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27/10/2013 09:59 CET | Actualizado 26/12/2013 11:12 CET

El 'affaire Leonarda', ¿un moderno 'affaire Dreyfus'?

El hecho de que esta expulsión haya generado tanto rechazo y muchos estudiantes hayan convocado huelgas en su apoyo me parece una señal positiva de que aún late cierto pulso democrático entre los jóvenes, pero la triste realidad es que expulsiones así se producen a diario.

El caso Leonarda está dando mucho que hablar en Francia y también en nuestro país, en el que la niña fue portada en El País del pasado 16 de octubre. La reciente comparecencia del presidente francés François Hollande no ha conseguido en absoluto cerrar el asunto como me imagino que era su intención, sino que al contrario deja adivinar que tendremos Leonarda para un rato, conviertiendo potencialmente a esta niña en una suerte de Alfred Dreyfus del siglo XXI.

Antes de abordar el caso Leonarda con más detalles me gustaría dar mi punto de vista sobre la inmigración de la que como inmigrante (en este momento en Francia) me siento autorizado a opinar. Creo haber expresado anteriormente en este blog que soy un tristemente raro defensor de la inmigración libre. Me resulta curioso que seamos muchos menos los defensores de la inmigración libre que los del libre comercio o los de la libertad internacional de movimientos de capital, y no tendría porque ser así.

Subyace en todo este asunto y en las políticas hoy tan en boga en Francia como en el resto de Europa una creciente xenofobia, y me atrevo a pronosticar que la oferta de Hollande a Leonarda de concluir, precisando bien que a ella sola, sus estudios en Francia si así lo desea se va a quedar ahí, sin hacerse extensiva al resto de su familia, por lo que se trata de una muestra de humanidad hipócrita, que los franceses a menudo describen gráficamente como un faux cul, es decir, los rellenos antaño utilizados por algunas mujeres para simular unas posaderas con más redondeces que de las que realmente estaban dotadas. Se le otorga cruelmente a Leonarda la supuesta libertad de elegir continuar su futuro en Francia, pero para que así sea debe renunciar a vivir con su familia.

Europa en general -y Francia en particular- vive bajo la creencia de que son demasiados los extranjeros, quienes tomados como chivos expiatorios están pagando los platos rotos de la crisis en sus pieles mientras que los banqueros (centrales o de los otros), ministros de finanzas, cancilleres, comisarios y demás están saliendo relativamente airosos, víctimas de un huevazo frustrado en el peor de los casos.

Me gustará abordar más a fondo esta cuestión en el futuro, pero volvamos a Leonarda y su familia. Si la expulsión de Leonarda Dibrani ha suscitado tanta emoción es porque la niña no solamente estaba escolarizada, sino que además la orden de expulsión le llegó en plena excursión escolar mientras se dirigía con sus compañeros a visitar una fábrica de Peugeot. Leonarda debió abandonar el autobús en un parking en el que fue posteriormente detenida por la policía para proceder a expulsarla junto al resto de su familia. Pese a que la detención se produjera fuera de la vista de sus compañeros de clase -como los policías han repetido en su defensa- la secuencia de los acontecimientos evoca el hediondo perfume de escenas de infame recuerdo no tan lejanas en el tiempo como la que muestra el final de la gran película Au revoir les enfants.

El hecho de que esta expulsión haya generado tanto rechazo y muchos estudiantes hayan convocado huelgas en su apoyo me parece una señal positiva de que aún late cierto pulso democrático entre los jóvenes, pero la triste realidad es que expulsiones como la de Leonarda se producen a diario y este caso particular no hubiera saltado a los medios si no lo hubiera filtrado el ala izquierda del PS o si la detención se hubiera hecho durante una comida familiar, por ejemplo.

Otro motivo por el que el asunto ha tomado tal dimensión es que Leonarda es de etnia gitana, y recientemente unas declaraciones del ministro del Interior, el catalán Manuel Valls, en relación a la falta de integración de los gitanos en Francia como causa para su expulsión a sus países de origen generó una polémica con la ministra de Vivienda que acusó a Valls de seguir las políticas de Sarkozy en este asunto (lo que es estrictamente cierto) y de jugar al mismo juego que el Frente Nacional. Se pidió entonces la mediación de Hollande, que cerró en falso en asunto pero después de la expulsión de Leonarda y de la indignación consiguiente a Hollande no le ha quedado otra que pronunciarse personalmente al respecto.

La opinión pública es mayoritariamente partidaria de las tesis de Valls incluso después de la expulsión de Leonarda, y aunque algunos han querido leer la declaración de Hollande como una cierta censura a Valls, la verdad es que Hollande ha recalcado la perfecta legalidad de la operación, en la que ha dicho que hubo sin embargo un error de juicio (en las formas, se sobreentiende, pero no en el fondo). De ahí que la posibilidad de volver a Francia no se contemple para la familia sino solamente para Leonarda.

Por su parte, Valls ha sido el único que parece contento con la decisión de Hollande, que ha calificado de generosa, adelanta que mantendrá la misma firmeza que en este caso mientras que a la izquierda de Hollande -incluso en el propio PS- no se entiende que se ofrezca un visado solamente a Leonarda, y la derecha denuncia airada una cacicada y una falta de rigor por la parte del Gobierno en la aplicación de las leyes de expulsión de ilegales. En resumen: parece que Valls sale por ahora fortalecido y Hollande, una vez más, debilitado y a la defensiva.

Leonarda es la cuarta de una familia de ocho hermanos, los dos hermanos mayores ya se independizaron y parece ser que María, su hermana mayor, ya no estaba escolarizada, pero sí los hermanos pequeños (parece que Leonarda se disponía a seguir en breve los pasos de su hermana). No tiene mucho sentido que Hollande diga que se va a respetar el derecho de Leonarda de seguir estudiando en Francia pero no así el de los hermanos pequeños. El padre de Leonarda no tiene ni oficio ni beneficio ni una situación legal, y además Leonarda y María presentaron una denuncia contra él por violencia doméstica. Irónicamente, puede que esta denuncia por parte de las jóvenes haya sido determinante para decidir la expulsión, aunque puede que ésta se hubiera producido de todos modos porque la familia llevaba casi cinco años en Francia, una vez cumplido este plazo la ley impide la expulsión y una circular de Valls meses atrás pedía celeridad en estos casos.

Finalmente la cuestión se resume en que la urgencia de expulsar a este individuo es tal que la escolarización de sus hijos pasa a un segundo plano. Desconozco si el padre de Leonarda es un malhechor, pero si realmente fuera el caso se podría justificar que la justicia le retirara la custodia de sus hijas. Parece que la doctrina que se desea aplicar es sin embargo la expulsión sin más miramientos de la familia entera pese a que la nacionalidad de los hijos ni siquiera está muy clara: según los padres los mayores nacieron en Italia y está claro que la más pequeña nació ya en Francia, y el padre alega ahora que mintió al decir que eran kosovares para agotar las posibilidades de lograr asilo, en un giro sórdido más de esta triste historia.

Sería deseable que esta injusticia generase un debate como el que se produjo con el caso Dreyfus, y que al final del mismo se cuestionen las actuales políticas de inmigración como entonces se acabó por cuestionar -en Francia- el antisemitismo creciente en Europa. Me temo que sin embargo se acabará cerrando el asunto con alguna disposición menor en favor de los inmigrantes en edad escolar (siendo optimistas, ya que una regresión de derechos es igualmente posible) pero sin atacar el fondo del asunto.

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