Los 3 Sudamericanos, el amor que nunca muere

Los 3 Sudamericanos, el amor que nunca muere

Después de más de 60 años sobre los escenarios, Alma María y Johnny, que junto a Casto Darío formaron el trío, esperan a que pase la pandemia para volver a actuar.

The Paraguayan musical trio 'Los Tres Sudamericanos', 1973, Madrid, Castilla La Mancha, Spain (Photo by Gianni Ferrari/Cover/Getty Images)Gianni Ferrari via Getty Images

La familia de Johnny Torales, que se formaba como tenor en la Escuela Nacional de Canto de Paraguay, lo envía muy joven a Buenos Aires para que estudie arquitectura. Impresionado por su voz, Lucio Milena, un importante director de orquesta boanerense, le graba un disco con el que regresa a Asunción. Allí, en la puerta del del colegio de señoritas donde estaba interna, había conocido poco antes a Alma María Vaesken. En 1960 se casan. Poco después, junto a Casto Darío Martínez, la Columbia argentina, que bajo la dirección de Peter de Rougmont, presume de tener en su catálogo a los artistas más rabiosamente modernos del momento, les firma un contrato. La discográfica acaba de conseguir un gran éxito con un quinteto, Los 5 Latinos, y quiere probar suerte con un trío, Los 3 Sudamericanos.

“Un empresario nos hizo debutar en radio El Mundo —recuerda Johnny— a la misma hora que cantaba un ídolo de aquel tiempo: Lucho Gatica. Él terminó de actuar a las nueva y media y después empezamos nosotros. Figúrate. El éxito fue casi instantáneo. Trabajábamos con el mismo equipo que había lanzado a Los 5 Latinos, Lucio Milena, Jose Carli y Waldo de los Ríos. El quinteto era maravilloso, al estilo de The Platters. Onlyyyyy youuuu —se lanza a cantar— Estela Raval tenía una voz increíble y la acompañaban grandes músicos”.

A diferencia de sus rivales, los paraguayos prefieren especializarse en las canciones populares de Sudamérica, como Pájaro Chogüi, La Pitita o Celedonio o temas navideños. La fama de sus actuaciones en locales de moda o en el Canal 13 de televisión anima a un empresario español a contratarlos para actuar en la mítica sala Pasapoga, en plena Gran Vía madrileña. El trío se instala en un apartamento en el que también se alojarán otros sudamericanos, como Waldo de los Ríos con el que empiezan a grabar en España.

“Como la Columbia no tenía una filial en España —continúa Johnny—, había que grabar el repertorio en los estudios de Hispavox, que era la compañía que distribuía aquí los discos y luego enviar los masters para allá. Era un lío, por eso cuando en 1964 Belter nos hizo una oferta no nos lo pensamos. En ese momento era, junto a Hispavox, la discográfica más importante. Tenía a todos los artistas del momento, a Mina, a Lola Flores, incluso a Los 5 Latinos. El primer discos que grabamos para Belter fue Cartagenera, que todavía se sigue cantando”.

Belter imprime un nuevo estilo a Los 3 Sudamericanos, que desde que colaboran con De los Ríos comienzan a hacer versiones de éxitos del momento, como El partido de fútbol, Tómbola o Si yo tuviera un martillo. La casa de Alma María y Johnny se convierte en el centro de reunión de muchos artistas hispanoamericanos. Las cenas con Luis Aguilé, Augusto Algueró padre, al que Alma María llama tío Augusto, Miguel Ríos o Alberto Cortez se alargan hasta la madrugada. Poco antes del verano del 65, Cortez les muestra una canción, Me lo dijo Pérez, que, con arreglos de Waldo, va a presentar en la segunda edición del Festival de Mallorca-Bahía de Palma. El argentino no tiene inconveniente en que el trío también la grabe.

“Me lo dijo Pérez' fue número uno en España y en Sudamérica, por delante de The Beatles y '¡Help!'

“Me lo dijo Pérez fue número uno en España y en Sudamérica, por delante de The Beatles y ¡Help!. Fue así: en aquel momento vendíamos más discos que ellos. Las listas de venta de entonces eran reales. Se hacían después de que el disco hubiera sido vendido, con la información que habían facilitado las tiendas. No como ahora, que todo son estimaciones y proyecciones hechas antes de ponerlo en la calle. Si en aquel momento hubiera existido el Disco de Platino, nos lo hubieran dado. Lo grabamos en un teatro de las afueras de Barcelona porque Belter no tenía todavía estudios propios y hubo que recurrir a un teatro”.

A partir de ese momento, todos los veranos consiguen colocar una canción entre las más populares. Juanita Banana o La chevecha les convierten en la atracción de cualquier fiesta. En plena crisis con Gran Bretaña por la soberanía del Peñón, cantan Gibraltareña —”… España mostró el camino de la verdad/por estoy le estoy cantando a su libertad./Gibraltareña, gibraltareña/cruzaré La Línea para besarte junto al Peñón”—. El pop no se les resiste: Cuando me enamoro, Corazon contento o el Something stupid, de papá Sinatra y Nancy.

En esos años, Ana María, Johnny y Casto Darío recorren España de norte a sur varias veces. Cuando los compromisos estivales se acaban, inician largas giras por diversos países del Mediterráneo y Asia.

“La gente nos quería, bueno y nos sigue queriendo —puntualiza con rapidez Alma María—, se sube al escenario a cantar con nosotros. El público quiere divertirse —agrega su marido—, con Juanita Banana les encantaba que hiciéramos un juego con La donnannn e mobile —canta. Y Pulpaaaa de tamarindooooo —replica ella. Elegíamos el repertorio sin pensar en el éxito —continúa Alma María—, hacíamos lo que nos gustaba. Nuestra vida artística—añade Johnny— es como un sueño, no pensamos que nos íbamos a dedicar toda la vida a esto. Viajamos mucho. Estuvimos varios meses actuando en Atenas, nos llevaron para que cantáramos en el cumpleaños de Mohammad Reza Pahlaví, el Sah de lo que entonces se conocía como Persia. Poco antes hubo un terremoto y casi nos morimos del susto en el hotel. También fuimos muchas veces a Mónaco, estuvimos con Rainiero y Grace, y al Casino de Roma y en la mejor sala de fiestas del Líbano. No hemos parado. El único lugar al que no fuimos fue a Japón porque a Alma María le da pánico volar y el contrato decía que teníamos que recorrer no se cuántas ciudades en una avioneta”. “Me hubiera muerto”, comenta entre risas la cantante.

Casto Darío Martínez abandonó el trío a principios de los años 80, pero sigue manteniendo una buena relación con el matrimonio, al que acompañó desde poco después el guitarrista Dioni Velázquez. Si todo va bien, Los 3 Sudamericanos reanudarán pronto sus galas. En la casa de Cuenca a la que se han mudado para vivir cerca de una de sus hijas, el teléfono no para de sonar. Numerosos ayuntamientos los llaman para saber si están dispuestos a actuar. Por supuesto dicen que sí.

“Cuando se cumplieron 10 años de nuestra llegada —recuerda Alma María— grabamos una canción titulada Gracias España (“…por ese aplauso, por ese amigo que aquí encontré./Gracias, gracias España/por tantas cosas maravillosas/que aquí logré.”) Todavía la cantamos. Ahora que la gente se separa y separa —dice Johnny—, míranos. Llevamos más de 60 años juntos. Ese ha sido nuestro verdadero éxito, nuestra vida conyugal. Nunca en todo ese tiempo hemos tenido un mal día. El éxito artístico ha sido solo un sueño. Un sueño que se hizo realidad”.

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Miguel Fernández (Granada, 1962) ejerce el periodismo desde hace más de treinta y cinco años. Con 'Yestergay' (2003), obtuvo el Premio Odisea de novela. Patricio Población, el protagonista de esta historia, reaparecería en Nunca le cuentes nada a nadie (2005). Es también autor de 'La vida es el precio, el libro de memorias de Amparo Muñoz', de las colecciones de relatos 'Trátame bien' (2000), 'La pereza de los días' (2005) y 'Todas las promesas de mi amor se irán contigo', y de distintos libros de gastronomía, como 'Buen provecho' (1999) o '¿A qué sabe el amor?' (2007).