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03/12/2018 00:44 CET | Actualizado 03/12/2018 08:01 CET

Contagiados por la extrema derecha

Marcelo del Pozo / Reuters

Después de tanto tiempo creyéndonos inmunes a la amenaza de la extrema derecha, Andalucía —la comunidad socialista por antonomasia—, nos ha propinado una bofetada en toda la cara. No somos invulnerables: ya estamos contagiados. Con un agravante: el virus se ha propagado con una rapidez inusual.

Se acabó mirar por encima del hombro a Francia, Polonia, Hungría, EEUU, Alemania o Reino Unido. España ya forma parte de los países europeos en los que la derecha más extrema, con su discurso xenófobo, clasista y populista tiene capacidad para decidir sobre un Gobierno. Ha empezado por Andalucía, pero que nadie dude que la ponzoñosa mancha de aceite se extenderá en las elecciones municipales y autonómicas del próximo mayo. Y llegará al Congreso de los Diputados.

Los resultados electorales en Andalucía han sido la peor de las pesadillas para Susana Díaz, la principal perdedora de los comicios. La victoria no cuenta absolutamente nada cuando no puedes gobernar. Su caso es, ahora sí, el mayor exponente del político que roza la gloria con los dedos —presidenta de la Junta y candidata convencida de su victoria a la secretaria general del PSOE— y, apenas año y medio después, su historia acaba en tragedia.

Los 33 escaños conseguidos por el PSOE ni siquiera se los planteaban los más pesimistas de Ferraz: todo lo que estuviera por debajo de los 40 asientos constituía una catástrofe sin paliativos. El resultado es una hecatombe y Susana Díaz, por ello, debería haber presentado su dimisión. Máxime cuando, por situaciones similares, fue lo que exigió a Pedro Sánchez.

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Susana Díaz, tras la derrota.

El PP salva la cara y parte con todas las papeletas para que su candidato, Juanma Moreno, sea presidente de la Junta de Andalucía gracias al apoyo de Ciudadanos y Vox. El poder por encima de los riesgos que representa apoyarse en la muleta de la extrema derecha. Perder más de 300.000 votos confirma que no existe el tan cacareado efecto Casado, por mucho que el secretario general del PP se haya implicado personalmente en la campaña hasta el punto de que el candidato parecía él.

El ambiente en Génova era de sonrisa forzada: quedan segundos, sí, pero la amenaza que supone la notable subida de Ciudadanos y, sobre todo, de Vox, no configura perspectivas favorables para la formación de Pablo Casado. La peor solución para evitar futuras caídas electorales pasaría por enrocarse en el escoramiento hacia la derecha. Quedan pocas dudas de que, pese a todo, el líder del PP perseverará en esa idea suicida.

Ha empezado por Andalucía, pero que nadie dude que la ponzoñosa mancha de aceite se extenderá en las elecciones municipales y autonómicas

La sonrisa de Ciudadanos es sincera. De aquellas que en realidad no esconden una desgracia a base de impostadas muecas felices. Pese a quedar lejos de lograr su ansiado sorpasso al PP, queda como la fuerza que gozará de mayor fuerza electoral para imponer su ideario en el nuevo Ejecutivo. La formación de Rivera viene de su gran (aunque inútil) victoria en Cataluña y recupera el oxígeno perdido tras la moción de censura que hizo presidente a Pedro Sánchez y que dejó al propio Rivera completamente noqueado.

Sale Ciudadanos, además, incólume del apoyo dado en los últimos cuatro años a Susana Díaz, aunque el caramelo envenenado que va a saborear en los próximos meses se le puede atragantar: pactar con Vox le marcará en las próximas elecciones generales. Si alguien aún dudaba de la querencia de Ciudadanos por la derecha, Andalucía va a despejar cualquier duda.

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Santiago Abascal, cabeza de Vox.

La izquierda ha quedado tocada y hundida en Andalucía. Y ni siquiera la buena campaña de Teresa Rodríguez ha impedido la debacle. Lo peor para Adelante Andalucía es que la pérdida de casi 400.000 votos y tres escaños les deja en una situación de intrascendencia.

Todo lo contrario que Vox. Pese a ser el partido que menos escaños consigue es, sin duda, el gran vencedor de la noche. Su victoria intensifica las alarmas que ya empezaron a sonar en el acto de Vistalegre. En realidad, la extrema derecha llevaba 36 años votando en Andalucía, pero lo hacía escogiendo la papeleta del PP. Lo que cambia ahora es que la extrema derecha se ha independizado y su discurso xenófobo, populista y reaccionario camina solo, orgulloso y con la cabeza alta. Como los Trump, Bolsonaro o Le Pen.

Estamos contaminados. En manos de la izquierda y de la derecha más moderada queda la responsabilidad de que esto sea tan sólo un mal sueño.

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