Obama y Guantánamo: lo que pudo ser y no fue

Obama y Guantánamo: lo que pudo ser y no fue

EFE

El próximo mes de noviembre Barack Obama dejará de ser el presidente de EEUU y Guantánamo seguirá abierto. Perderá la gran oportunidad de cumplir la que fue su promesa estrella durante su campaña, pero lo hará demostrando que realmente quería echarle el cierre a una de las cárceles más terroríficas del mundo.

Acaba de anunciar la mayor salida de presos -15- en ocho años, lo que pone de manifiesto el esfuerzo tan significativo que ha hecho. Pero la prisión sigue allí: la primera potencia democrática del mundo mantiene abierta una instalación en la que siguen retenidas decenas de personas. Lo estarán por un periodo de tiempo indefinido, pese a que Estados Unidos carece de pruebas contra ellas que permitan calificarlas como criminales de guerra. Y eso perseguirá siempre a Obama.

Para que se haya podido materializar el último traspaso de presos, que ahora irán a cárceles en Arabia Saudí, no sólo se han dado movimientos políticos, la administración Obama también ha llevado a cabo una gran operación de relaciones públicas. “Le han dado permiso para trasladarlos porque se ha comprometido por escrito a la revisión de todo el arsenal nuclear, dejando contratos a la industria armamentística por valor de 31.300 millones por año para la próxima década. Además, se está fabricando un misil crucero, una bomba atómica… Y claro, se necesita limpiar la imagen del presidente, Nobel de la Paz, y se le deja liberar a esos pobres diablos”, ha explicado el periodista Vicente Romero, autor de Habitaciones de Soledad y Miedo, en el programa La Ventana, de la Cadena Ser.

Le han dado permiso para trasladarlos porque se ha comprometido por escrito a la revisión de todo el arsenal nuclear.

El hecho de que Obama haya tenido que dar luz verde a estos acuerdos armamentísticos para poder trasladar a una quincena de presos pone de manifiesto las dificultades que rodea a toda intención de acabar con Guantánamo. El actual presidente de EEUU no ha cerrado el penal no porque no haya querido, sino porque, tal y como le sucede con otras de sus promesas estrella -la reforma sanitaria- o grandes retos -abolir el derecho a las armas-, se ha encontrado con una férrea oposición en el Congreso, de mayoría republicana.

UN CAPÍTULO NEGRO

Pero Obama ha insistido e insistido. Para darle una vuelta a la situación y ganar adeptos a su plan de cierre, el presidente se presentó ante el mundo en febrero del año pasado con el respaldo de George W. Bush, republicano y artífice de Guantánamo.

Fue en 2002 cuando el expresidente de EEUU se sirvió de un limbo legal para transformar la base que tenía en territorio cubano en la tan temida y aborrecida prisión. Hasta allí se trasladó a personas bajo custodia sin que hubieran sido sometidas a un juicio. 14 años después el propio Bush respaldó el objetivo de Obama de cerrar “un capítulo negro de la historia del país”. Pero de nada sirvió.

Opciones intermedias o al menos encaminadas a que a corto plazo se produzca el deseado, cierre tampoco han podido ser. El Congreso también se opone a que los presos sean juzgados por tribunales civiles en territorio estadounidense o a que sean transferidos a cárceles de máxima seguridad en EEUU.

De hecho, la Cámara estadounidense ha prohibido el uso de fondos públicos para esos fines. A modo de justificación suelen alegar que existe el riesgo de que, una vez en territorio nacional, se escapen y se conviertan en un problema para la seguridad del país.

CENSURA

Y en mitad de todo esto, a Guantánamo también le rodea la censura para evitar que se vea lo que allí pasa. El periodista Vicente Romero pudo entrar en enero de 2008, un año antes de la llegada al poder de Obama, y resume en una frase lo que vio: “Es una cárcel absolutamente infame”. En su libro detalla cómo tuvieron que firmar toda una serie de normas para entrar y cómo, al salir, registran todo lo que has grabado o capturado. Comprobó con sus propios ojos cómo, además, durante la visita se muestra una realidad alejada de la imagen de crueldad que se vincula con la prisión.

Es una cárcel absolutamente infame.

Nada de esto ha cambiado ahora: ocho años después, los -pocos- periodistas que logran entrar en la cárcel han comprobado cómo sigue vigente el empeño por demostrar que desde la era Obama las cosas han cambiado y por dejar claro que las torturas son cosa del pasado.

También sigue igual la censura posterior a la visita: “Al final del viaje, se revisa todo el material gráfico y se borra lo que no conviene. Forma parte de las condiciones de la visita”, describió tras visitar la presión este mes de febrero Jordi Barbeta, de La Vanguardia.

PERDIDA DE ADMIRACIÓN

La suma de todo esto hace que cada día que pasa con Guantánamo abierto, Estados Unidos pierda un ápice de la admiración que genera en el resto del mundo. Y Obama lo sabe. Esto le ha llevado a insinuar que no ha descartado aprobar unilateralmente por decreto el cierre, pero hacerlo sería una delicada maniobra legal y política y ahora, en plena campaña de apoyo a Hillary Clinton, es algo que no le conviene.

La candidata demócrata a sucederle respalda el plan de acabar con la prisión, pero su oponente Donald Trump, no.

Guantánamo no tenía que estar ya allí, es algo con lo que Obama no contaba, pero se ha ‘colado’ también en la campaña… Si el magnate gana ya ha prometido que seguirá abierto, recuperando la política del miedo con la que Obama ha querido terminar. Entonces todo el trabajo y esfuerzo -con las ilusiones de aquellos que creen que Estados Unidos no puede tener una prisión así- no habrá servido de nada. Y eso también le acompañará para siempre.