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12/01/2019 11:00 CET | Actualizado 12/01/2019 11:00 CET

Recorriendo las regiones más íntimas

Pixabay

Arrojados a la multitud, con el aullido de los días y de las noches agrietando nuestro pecho, el mundo sin pausa avanza entre los labios. Como cuando llegas a casa y alguien te espera para que le digas que le amas. Como cuando sales de casa y azul el cielo sale a recibirte.

El ritmo del universo se reduce a un gesto, a un minúsculo chasquido, al imperceptible movimiento de una sonrisa. Y sin embargo, volvemos a preguntarnos a qué dolor se debe tanta infamia. Por qué siempre son los mismos los que llenan las cunetas. Por qué siempre tiene que ser el pueblo el que calla y otros los que hablen por nosotros.

Alguien con un insulto, un harapo, un esputo, aquí, ahora, siempre, nos enseña la dirección del abismo, la tumba, la muerte exacta de nuestra identidad como hombres o como mujeres, como seres humanos que agonizamos día a día, sin una patria, sin un lugar que nos pertenezca, sin un trozo de pan que poder echarnos a la boca. Todo nos lo han saqueado, incluso la dignidad. Y ya dejados a la mano de dios –si existe-, ya no siendo dignos de ser, dan en el blanco, echan por tierra las pocas esperanzas que nos quedan, dilapidan cada uno de los últimos sueños que nos pertenecen -no sois dignos de nosotros, nos dicen, mientras sacuden sus suculentos bolsillos a costa de nuestros muertos-.

Hemos perdido la frescura, la inocencia, la divinidad de sabernos vivos: la ínfima materia que mueve el mundo: la sonrisa. Ya no tenemos lo que hay que tener para salir a la calle a decir la verdad, aunque sea a costa de la vida propia, aunque sea por una razón capaz de azotar los pilares del cielo, del mar, de las estrellas, de la humanidad -que sea su tuétano el alimento de nuestra voluntad-. Aunque nos llamen locos, aunque nos postren entre las rejas, aunque la libertad sea ese bendito atril donde poder pagar nuestros pecados y redimirnos.

Hemos perdido la frescura, la inocencia, la divinidad de sabernos vivos: la ínfima materia que mueve el mundo: la sonrisa.

Este es el himno de la esclavitud que nos han enseñando a cantar y a ti me encomiendo, amor, para purgar mis plegarias, como un cobarde cuando acepta su derrota, como un preso que reconoce su condena, para acabar escribiendo incansable cada página de tu cuerpo, a quemarropa, mientras que los siglos mueren uno detrás de otro, día tras día, sin apenas tener un trozo de poema que dé sentido a este mundo.

Mientras que acabo recorriendo tus regiones más íntimas, hambriento de tu boca, gravitando alrededor de tus pupilas, golpeando las puertas de nuestro dolor, hasta abrir en canal nuestros labios, amor, a quemarropa, mientras que vuelven los siglos a morir uno de tras de otro, día tras día, sin apenas tener un trozo de pan que poder echarnos a la boca. Este es el himno de la esclavitud que nos han enseñando a cantar y a ti, amor, me encomiendo, como un loco malherido, a las puertas de tu casa.

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