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15/11/2015 12:28 CET | Actualizado 15/11/2016 11:12 CET

Todos somos parisinos, una vez más

bataclanFrancia ha sido un socio crucial para los Estados Unidos en la lucha contra el terrorismo en el mundo, decía el viernes Barack Obama. Lo que no dijo, pero se sobrentiende, es que Francia en general y París en particular están sufriendo las consecuencias de ello. La libertad no existe en ningún lugar si París es prisionera.

Reuters

Una vez más, los ideales de libertad y paz han sido atacados en las calles que engendraron la idea de que, en la vida moderna, resulta inconcebible que la una vaya sin la otra.

Una vez más, el presidente estadounidense Barack Obama tomó la palabra desde Washington para expresar su solidaridad con Francia y denunciar que cualquier ataque contra la sociedad francesa era un ataque contra los valores de honradez, modernidad y razón en sí mismos.

Y una vez más, el mundo -o aquella parte del mundo que odia los asesinatos y ama la paz- debe levantarse y decir, simplemente: basta.

A medida que la noche y el frío de noviembre caían el viernes sobre Washington, Obama, con el semblante serio, se dirigía a la sala de prensa de la Casa Blanca. Parecía triste, como si un familiar hubiera muerto.

Y así fue: de nuevo, caos en París, de nuevo muertes, y de nuevo la pesadilla en una ciudad y un país que inventaron el ideal moderno de "libertad, igualdad y fraternidad".

Francia -decía Obama con pena, pero con determinación-, es el "aliado más antiguo" de los Estados Unidos, y París representa los "valores eternos del progreso humano" en un momento en el que se encuentran amenazados.

Nuestro antiguo aliado, añadía, ha sido un socio crucial para los Estados Unidos en la lucha contra el terrorismo en el mundo. Lo que Obama no dijo, pero se sobrentiende, es que Francia en general y París en particular están sufriendo las consecuencias de ello.

Por tanto, su lucha es nuestra lucha.

Los atentados aparentemente coordinados que han tenido lugar en París han provocado más de un centenar de muertes.

El presidente François Hollande apareció en televisión poco después que su homólogo estadounidense.

Parecía más agitado que triste. Anunció que se habían cerrado las fronteras del país y que había convocado al Ejército para reforzar la capital. Cuando compareció tras los ataques de Charlie Hebdo y el supermercado kosher, así como tras el violento incidente en un tren de alta velocidad, Hollande habló como jefe de Policía.

Esta vez, sin embargo, sonaba más bien como jefe de guerra, en cierto modo, como Obama.

Los terroristas, dijo Hollande, querían utilizar la sangre y el caos para aterrorizar al pueblo francés, y, por extensión, a los demás países laicos y democráticos del mundo.

Pero esa noche de viernes, admitió, había "motivos para estar asustados".

Y así es: los hay.

Ahora nos preguntamos cómo será capaz Francia de acoger la colosal Cumbre del Clima del próximo mes, a la que se espera que asistan miles de representantes de numerosos países.

¿Cómo puede cerrar Francia sus fronteras en un momento en el que miles de refugiados de Siria y más países buscan allí seguridad? Aunque, por otra parte, ¿qué tipo de seguridad pueden esperar?

Si París es el objetivo fácil por excelencia -una ciudad abierta en un país abiertamente laico-, ¿cómo se puede proteger de esta nueva guerra? París, con sus cafeterías en las aceras y sus parques púbicos, encarna, por su concepción y su estilo de vida, los ideales que ahora se ven amenazados por la violencia.

La respuesta a estas y otras preguntas es al mismo tiempo fácil y difícil.

París sabe por experiencia que el miedo tendrá que ser remplazado por la calma, la valentía y la vida. Las cosas cambiarán, pero no lo suficiente como para apagar la eterna llama que brilla en la Ciudad de la Luz.

¿Por qué? Porque la libertad no puede existir en ningún lugar si París es prisionera. El mundo lo sabe. Ya aprendimos la lección el pasado siglo en dos ocasiones.

Y si es necesario, volveremos a aprender la lección. Parece que nos hará falta.

Este post fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Marina Velasco Serrano