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30/11/2018 07:23 CET | Actualizado 30/11/2018 07:24 CET

La casa en llamas al borde del abismo

Pixabay

Alguna vez fuimos entre unos labios. Un espejo, el retrato de una huida. El verso encendido que arrasó unas pupilas. Un poema percutido en una sien.

Un día, cuando aciagos eran los nombres de los hombres y de las mujeres, y sobre un cielo incierto amenazaban con volcar, nos levantamos contra el orden establecido, contra el sistema, contra la injusticia, porque el hambre era más fuerte que nuestros sueños, porque el desaliento fusilaba cada mañana a un padre o a una madre de familia que había perdido todo lo que había construido: un hogar en medio de la madrugada, un sueño deambulando sobre las mandíbulas, el coraje suicida de Ícaro abordando una casa en llamas al borde del abismo.

En un día, de golpe, el país se levantó en llamas, nos puso una vez más en la Historia a la vanguardia de qué sé yo sueño imposible sobre los labios. Acariciamos la revolución, como quien acaricia el dolor, la gravedad que siempre tuvimos, el ansia del combate para salir todos alzados victoriosos a pesar de la derrota, de los naufragios, de las noches sin dormir, abrazados al frío de la noche que nos golpeaba los labios, las puertas, las ventanas de este techo infinito que sobre nuestros hombros ya sabíamos que no existía.

Una juventud desalmada, una vez más, acorralada por las redes sociales, amamantada por el nihilismo de Internet, atrapada por la propia imagen y los medios...

Un día, sin más, nos despertó la indignación, nos arrancaron el corazón a pedazos, nos volvieron a hacer mortales ante las puertas del infierno, echando espuma por la boca, con la camisa rota y el pecho descubierto, como quien se sabe muerto antes de empuñar un fusil. Así es la crisis, nos decían. Así fue la crisis como la sufrimos. Abiertos pabellones eran nuestros brazos, como tempestad al viento.

Dicen que el que se indigna se cree humano y de aquella primavera española, donde queríamos asaltar los cielos; de aquel quince de mayo, donde ensanchamos las almas y cantábamos a la libertad; de aquellas plazas, donde solo cabía pan, justicia y democracia, ahora solo queda la zozobra, los juicios sumarísimos a la sombra del anonimato, la fragmentación del ser luchando por un "me gusta", un retweet o un comentario.

De aquellos días, solo nos quedan las manos vacías, las aulas rotas sobre los pupitres, la soledad, la indignación, la huida. Una juventud desalmada, una vez más, acorralada por las redes sociales, amamantada por el nihilismo de Internet, atrapada por la propia imagen y los medios, puestos en el exacto ángulo del dolor, donde su anhelo de cambio ha sido devorado por el recuerdo de aquellos días de revolución a golpe de post o de tweet, sentados, absortos, deambulando como zombis por las calles, proclamando la paz y la justicia en ese insulso y hondo agujero que es el sofá, viendo cómo ante nuestros ojos se vuelven a abrir las puertas de esa casa a la que siempre quisimos llegar y ya no somos capaces de mover ni un solo dedo para conseguirlo.

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