Qué se siente al ser una planta

Qué se siente al ser una planta

Es bien sabido que compartimos algunos rasgos con las plantas y les debemos mucho por acondicionar la Tierra.

Development of seedling growth Planting seedlings young plant in the morning light on nature backgroundsarayut Thaneerat via Getty Images

El filósofo estadounidense Thomas Nagel se preguntó qué se siente al ser un murciélago. En la actualidad, con la llamada emergencia climática, su reflexión sobre la mente se queda muy corta. Necesitamos saber qué se siente al ser una planta. No se me ocurre nadie mejor para regarnos con filosofía que Natasha Myers, una antropóloga formada como bióloga molecular que ha acuñado y desarrollado el concepto de “plantropoescena”. Es bien sabido que compartimos algunos rasgos con las plantas y les debemos mucho por acondicionar la Tierra. En pleno confinamiento, te pareces más a una planta que nunca. Plántate delante de tu pantalla y lee:

ANDRÉS LOMEÑA: Ha publicado Diez pasos para vivir en la plantroposcena. En lo que parece un manifiesto, usted propone reinventar el mundo conspirando con las plantas. ¿Cómo se sustancia su propuesta?

NATASHA MYERS: ¡Sí, se trata de un manifiesto! Y es una especie de encantamiento también: aspira a lanzar un hechizo que disipe otros hechizos que nos mantienen en la duermevela de este statu quo tan desastroso. Uno de los hechizos que nos tiene embrujados es el capitalismo: el sistema económico que nos marea con todo tipo de posibilidades de consumo y extracción, a la vez que se invisibilizan todas las violencias de sus producciones, lo que incluye la desposesión y destrucción de tierras indígenas, el envenenamiento de las aguas y la contaminación del aire.

El antropoceno como concepto identifica el poderoso papel que desempeña el ser humano en el desarrollo del mundo. La plantropoescena, por su parte, es una aspiración: invita a la especulación sobre lo que ocurriría cuando las personas reconozcan a otros agentes, aparte de los humanos, como creadores de mundos habitables. La plantropoescena activa un potencial político radical al constatar que no estamos solos, y lo hace desplazando el Anthropos [el ser humano], la criatura que está al timón del antropoceno y que parece tan comprometida con el fin del mundo. El “plantropos” nos lleva a la plantropoescena: en parte planta, en parte humano, encarna la interdependencia involuntaria de las plantas y las personas y está comprometida con una prosperidad colectiva. A diferencia del antropoceno, la plantropoescena no es una era geológica, sino una “escena” o episteme, una forma de entender la vida. Es tanto antigua como moderna. Las plantropoescenas han estado y siguen estando representadas en el mundo de las personas indígenas, los curanderos, jardineros, herbolarios, granjeros, artistas, científicos, arquitectos y chamanes. Las plantas no son meros recursos para alimentar la economía global, sino co-conspiradores en el trabajo impostergable de restaurar las ruinas tras el advenimiento del capitalismo y el colonialismo.

Hay personas en todo el mundo que saben que las plantas son creadoras de mundos y por lo tanto hay que atenderlas. Las plantas han “terraformado” esta tierra de tal manera que se hace habitable y respirable para todos los demás. Esas personas reconocen que sus futuros pivotan sobre el futuro de la vida de las plantas. La composición de la atmósfera se debe a las plantas; ellas también sirven de abono, limpian las aguas y ayudan en la formación de nubes. Asimismo, liberan sustancias químicas sofisticadas y generan abundantes nutrientes para otras formas de vida, no solo para los humanos. Son la sustancia, el sustrato, el símbolo y el signo de las culturas y las economías a lo largo y ancho del mundo. Nos mantienen a todos con ropa, cobijo, alimento, placer, medicinas, venenos y adornos. La plantropoescena nos invita a imaginar cómo sería la vida si la responsabilidad fundamental de las personas fuera ayudar a las plantas a crecer en todas partes como medida para asegurar que todo lo humano y no humano prospere.

El único Green New Deal viable en la plantropoescena sería aquel que suponga una transformación radical del significado de la economía para que se alteren ideas arraigadas acerca del valor y la producción o el crecimiento de la productividad. Más que continuar con un modelo ecológico sostenido sobre el dogma de la economía (lo cual ha generado indicadores tan poco útiles como los “servicios de ecosistemas”, y nos ha hecho ver los bosques con una unidad de volumen de madera aserrada, el pie tabla, o contemplar el impacto ambiental con la huella de carbono), la economía tendría que ser remodelada por la ecología, atendiendo a sus relaciones, colaboraciones, interdependencia y reciprocidad. El capitalismo verde, con su retórica de la sostenibilidad y el capital intensivo embellecido por sus arreglos tecnológicos, solo nos recluirá en formas de vida que explotan los cuerpos y las tierras. La plantropoescena rechaza la lógica de la sostenibilidad, pues en muchos contextos solo significa sostener el crecimiento económico. En la plantropoescena, el decrecimiento significará crecimiento habitable y será desarrollado en función de cómo crecen las plantas, sin olvidarnos de su capacidad crucial para la descomposición. 

Si pensáramos como una planta, tendríamos que aprender a apegarnos al lugar donde hayamos echado raíces, y prestaríamos mucha más atención a lo que ponemos en el agua, el aire y la tierra. Nuestra socialización se inspiraría gracias al enraizamiento de las plantas y el compromiso profundo de estas con los lugares que crean en torno a ellas; las plantas estirarán sus tejidos hacia cualquiera que alimente el suelo. Esa sociabilidad local sería menos vulnerable a las disrupciones globales y los caprichos de las fuerzas del mercado. Es evidente que suena utópico. Pero piensa lo bien que estaríamos sin una pandemia global como la del COVID-19 si obtuviéramos la comida localmente y nuestras vidas estuvieran conectadas dentro de comunidades locales. Esas son las prácticas que podrían salvarnos de la crisis de los mercados globales y la falta de suministros. ¡Necesitamos empezar a cultivar nuestros jardines ya!

El capitalismo verde, con su retórica de la sostenibilidad y el capital intensivo embellecido por sus arreglos tecnológicos, solo nos recluirá en formas de vida que explotan los cuerpos y las tierras.

A.L.: En su manifiesto habla de la revolución del oxígeno. ¿Se trató solo de una catástrofe en términos de biodiversidad o significa algo más?

N.M.: El antropoceno se concibe como una era geológica causada por el ser humano. En este marco, las personas son los agentes primarios del reordenamiento de la forma del planeta. Me gusta pensar en la revolución del oxígeno (la masiva oxigenación de la atmósfera del planeta que llegó con el aumento de la vida fotosintética hace unos dos mil millones de años) como otro ejemplo de la manera en que los seres vivos crean mundos. Podemos verlo como una época hecha por microbios fotosintéticos: en esa época las criaturas verdes fueron el agente central del reordenamiento elemental. Si tuviéramos que continuar con la trampa de nombrar las eras a partir de agentes singulares, deberíamos considerar aquella gran oxidación como el “fitoceno”.

Sí, esta transformación planetaria fue claramente una catástrofe para aquellos organismos que no respiraban oxígeno, pero aquellos que consiguieron inhalar esos vapores venenosos prosperaron, y eso nos incluye. El poder de las criaturas fotosintéticas durante el fitoceno nos ayuda a empezar a romper con el excepcionalismo humano que gobierna buena parte de nuestras ideas sobre el antropoceno. También nos ayuda a apreciar a los humanos como seres no autónomos; en realidad, dependemos de las plantas. Es más: respiramos solo porque ellas exhalan. La plantropoescena que forme mundos verdaderamente habitables tendrá que esperar a que las personas hallen proyectos solidarios con las plantas, bastante tiempo después del fitoceno.

A.L.: David Chamovitz, Stefano Mancuso y otros científicos investigan la inteligencia vegetal, pero también me consta que hay libros de pseudociencia como La vida secreta de las plantas. ¿Algún “cuaderno botánico” para llegar a un conocimiento fiable?

N.M.: A finales de los noventa, era estudiante de posgrado de botánica en la Universidad McGill y me interesó sobremanera la intensa investigación que había en aquella época en torno a la comunicación de las plantas. Era muy inspirador darse cuenta de que las plantas pueden sentir los fenómenos más insignificantes; pueden marcar la hora y anticipar los cambios más sutiles de luz solar, la duración del día o de las estaciones, abriendo sus flores y moviendo sus hojas activamente cuando buscan luz y calor. Las plantas pueden sentir el zumbido de las alas de un insecto o cómo mastica un herbívoro deleitándose con sus hojas. Incluso pueden saborear la saliva de ciertas especies de insectos alimentándose de sus tejidos y tienen respuestas locales, sistémicas y específicas para muchas especies. Pueden comunicarse con otras plantas y otros reinos, lo que incluye a los insectos. Por ejemplo, algunas plantas dañadas pueden liberar componentes volátiles de sus hojas y atraer avispas para depreden a los herbívoros que dañan sus tejidos. Esas sensibilidades hacen que veamos a las plantas como agentes activos y creativos, no solo sintiendo sus mundos, sino creándolos y promoviendo relaciones ecológicas más ambiciosas.

A pesar de investigaciones tan interesantes, encuentro el concepto científico de “inteligencia vegetal” bastante problemático. Nuestros modelos neodarwinistas de inteligencia y comunicación humana y animal, tan deudores de formas de pensamiento funcionalistas, economicistas y hasta militaristas, resultan muy estériles como generadores de ideas sobre las técnicas y prácticas que llevan a comprender las diferentes formas de “sintiencia” de las plantas. Además, las convenciones del estilo científico y la práctica experimental, que tienden a describir las plantas como autómatas dirigidos por programas determinados genéticamente, no dejan mucho espacio para la comprensión en profundidad de los modos de existir de las plantas.

Más que buscar signos de vida inteligente en el universo, necesitamos un reconocimiento radical de las formas de sintiencia no humana que nos rodean y ayudan en la tierra. Prefiero el término “sintiencia vegetal” para activar nuevas formas de pensamiento sobre nuestras relaciones con las plantas, su percepción del mundo y cómo lo dotan de sentido. Este término es más abarcador y no queda restringido por nuestras presunciones sobre la inteligencia y sus indicadores asociados. Aquí resuenan las ideas del fenomenólogo francés Maurice Merleau-Ponty, que vio la capacidad de sentir como la promesa de la conciencia.

Esta manera de pensar nos permite apreciar la vida vegetal como algo más que una lucha por la supervivencia y la reproducción. Las plantas no son solo increíblemente sensibles al entorno. Sus formas de crecimiento y sus movimientos no están genéticamente determinados; son gestuales, exploratorios y expresivos, y contienen experimentos improvisados con la luz, la gravedad y la vibración. Son creativas e innovan continuamente con nuevas técnicas de síntesis química. No solo experimentan con el mundo, lo rehacen a través de intervenciones físicas y químicas tan complejas como sutiles. Tenemos que ser cuidadosos con los antropomorfismos que limitan nuestra capacidad de entender el modo en que las plantas viven. Dejemos de imponer nuestras concepciones erróneas. Podemos y debemos practicar sin reservas lo que un científico con el que hablé llamó “fitomorfismo”: deberíamos estar “vegetalizando” nuestros propios sentidos para empezar a apreciar los modos expresivos y curiosos de las vidas vegetales. Esto tiene aún más sentido cuando nos damos cuenta de que eran las plantas quienes nos lo enseñaron todo acerca del tacto, el olor, el color, la textura y la forma. Simplemente mira cómo nuestra estética y nuestras prácticas sensoriales están entrelazadas con la vida vegetal.

Últimamente me resisto a pensar que los grandes hallazgos de la botánica sean la última palabra de la vida vegetal. Para el entendimiento de las plantas, me intereso por el conocimiento indígena que se ha conservado donde vivo, en la región de Toronto y los Grandes Lagos. Los conceptos y cosmologías de los Anishinaabe, Haudenosaunee y Wendat siempre han reconocido la interdependencia íntima y los vínculos entre plantas y personas. Ellos tratan a las plantas como sus maestros y sus guías medicinales. La poderosa escritura de la artista y activista Anishinaabe Leanne Simpson sobre las enseñanzas de los arces inspiran nuevas formas de conocimiento que no son accesibles a la ciencia. La ecologista Anishinaabe Robin Wall Kimmerer, que combina la ciencia occidental y la indígena, tiene ideas muy fecundas sobre la interdependencia entre las plantas y las personas. Su libro Braiding Sweetgrass se ha convertido en un bestseller del New York Times.

Mi investigación sobre la plantropoescena me ha hecho centrarme en el apoyo a los indígenas, los guardianes del conocimiento y los líderes de las comunidades en Toronto que intentan restaurar sus tierras sagradas, que se sitúan dentro de los bordes de un parque de cuatrocientos acres que hay en la ciudad. Mis colaboradores del Círculo Administrativo de las Tierras Indígenas ofrecen regalos a sus plantas, piden permiso para cosechar y practican la jardinería como una forma sagrada de trabajo que se lleva a cabo mediante una ceremonia. Entienden bien cómo las plantas y los árboles de sus tierras sustentan su mundo. Los artistas indígenas, los trabajadores de la tierra, los activistas, escritores, científicos y diseñadores del mundo están poniendo en marcha todo tipo de plantropoescenas a través de sus obras y reclaman las tierras ancestrales en busca de un resurgimiento cultural activo. Y los protocolos indígenas de cuidado de la tierra con fuego son lo que puede salvarnos de los infiernos que están devastando Australia, California y Europa.

Volviendo a tu pregunta, esas son las personas que me ayudan a ver a quienes se han estancado en su obsesión por encontrar mecanismos moleculares y químicos de comunicación vegetal, y discutir sobre si es una forma de inteligencia o no. Quizás se están perdiendo el bosque al fijarse en el árbol, y se pierden igualmente las historias que necesitamos contar y oír. Lo que importa es lo que hacemos con el conocimiento de la sintiencia de las plantas, lo que ocurre una vez que superamos el hecho de que estamos rodeados por seres sintientes no humanos y empezamos a vivir como si las plantas fueran nuestros mentoras, concediéndoles el respeto que se merecen. Debemos fijarnos en qué cambia cuando descubrimos que nuestro futuro gira en torno a ese conocimiento de vivir al servicio de las plantas. ¿Cuándo nos vamos a dar cuenta de que en efecto tenemos que saber cómo oírlas? ¿Cómo serán nuestras relaciones con ellas cuando asumamos nuestra responsabilidad de hacer que florezcan? Tendríamos que asegurarnos de que tienen todas las tierras y polinizadores que necesiten, así como cualquier aliado: agua, sol, nutrientes, microbios, insectos y hongos. Todo esto implica bosques intactos, humedales prósperos, además de océanos y tierras rehabilitadas. En última instancia, solo cuidando de las plantas y sus seres cercanos cuidaremos unos de otros y de nuestro futuro colectivo.

Eran las plantas quienes nos lo enseñaron todo acerca del tacto, el olor, el color, la textura y la forma.

A.L.: Usted recomienda plantar en cualquier parte y que no nos preocupemos por las especies invasoras ya que son en cierto modo un producto de la colonización humana. ¿Es así?

N.M.: Hay que dejar de preocuparse, salir fuera y empezar a mirar las plantas con nuevos ojos. Yo aprendí mucho de mi mentora en Escocia, la científica goethiana Margaret Colquhoun. Echa un vistazo a su obra New Eyes for Plants. En la plantropoescena tendremos tiempo de aprender no solo los nombres latinos de las plantas, sino los nombres que los indígenas les daban. Si sabes escuchar, podrás aprender directamente de las plantas sus poderes medicinales y cómo desean llamarse. Los niños aprenderán un currículo nuevo basado en plantas: la economía doméstica será sustituida por la ecología doméstica y cada niño aprenderá a identificar plantas locales, tendrá su jardín, hará su compost y otros remedios hechos con plantas, preparará comida, hará detergentes con plantas, tejerá con fibras vegetales y conocerá la economía del intercambio para compartir semillas y conocimiento local. Las comunidades se unirán para crear jardines cooperativos, asegurando todo el acceso a la comida local, y se ayudará a la tierra para apoyar relaciones de parentesco que no sean exclusivamente humanas.

Esas tierras dejarían poco espacio para especies no nativas. En la plantropoescena, ninguna planta será vilipendiada como invasiva; lo que se reivindicarán son las prácticas que dan espacio a las plantas no nativas que echan raíces tan insistentemente. Las estrategias coloniales y capitalistas son las que desposeen sus tierras. Las especies no nativas florecen especialmente bien en los “escombros” del capitalismo, el colonialismo y el militarismo, y donde las personas han sido expulsadas de sus tierras. La tierra desnuda no ha de estar expuesta, así que las plantas pueden crecer ahí, a menos que alguien lo intente con un jardín de vida silvestre y cultive especies nativas. Las especies no nativas pueden conseguir un equilibrio con las nativas en tierras que son queridas y cuidadas. La restauración ecológica de la plantropoescena recuperará las tierras indígenas para que sean cuidadas como una responsabilidad sagrada. Para ellos, el trabajo de mantenimiento es una práctica de cuidado de la comunidad; tal y como nos ha enseñado Leanne Simpson, las enseñanzas intergeneracionales basadas en la tierra son lo que reavivará las comunidades indígenas, sus idiomas y sus leyes cuando se curen del trauma de la colonización.

A.L.: Schopenhauer escribió que el hombre que es cruel con los animales no puede ser una buena persona. Me atrevería a decir lo mismo de las plantas, aunque yo rara vez riego mis plantas. ¿Tiene alguna solución para un jardinero tan malo como yo?

N.M.: Si te sientes mal por esas plantas que se te queman al sol en la ventana, o que se ahogan por exceso de agua, o que se te secan porque no las regaste la última semana, tranquilo, tengo algo para ti. Prueba este Kriya para cultivar tu planta interior. Te ayudará a despertar tus tejidos como si fueran tejidos vegetales sensibles, sensatos y vitales, de manera que puedas extender tu imaginación para sentir el mundo. Es una pequeña meditación que han intentado personas de todo el mundo. Para algunos genera un sentido profundo de empatía hacia las plantas. Puedes hacer la meditación y preguntarte: ¿cómo me sentiría en una tierra contaminada? ¿cómo me sentiría si me secara en una maceta olvidada de algún apartamento? ¿Serías capaz de sentir las plantas pidiendo ayuda? Tenemos que agudizar los sentidos lo suficiente como para escuchar lo que están diciendo de manera muy sutil. Un ojo educado en los ritmos de las plantas notaría la caída de una hoja, o cómo esta se enrolla para proteger a un capullo de la luz solar. Los movimientos de las plantas pueden ser bastante expresivos.

Creo que es posible un gran cambio político con la simple tarea de transformar nuestra consideración hacia las plantas y construir relaciones con ellas. Las plantas ya están en el centro de nuestras economías. Imagina lo que podría ocurrir si rediseñáramos nuestros mundos a su servicio. Estoy cada vez más convencida de que esto requerirá un gran cambio político: ¡la revolución empezará en el jardín!

A.L.: La novela de Richard Powers El clamor de los bosques es un bello canto a la naturaleza, aunque se ha fabricado con la madera de los árboles.

N.M.: No es nada más que una ironía que publiquemos libros y nos limpiemos el culo con los viejos bosques. Hay una nueva ola de autores que piden imprimir sus libros con papel hecho de desechos agrícolas: la paja que queda de las cosechas de trigo y lino. Estoy trabajando en mi libro sobre la plantropoescena y también busco alternativas a la impresión con árboles.

El clamor de los bosques es una novela fascinante, llena de historias sobre personas que han sido seducidas o secuestradas por las plantas, pero es una historia localizada en el antropoceno, donde las personas-planta son destruidas por un mundo extractivista. Las historias de la plantropoescena que necesitamos leer están en manos de los ancianos indígenas y en las de los guardianes del conocimiento que crean redes de solidaridad con las plantas. También hay artistas que están sembrando alianzas con las plantas y los jardines, formando nuevos espacios de representación, estudio y viva comunitaria. Es hora de hacer arte para la plantropoescena y contar las historias que nos ayudarán a vivir mundos habitables.

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Andrés Lomeña Cantos (Málaga, 1982) es licenciado en Periodismo y en Teoría de la Literatura. Es también doctor en Sociología y forma parte de Common Action Forum. Ha publicado 'Empacho Intelectual' (2008), 'Alienación Animal' (2010), 'Crónicas del Ciberespacio' (2013), 'En los Confines de la Fantasía' (2015), 'Ficcionología' (2016), 'El Periodista de Partículas' (2017), 'Filosofía a Sorbos' (2020), 'Filosofía en rebanadas' (2022) y 'Podio' (2022).