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02/09/2014 06:58 CEST | Actualizado 01/11/2014 10:12 CET

El consumo colaborativo y los mendrugos que nos gobiernan (1)

El consumo colaborativo se apoya no solo en internet, sino también en los grandes excesos de capital que existen en las sociedades avanzadas, como las segundas residencias que tienen bastantes personas. O los coches, que después de la vivienda, son el capital más importante del que disponemos los ciudadanos de a pie.

Acabo de tener la suerte de pasar dos semanas de vacaciones en Mallorca con la familia, como casi cada año. Sería mucho más exacto decir que nací con la suerte de tener una abuela con un piso en Mallorca, pero voy a intentar no alargarme con menudeces.

El taxista que me cogió al regresar al aeropuerto me comentó que, pese a que no paraba de recoger turistas en el que parece haber sido el mejor año que se recuerda en el aeropuerto de Son Sant Joan, la ocupación hotelera era inferior a la del año pasado. Para una mente que piense en términos cartesianos, resulta fácil comprender que si el flujo de turistas ha aumentado y la estancia media ha disminuido solo un poco, el stock de turistas ha aumentado también, como es lógico. Pero si hay más turistas y los hoteles están más vacíos, ¿adónde van los turistas?

Airbnb, una empresa creada por tres amigos a finales de 2008 en San Francisco tiene la clave de la respuesta. Los lectores menos avezados quizás no hayan oído hablar de Airbnb, que es en muchos aspectos la startup soñada, ya que después de su última ronda de financiación tiene una capitalización similar a la de los hoteles Hilton, todo ello sin poseer inmueble alguno y con un número de empleados infinitamente inferior (la oficina española de Airbnb cuenta actualmente con diez empleados).

El funcionamiento de Airbnb es, sin embargo, sencillo: si usted posee un inmueble que usa parcialmente, puede anunciar la disponibilidad en su web, los usuarios potenciales le contactarán y, una vez ustedes dos estén de acuerdo, el usuario paga la estancia por adelantado y sus datos personales y los del propietario se desbloquean para organizar mejor la entrega de las llaves. Airbnb se queda una comisión de entre el 13% y del 10%, que disminuye para las largas estancias.

El pago por adelantado permite al propietario vencer su principal reticencia, y el hecho de que la web fomente los comentarios de usuarios y propietarios permite incrementar la confianza. Airbnb es un ejemplo de libro de lo que se ha dado en llamar consumo colaborativo, o sharing economy en inglés. Marc Andreessen, el gran gurú del venture capitalism americano publicó recientemente un tuit en el que se sorprendía de la ausencia de interés del sector público por esta tendencia creciente:

No es completamente cierto: al parecer, en el Reino Unido el sector público ha ayudado a financiar MarketInvoice, una empresa que se dedica a vender las facturas sin vencer de pequeñas empresas con necesidades de financiación a inversores cansados de la baja rentabilidad que les ofrece el banco, por lo que MarketInvoice, que vende estas facturas típicamente a un 90% de su valor nominal, es algo así como una plataforma de confirming para todos los públicos.

El consumo colaborativo se apoya no solo en internet, sino también en los grandes excesos de capital que existen en las sociedades avanzadas, del que las segundas residencias (gran punto de apalancamiento de Airbnb) son el mejor ejemplo, pero no el único. Otro ejemplo de derroche de capital conocido por todos son los coches: después de la vivienda, el capital más importante del que disponemos los ciudadanos de a pie.

El coche medio pasa más del 90% de su tiempo aparcado. Pero incluso cuando circula, su ocupación media es de 1,2 personas. Es decir, circula con una ocupación media inferior al 30%, lo que es obviamente una aberración, no solamente económica, sino ecológica, además de una de las principales causas de congestión de nuestros centros urbanos. Una empresa francesa, BlaBlaCar, cuyo funcionamiento es muy similar al de Airbnb, permite pues a los conductores vender estas plazas desocupadas. Yo mismo la he utilizado a menudo en mis desplazamientos entre Tolulouse y Barcelona. BlaBlaCar acaba de cerrar una ronda de financiación millonaria, por lo que tiene un futuro por delante casi tan brillante como el de Airbnb.

Los beneficios económicos y medioambientales de compartir coche son tan evidentes que Roosevelt lo intentó impulsar durante la Segunda Guerra Mundial como un acto patriótico en un contexto de escasez de combustible:

Foto:

Archives.gov

BlaBlaCar transporta ya en Francia a más viajeros que el Eurostar, el tren de alta velocidad que circula bajo el canal de la Mancha, y ello con una inversión varios órdenes de magnitud inferior. Si los mendrugos que nos gobiernan tuvieran un poco de buen sentido, estarían invirtiendo en este tipo de plataformas en vez de hacerlo en nuevas líneas del AVE mientras desinvierten en sanidad y educación. Pero para que ello ocurriera deberían bajarse del coche oficial y saber qué es el consumo colaborativo, algo poco probable puesto que apenas han salido de España si no es de vacaciones.

Por cierto, El Huffington Post es en cierta medida un ejemplo de consumo colaborativo: con un puñado de periodistas y la colaboración de unos pocos cientos de blogueros como un servidor, consiguen producir contenidos tan interesantes como los de la mayor parte de redacciones tradicionales, apoyándose también en una comunidad de lectores y en las redes sociales.

Como he dicho antes, el consumo colaborativo se apalanca en los capitales sin utilizar, siendo las formas de capital más extendidas la vivienda y los coches. En el mundo de la empresa existen también, aunque en menor medida, capitales infrautilizados, pero dejemos eso para posteriores posts. Ahora bien, existe otra forma de capital que todos poseemos en mayor o menor medida: el capital humano. En España tenemos una tasa de paro del 24,5% según Eurostat, somos la vergüenza de Europa. Ello equivale a mucho capital humano desaprovechado.

Acabo de leer La gran transformación, el clásico libro de Karl Polanyi sobre los cambios económicos acaecidos durante la Revolución Industrial, y que indirectamente dieron lugar a la clase que Marx denominaba lumpenproletariado. La aparición del lumpen resultó desconcertante para muchos, de hecho había teorías tan peregrinas como las de la filósofa inglesa Harriet Martineau, quien sostuvo que el elevado consumo de té de las clases bajas probablemente les causaba secuelas fisiológicas que les incapacitaban para el trabajo, un análisis de la situación parecido al que hizo recientemente nuestra presidenta del Círculo de Empresarios.

En cuanto a las soluciones al problema, otros filósofos como Jeremy Bentham, que cojeaba de la pierna derecha, consideraban que el lumpen debía ser puesto a disposición de los capitalistas de forma perentoria, mientras que a su izquierda, Robert Owen (con quien Polanyi simpatizaba visiblemente) defendían superar el capitalismo e instaurar el cooperativismo. En algo coincidía todo el mundo pese a todo: lo mejor que se podía hacer con el lumpen era ponerlo a trabajar.

La semana que viene prometo dar continuidad a este post con algunas ideas en este sentido, que sin miedo a equivocarme, auguro que caerán en saco roto, y es que no se hizo la miel para la boca del asno.

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