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11/09/2018 16:56 CEST | Actualizado 11/09/2018 17:00 CEST

Amenaza fascista en Cataluña

El presidente catalán, Quim Torra, junto a miembros de su Gabinete en los actos de la Diada.
Enrique Calvo / Reuters
El presidente catalán, Quim Torra, junto a miembros de su Gabinete en los actos de la Diada.

La semana pasada se cumplió un año de la celebración en el Parlamento de Cataluña de los denominados "plenos de la vergüenza", durante los cuales tuvimos una nueva ocasión de comprobar hasta dónde puede llegar el nacionalismo catalán en su pretensión antidemocrática de imponer su hoja de ruta de ruptura independentista. Durante aquellas dos vergonzosas jornadas, el rodillo secesionista del Parlamento de Cataluña aprobó las denominadas "leyes de desconexión" que pretendían la celebración de un referéndum de autodeterminación y el establecimiento de la república catalana como Estado independiente, para lo cual no dudó en vulnerar el reglamento parlamentario y los derechos de los representantes electos no nacionalistas, el Estatuto de Autonomía y la Constitución Española (CE).

Tal como, de modo brillante, explica Teresa Freixes en su libro 155. Los días que estremecieron a Cataluña, "escenificando lo que en puridad ha sido un protocolo de golpe de Estado, los independentistas adoptaron una reforma del reglamento del Parlament mediante la cual se pudieran aprobar esas leyes sin que la oposición parlamentaria pudiera discutirlas ni enmendarlas".

Para derrotar políticamente al nacionalismo no basta con que la sociedad catalana constitucionalista haya en parte despertado

El día 6 de setiembre se aprobó la Ley del Referéndum de Autodeterminación, ese engendro político y jurídico contrario a la CE y al Derecho Internacional que pretendía hacer posible la celebración de un referéndum ilegal e ilegítimo y la constitución de la República de Cataluña: un referéndum ilegal porque se vulneraban las principales normas jurídicas que hacen posible nuestra convivencia; e ilegítimo porque se proponía un referéndum sin debate previo, sin información y sin transparencia, sin censo electoral, sin mesas electorales y por simple mayoría de votos afirmativos a su favor, lo cual solo puede calificarse como barrabasada o golpe de Estado.

Al día siguiente, se aprobó la Ley de Transitoriedad Jurídica e Instauración de la República, que pretendía destruir el orden constitucional de 1978 y "la instauración de la anticonstitucionalidad como si de un régimen legal se tratara", en lo que fue una nueva demostración del carácter totalitario de los independentistas catalanes. Obviamente, nuestro Tribunal Constitucional declaró contrarias a la CE ambas leyes.

Un año después, observamos la pretensión de los golpistas de seguir adelante en sus pretensiones antidemocráticas, episodios gravísimos y peligrosísimos de violencia protagonizados por los nacionalistas, a un Gobierno de Cataluña y todos sus instrumentos al servicio de la causa independentista... y a un Gobierno de España que no nos tranquiliza, habida cuenta su insistencia en "dialogar" con quienes siguen sin comprometerse en respetar la legalidad vigente y su incapacidad para defender de modo contundente y con argumentos políticos y jurídicos la unidad cívica de España frente a los reaccionarios que pretenden romperla. Y es que para derrotar políticamente al nacionalismo no basta con que la sociedad catalana constitucionalista haya en parte despertado o que organizaciones diversas hayan decidido manifestarse y defender la democracia; para derrotar al nacionalismo e impedir que todo acabe en un enfrentamiento civil de imprevisibles consecuencias, necesitamos un Gobierno de España que hable claro y actúe con determinación... y una mayoría en el Congreso de los Diputados que tenga claro a lo que nos enfrentamos y lo que nos jugamos. Y, desgraciadamente, no tenemos ni una cosa ni la otra.

Si no es fascismo, tiene tintes fascistas

Y la cosa no está ni para cálculos electorales ni para luchas partidistas. El fascismo se está haciendo un hueco en Cataluña y amenaza gravemente nuestra democracia. La vulneración de la legalidad vigente, las declaraciones pasadas y presentes de su actual presidente Torra, las amenazas y agresiones a partidos políticos y militantes no nacionalistas, el uso partidista de los medios públicos de comunicación por parte del Gobierno de Cataluña, la parafernalia fascistoide de muchas de sus manifestaciones, las amistades con las que congenian y tratan, la apropiación del espacio público, la persecución ideológica de quienes no son de su cuerda o el discurso del odio contra España y sus instituciones democráticas son ejemplos claros de aquello a lo que nos enfrentamos: si no es fascismo, tiene tintes fascistas.

Y cuando se tiene de verdad conciencia de a lo que nos enfrentamos, es más fácil ganarle la batalla.

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