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06/02/2019 07:23 CET | Actualizado 06/02/2019 07:23 CET

Un dolor que nos asalta

Getty Images

Asistimos impasibles a la barbarie diaria de la ejecución de un ser humano y no movemos ni un solo dedo para evitarlo. Igual pasa, cuando vemos a una mujer con marcas en la cara, guardando tras unas gafas de sol un dolor que no conoce patria ni frontera. Y, sin embargo, un silencio íntimo recorre los relojes, mientras amanece un día más sobre nuestros cuerpos.

Quizás, porque nuestras arterias marchan calladas día a día con esa voluntad íntima de seguir siempre luchando en contra de la tiranía del hombre, de ir en contra de la misericordia del amo –no queremos limosna- o en contra de la indulgencia –no hemos hecho nada malo para que nos opriman. Así es como se tejen los días ajados de una mujer. Afirmando cada día que se es merecedora del respeto. Defendiendo su libertad, a pesar del miedo. A pesar de temer por su vida, por el mero hecho de ser simplemente mujer. Por querer no pertenecer a nadie ni a nada. Por no tener dueño, aunque algunos se crean con derecho a algo

Así es como se tejen los días ajados de un ser humano. Por empuñar unos poemas sobre su frente. Por arrastrar una tormenta entre la garganta. Por ser mujer, por ser aquella donde no sólo germina la vida, sino la virtud de la humanidad: la belleza contenida de un ser humilde que pronuncia ternura con sólo nombre, que proclama paz para sus agónicas banderas.

Que demostremos, de una vez por todas, que esta sociedad que estamos construyendo es digna de nosotros y de nuestros hijos.

Quizás es por esa razón que, aquí y ahora, compañeros y compañeras, debemos de defender una sociedad más justa y equitativa, más compresiva, si cabe. No podemos permitir que el silencio hable por nosotros, que sea la podredumbre del hombre quien alimente las almas y la razón del día a día. Debemos de luchar por un lugar donde no contemos la ausencia de aquellas personas que nos dieron la vida. Donde respetemos al más débil. Donde amemos al prójimo. Donde evitemos que, un día más, la heroína impávida que sobre el acero hendido derrama su sangre, no sea una esquela, una lágrima, un dolor que nos asalte los párpados, los ojos, el cielo de nuestra boca. Que no sea la vecina de enfrente, ni la madre de eso niño que llora desconsolado. Que sea la mujer, su vida y la dignidad de la humanidad la manera con la que damos forma a todas las cosas, como el pan por ejemplo entre las manos de un panadero. Que demostremos, de una vez por todas, que esta sociedad que estamos construyendo es digna de nosotros y de nuestros hijos. Que un silencio íntimo no recorra los relojes, mientras amanece un día más sobre nuestros cuerpos, y que una mujer más salga abatida a la calle.

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