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01/03/2019 20:22 CET | Actualizado 03/03/2019 10:11 CET

Bienvenidos a la campaña más crispada, mentirosa y barriobajera

Los políticos son así porque se lo permitimos, les jaleamos cuando cogen el puñal. No hay más vuelta de hoja. No son ellos (que también): somos nosotros.

EFE
Juan Carlos Girauta, esta semana, en el Congreso.

Respiren profundamente. Traten de destensar los músculos. Cierren los ojos. Relájense. Vuelvan a respirar. Imaginen un bosque, un mar en calma, un paseo en silencio. Abran los ojos. Se acabó. Bienvenidos a la campaña electoral más crispada, mentirosa y barriobajera de cuantas hayan presenciado en su vida.

Lo que mal empieza, mal acaba. Y los 57 días que quedan hasta el 28-A pueden hacerse insoportablemente largos. Prepárense para asistir a todo tipo de navajazos, insultos, contradicciones y toda una suerte de puñaladas por la espalda y pecho. Da igual dónde se clave el cuchillo: lo importante es que la herida sangre. Y duela.

Resulta del todo indiferente el tema que se ponga encima de la mesa: violencia de género, refugiados, sanidad, educación, unidad de España, feminismo... Ningún asunto va a ser ajeno al retorcimiento si, a cambio, se arañan unos cientos de votos. Es la parte negativa de la liquidación del bipartidismo: al repartirse el pastel entre más comensales, todos intentan hacerse con la porción más grande. Sea al precio que sea. Gana la pluralidad, pierde la política.

En las próximas semanas se premiará la imagen sobre la esencia, la forma sobre el fondo, el puño frente al diálogo

En las próximas semanas todos los partidos presentarán sus programas electorales. Propuestas a las que se les pondrá el lazo más bello posible... y el más inútil: en la política española de 2019 vale mil veces más un buen tuit que todo un documento desgranando, una a una, las ideas para mejorar un país. Se premiará la invectiva en una tertulia televisiva, la bofetada, la respuesta más original (y, a ser posible, dañina) en una entrevista, el discurso de cierre más apologético en el debate electoral, la fotografía más populista... Se aplaudirá la imagen sobre la esencia, la forma sobre el fondo, el puño frente al diálogo.

Nada puede ir a mejor. A más de cincuenta días de las elecciones ya se ha construido un cordón sanitario contra la izquierda, ya se han soltado más falsedades de lo que cualquier ejército de fact-check es capaz de desmontar, ya se ha insultado, humillado, zaherido al contrario, ya se ha defendido lo indefendible y se ha recurrido a la mentira como un elemento dialéctico de primer orden. Esta semana, por ejemplo, la candidata del PP Isabel Díaz Ayuso se ha valido de una mentira para respaldar a Cristina Cifuentes al comparar su caso con el de la presunta asesina del niño Gabriel. En ese nivel estamos. Es sólo el principio: la llegada de Vox va actuar como un bidón de gasolina sobre el fuego.

La llegada de Vox va actuar como un bidón de gasolina sobre el fuego

Todo está permitido porque son los propios españoles, ese añorado 'pueblo', el que lo permite, el que no acepta ningún tono de gris. Como poco somos iguales que los políticos: o estás conmigo o estás contra mí; si no piensas como yo es porque eres un ignorante; los míos no cometen ni un solo error ya que son los poseedores y garantes de la Verdad; y tú más, y tú más, y tú más... Si los políticos deben ser reflejo de la sociedad, la democracia española aprueba cum laude.

Los políticos son así porque se lo permitimos, porque les jaleamos cuando cogen el puñal. No hay más vuelta de hoja. No son ellos (que también): somos nosotros.

Este es un país en el que se coloca una bandera en el balcón con la misma convicción con la que se intenta rascar un poco en el pago a Hacienda

Ese es el país que estamos construyendo entre todos: en el que se coloca una bandera en el balcón con la misma convicción con la que se intenta rascar un poco en la declaración de Hacienda, en el que se dicen que los inmigrantes son un problema cuando hay decenas y decenas de estadísticas que sostienen lo contrario, en el que se carga contra las mujeres por utilizar lenguaje inclusivo sin hacer el más mínimo esfuerzo por entender que no va solo de eso, no. Ese país en el que se aplaude cualquier ingeniosidad que no alcanza ni a razonamiento mínimo. Ese país en el que ya se ha inoculado la idea venenosa de que dialogar es sinónimo de ceder. Ese país.

No hay esperanza, pese a que muy de vez en cuando suceda algo que te haga pasar del derrotismo a pensar que, entre tanto barro y escupitajo, aún quedan ciertas dosis de cordura. Y te sorprendes de que la persona que te ha llevado a recuperar un poco la esperanza sea Gabriel Rufián, el mamporrero mayor del reino. Sus palabras —después de una intervención de Juan Carlos Giaruta (Ciudadanos) muy alejada de lo que se merece el Congreso de los Diputados— a Ciudadanos en particular y al resto de partidos en general pasaron sin pena ni gloria porque, en vez de un exabrupto, fueron razonadas y razonables. Por ser palabras sensatas.

Efectivamente, debemos promover el diálogo, tenemos que dejar de lado los puñales y hacer al menos el esfuerzo de entender al que no piensa como nosotros. De eso va vivir en democracia.

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