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17/12/2018 07:11 CET | Actualizado 17/12/2018 07:11 CET

Sans-culottes con chaleco amarillo

Benoit Tessier / Reuters
Protesta de los chalecos amarillos.

Un fantasma recorre Francia y puede extenderse de forma espontánea e incontrolada a otras realidades en Europa. Un ejército de chalecos amarillos, como los sans-cullottes (sin calzones) del proceso revolucionario francés se han echado a la calle sin nada que perder y como aquellos de la liberté, fraternité y egalité se calzaron la carmañola revolucionaria con chaleco de franjas gualdas para acabar con lo que ellos consideran un sistema podrido basado en una igualdad formal pero, sobre todo, en una profunda desigualdad social y precariedad material.

Como ya lo hicieran los jacobinos, hebertistas y enragés hace más de doscientos años durante el fragor revolucionario, hoy todos se vuelven a preguntar de dónde han salido y qué "oscuras" intenciones persigue este variopinto movimiento de sueños rotos y desposeídos de las clases rurales y capitalinas, aliadas con los burgueses de una clase media empobrecida, todos ellos distantes de un sistema democrático en horas bajas y de unas élites políticas que dejaron de representarles. En este paquete del establishment a derrotar, también incluyen a los viejos partidos de la izquierda y fuerzas sindicales perdidos en la renovación, a los flamantes partidos emergentes, a las pujantes plataformas ciudadanas y, sobre todo, a los redefinidos partidos social liberales con nuevos aromas republicanos y sueños imperiales, como es el caso de Macron.

Esta misma evocación recurrente del escenario revolucionario en donde el sistema se quiebra ante el empuje de un pueblo agobiado por la necesidad del día a día abocado al hambre y a la marginalidad del sistema, sirve en la situación actual -más de dos siglos después- para describir la crisis profunda del sistema político de la V República, de una gran parte de los sistemas políticos democráticos actuales e, incluso, de las fuerzas de izquierdas ante el abandono progresivo que han sufrido de su histórico electorado; la incapacidad de la izquierda francesa y europea para canalizar las actuales demandas y dar respuesta a los principales retos de futuro con innovado discurso, dada su ineficacia para adaptarse con un programa propio a la evolución rápida del capitalismo global y virtual imperante.

El resultado es claro: un nuevo ejército de mano de obra disponible capaz de aceptar contratos basura y condiciones laborales cercanas a la esclavitud.

Es claro que la globalización ha impuesto a sangre y fuego un nuevo programa económico global, calcando las nuevas propuestas y recetas económicas del nuevo neoliberalismo verde y digital imperante asociado con el poder financiero emergente; para ello, buscaron apuestas políticas y electorales diferenciadoras, en algunos casos con nueva envoltura y diferente discurso inclusivo, como en el caso del movimiento En Marcha que llevó a Macron a la presidencia de la República. Como juzgar si no, la subida de precios e impuestos desproporcionada, en donde el incremento de casi un 20% del precio del carburante ha sido el detonante, pero al que hay que sumar la subida del gas de un 6,9 %, la electricidad un 2,3%, el llamado impuesto de solidaridad un 1,7%. Así mismo, el incremento de la contribución obligatoria de los enfermos a los gastos hospitalarios en casi un 10%. Y todo ello, en medio de una reforma fiscal que favorece a las rentas más altas y a las grandes fortunas.

La nueva propuesta de Macron para frenar el movimiento con la subida del salario mínimo y algunas otras propuestas sueltas parecen que no van a ser suficientes para calmar las aguas de la revuelta en el camino a su Bastilla particular.

Es claro que las mismas clases que finalmente pagaron el ajuste bancario y económico de la larga crisis en Europa, están llamadas nuevamente a pagar esta vez la brecha medioambiental y ecológica, mientras los gobiernos de la vieja escuela y también los de nuevo diseño, como el de Macron, junto con las grandes multinacionales de las renovadas energías -idénticas a las que se lucran con las antiguas- ambos, repercuten en el ciudadano el coste de las transformaciones globales para ganar el sello verde de energías sostenible y renovables que justifiquen un nuevo encarecimiento de los servicios. En consecuencia, la resistencia espontanea de la ciudadanía a todas esas fuerzas que marcan el ritmo del proceso globalizador y provocan los efectos más perversos de esta mundialización de valores que supone la mayor revolución tecnológica de información abierta en red de democracia virtual, en medio del mayor ejército de parias al servicio de los nuevos imperios energéticos, tecnológicos y de comunicación dentro de un macroproceso de alienación global. El resultado es claro: un nuevo ejército de mano de obra disponible capaz de aceptar contratos basura y condiciones laborales cercanas a la esclavitud.

La idea de una izquierda secuestrada expresa con claridad esta situación, así como el elevado rescate que están pagando estos partidos en desafectos, votos y militantes.

Por otro lado, la incapacidad de la socialdemocracia y de las fuerzas tradicionales de izquierda para dar respuesta a estos efectos perversos de la globalización para una parte importante de la clases medias y populares ante el recorte de derechos y el desmantelamiento progresivo de los Estados de bienestar, está provocando una distancia y desconfianza cada vez mayor de la ciudadanía respecto a esos partidos y fuerzas de izquierda asimilados al nuevo programa neoliberal de gobierno global. La idea de una izquierda secuestrada expresa con claridad esta situación, así como el elevado rescate que están pagando estos partidos en desafectos, votos y militantes.

¿Quién es capaz de negar rotundamente que se pueda estar al borde de una revolución global de chaleco amarillo con métodos más o menos violentos, tanto en las calles como también en la realidad virtual online? Derrocar a este nuevo tipo de negocios supuestamente transformadores y de explotación high tec, con métodos revolucionarios clásicos o, incluso, con nuevos instrumentos de hackers militantes que, emulando al Míster Robot inconformista de la serie de culto en la televisión mundial, provoquen el colapso económico y financiero con la caída de este imperio de nuevos mercados energéticos, hegemonía virtual, capitalismo online y banca electrónica. Parafraseando a Goethe en Fausto: es peligroso aquel hombre que no tiene nada que perder.

Gustavo Palomares es Catedrático Europeo y profesor en el Departamento de Ciencia Política y de la Administración en la UNED.