¿Hablamos de sexo o de sexualidad? 'Golfa' y 'Los mojigatos'

¿Hablamos de sexo o de sexualidad? 'Golfa' y 'Los mojigatos'

Dos obras que plantean un tema que todavía no se tiene resuelto como sociedad.

'Los mojigatos'.Javier Naval

Coinciden en la cartelera dos obras cuyo tema es el sexo. Golfa, escrita y dirigida por José Padilla en el Teatro Galileo y Los mojigatos de Anthony Neilson, dirigida por Magüi Mira en el Teatro Bellas Artes. Dos obras que plantean un tema que todavía no se tiene resuelto como sociedad. Una sociedad en la que el sexo lo ocupa todo. Y, aunque es una casualidad, en el sentido de que no estaba preparado, es muy interesante que hayan coincidido estas dos comedias. Porque viendo y escuchando los barros de Los mojigatos se entienden mucho mejor los lodos de Golfa y viceversa. De tal manera que debería haber un abono para ver las dos.

Los mojigatos es la historia de un matrimonio, aunque no están casados, que llevan catorce meses sin hacer sexo. Lo que coloquialmente se entiende sin que él se la meta. Y ella ya no puede más. Porque, una mujer de hoy que se precie, lo que quiere es que le den lo suyo, que la empotren. Cuando dice esto la excelente actriz Cecilia Solaguren aparecen en sus maneras las de aquel personaje en el que se eternizó Lina Morgan en el final de su carrera. Aquella solterona que buscaba desesperadamente galanes chulapones y castigadores para echarse en sus brazos. Personaje con el que hizo reír a tantos y tantos espectadores.

Frente a ella, Gabino Diego recurre a su sempiterno rol de zangolotino, papel que borda, para crear un personaje masculino que es un manojo de nervios y excusas ante la avalancha de mensajes #MeToo. Mensajes que le paralizan a la hora de acostarse con la propia o de hacer según qué cosas en la cama, no sea que se le acuse de acosador, violador y prepotente macho. Sequía sexual que él ha lidiado con el accesible porno en Internet para hacerse unas cuantas pajillas por aquí y por allá. El caso es que no se le pone dura con la propia, a la que dice querer mucho, y a la que no quiere violentar si se muestra como el hombre que es. Y recurrir a la farmacopea le parece muy arriesgado por eso de que le pueda dar un infarto, cuando el porno de la Red pone de manifiesto que físicamente pasarle no le pasa nada.

Golfa es otra historia. Juega en otra liga. En la del acoso. Una estudiante de instituto de unos dieciséis deja a su novio, otro compañero de misma edad y del mismo centro. Es en ese momento cuando empieza a recibir insultos anónimos en la red. Insultos como guarra o chupapollas o bollera, y otras lindezas por el estilo. Todo apunta a que el responsable es el compañero que ha sido abandonado, dejado, por lo que este es sancionado y su escolarización pende de un hilo. Riesgo que moviliza a la madre del chico en su defensa.

Para aclarar el caso, a la jueza que lo instruye no se le ocurre otra cosa que organizar una sesión con un sexólogo que será retransmitida por la Red. Los asistentes son la chica, el chico, la madre coraje de este y el sexólogo. Encarnados por cuatro actores que hacen que el público se olvide que está asistiendo a una representación, que se encuentra en un teatro. Que consiguen dar cuerpo y voz a esta especie de thriller de debate o discusión. Como en las buenas y clásicas películas de juicios en las que lo interesante es lo que van revelando las víctimas, los acusados, los testigos y los abogados. En la que sus puntos de vista tejen un clarificador final que exige a quien vaya a ver esta obra no hacer spoiler.

Una obra que, superada la incredulidad de que una jueza solicitase este tipo de sesión o careo público, está escrita a cuchillo. Bien parametrizada para lo que quiere contar y para que el espectador tenga los suficientes elementos de juicio para adoptar una postura a posteriori. Es decir, después de ver la obra y teniendo en cuenta las partes y sus argumentos. Algo raro en el teatro comercial, que tiende a acariciar, cuando no a entregarse, a las ideas preconcebidas con las que vienen los espectadores para satisfacer al cliente, que siempre tiene razón.

Si bien es cierto que puede que Golfa sea demasiado contingente y que pierda su vigencia en el medio plazo, al tratar un tema muy actual, la forma en la que está escrita y dirigida viene a cimentar la fama de dramaturgo y director de José Padilla. Un autor que, como un verdadero artista, se atreve sin miedo ni pudor a establecer un puente entre el rap y los clásicos del Siglo de Oro, sin tapujos y sin esconderlo, y lo hace funcionar.

Es también en Golfa donde se pregunta si sexo y sexualidad es lo mismo. Si tener sexo es meterla, el coito, o si va más allá. Si el sexo es solo genitalidad. Para los que vayan a ver Los mojigatos y la disfruten y celebren acríticamente, la respuesta está clara. Sí, sí lo es. Los juegos, y hay un momento que recurren a ellos, como la escena de los disfraces, que hay que reconocerle que tiene gracia, no sirven.

El matrimonio, o la pareja, de cincuentones de Los mojigatos, que se describen como modernos liberales, están allí para hacer sexo, follar. Lo demás no es hacer sexo. Idea que parecen compartir los espectadores que casi llenan el teatro un domingo por la tarde. Un público que entiende y celebra con carcajadas y muchos aplausos lo que ha visto y oído en escena. Una especie de capítulo de las series de Escenas de matrimonio o Los Ropper a las que se las hubiera teñido superficialmente de modernidad y mal entendido feminismo, con las que el público se ríe a gusto y de la que salen contentos del teatro.

  'Golfa'. 

Público que sería muy recomendable que acudiese también a ver Golfa, para tener elementos de juicio en los que basar su opinión. Como también sería muy recomendable que fueran en tromba todos esos adolescentes perdidos. Pues es muy importante saber de qué se ríe uno y entender mucho mejor donde está la gracia.

Frente al chiste tópico de Los mojigatos, ese que trata de conservar los estereotipos, Golfa se alza como un buen teatro didáctico. Ese que aporta luz al debate, que evita la polarización que se produce con el encastillamiento en posturas ideológicas aprendidas y adquiridas gracias a la llamada buena educación. Golfa es la obra que entiende que el sexo y la sexualidad no son lo mismo, que el órgano sexual más grande del cuerpo humano, independientemente de la orientación sexual, es la piel. Y que el órgano sexual más potente es el cerebro. Y, ahora qué, ¿hablamos de sexo o de sexualidad?

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Como el dramaturgo Anton Chejov, me dedico al teatro y a la medicina. Al teatro porque hago crítica teatral para El HuffPost, la Revista Actores&Actrices, The Theater Times, de ópera, danza y música escénica para Sulponticello, Frontera D y en mi página de FB: El teatro, la crítica y el espectador. Además, hago entrevistas a mujeres del teatro para la revista Woman's Soul y participo en los ranking teatrales de la revista Godot y de Tragycom. Como médico me dedico a la Medicina del Trabajo y a la Prevención de Riesgos Laborales. Aunque como curioso, todo me interesa.