al nacional, y no han comprendido la relevancia de su conexión con sus partidos hermanos a nivel estatal.

La apuesta de abrir un espacio para imaginar un nuevo modelo de organización estatal era seguramente la única que podía volver a ligar a la ciudadanía catalana con la española.

En el caso del PSOE, el federalismo programático que se encuentra en su Declaración Política ha vuelto a quedar disimulado, si no sepultado. Es cierto que el boicot de Ciudadanos a la comisión parlamentaria en la que se debía debatir el nuevo modelo territorial y la presunta traición de Rajoy al pacto con Sánchez por el 155 dificultaron que el PSC pudiera esgrimir en su favor una reforma capitaneada por el PSOE. No les falta responsabilidad por este fracaso, antes bien, tanto Sánchez como Margarita Robles deberían ir asimilando que en la política parlamentaria la deslealtad debe ser un presupuesto de todo pacto. Pero más grave aún es la casi total ausencia del federalismo de su discurso y su pedagogía mediática. Aquí las causas no se le escapan a nadie: la presión interna de las baronías depuestas, reacias a dar publicidad a cualquier atisbo de asimetría que pudiera perjudicar a Andalucía, sigue siendo demasiado fuerte. Como resultado, el PSC derivó a una campaña meramente personalista, basada en la idealización de Iceta como el candidato del sentido común y reforzada por el triste alegato de que sería el líder con menos vetos para ser investido President.

Menos previsible ha sido el fracaso de Catalunya en Comú, si nos atenemos a que fue el partido más votado en las últimas elecciones y a su esfuerzo por servir de red para todos aquellos soberanistas que se cayeran de la cuerda floja de la unilateralidad. Los comunes se equivocaron al intentar que el eje de la campaña virase a la cuestión social, sobre todo porque esta formación no nació tanto para revitalizar la izquierda como para aportar una solución para desanudar el embrollo nacional en Cataluña. La súbita amnesia del problema nacional resultó más una claudicación que un sincero regreso al abecé de la izquierda social. No menos grave es que, desde Madrid, Podemos no haya sido capaz de hacer una propuesta sólida de modelo de estado. La cacareada "España plurinacional" es, en la coyuntura actual, una mera fórmula de reconocimiento identitario que no aporta ninguna solución. Es triste que una formación que en su nacimiento acomunó tanto talento de distintos sectores y generaciones no haya sido capaz de reunir un puñado de constitucionalistas para diseñar una alternativa al Estado de las autonomías. También en el partido morado, el problema es de sus élites, incapaces de dejarse permear por la propuesta de sus bases y especialista afines, sobre todo desde el aldabonazo de Vistalegre II.

Es triste que una formación que acomunó tanto talento de distintos sectores no haya sido capaz de reunir un puñado de constitucionalistas para diseñar una alternativa al Estado de las autonomías.

Como consecuencia de esa doble incapacidad de vincular el problema soberanista a una teoría alternativa del Estado, la tercera vía que ambos espacios políticos han buscado representar durante la campaña ha quedado retratada como un pragmatismo cortoplacista, que aparentaba aceptar las premisas del nacionalismo con el paradójico objetivo de frenar apoyos al independentismo. Al no acompañar esta estrategia con una apuesta de reforma constitucional bien asentada, es posible que, paradójicamente, hayan preparado las condiciones para su propio fracaso.

La ventana de oportunidad se entorna, y el éxito de Ciudadanos anuncia que no será fácil reabrirla. La izquierda española ha perdido una oportunidad de rearmarse en torno al eje nacional, al que había huido por sus problemas para dar una respuesta firme al problema social. Quizás este fracaso implique otra oportunidad: la de que nuestras izquierdas se enfrenten por fin a sus propios fantasmas.

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