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26/07/2014 10:14 CEST | Actualizado 24/09/2014 11:12 CEST

La crisis de julio y el asesinato de Jean Jaurès

Jaurès ha pasado a la historia como un mártir del pacifismo. Fue un intelectual muy destacado y comprometido, y de forma sistemática eligió el campo adecuado en los debates que se libraban entonces. Durante el caso Dreyfus combatió con firmeza el antisemitismo imperante.

Hace unos meses escribí un artículo sobre le Bibent, la brasserie de Toulouse en la que se urdió el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria que fue el desencadenante de la Primera Guerra Mundial hace ya cien años. Por una de esas casualidades que nos brinda a veces la historia, Jean Jaurès, uno de los hombres que luchó más denodadamente contra la Gran Guerra (hasta el punto de pagar con su vida su lucha), era un cliente fijo de la misma brasserie, desde la que al parecer era habitual verle escribiendo sus crónicas para La Dépêche du Midi, el principal diario de Toulouse.

Si bien parece claro que el atentado de Sarajevo provocó la guerra, y que si el arma de Gavrilo Princip se hubiera encasquillado la guerra no se hubiera declarado por lo menos entonces, cabe preguntarse si la crisis de julio que siguió al atentado debía desembocar necesariamente en un conflicto generalizado, lo que es absolutamente discutible. Como ya expliqué en mi anterior artículo, Serbia rechazó solo un punto del ultimátum austriaco (que contenía otros nueve) relativo a que oficiales austriacos dirigirían personalmente la investigación del magnicidio en Serbia si así lo creían oportuno.

El 28 de julio, justo después de recibir la respuesta de Serbia el káiser Guillermo II escribió lo siguiente:

Una solución brillante, ¡y en apenas 48 horas! Esto es más de lo que se podría haber esperado. Una gran victoria moral para Viena; pero con ella todos los pretextos para la guerra caen al suelo, y [al Embajador] Giesl más le valía haberse quedado tranquilamente en Belgrado. En este documento, nunca debería haber dado órdenes para la movilización.

Resulta asombroso pensarlo: el mismo día en el que Austria-Hungría le declararía la guerra a Serbia el muy belicista káiser alemán constataba con cierto fastidio que todos los pretextos para la guerra se habían esfumado y parecía entender que no habría guerra, o que por lo menos no habría guerra de manera inminente. Sin embargo, el miope canciller Bethmann Hollweg, que incluso entonces creía que la guerra sería un pequeño conflicto local en lugar de una guerra a gran escala, transmitió un mensaje de apoyo sin condiciones a Austria-Hungría si declaraba la guerra en lugar de la respuesta del káiser, mucho más matizada. Rusia iniciaría la movilización al día siguiente, en el que von Jagow, el ministro de Asuntos Exteriores alemán, sentenció que los diplomáticos deben dejar hablar a los cañones.

En el noveno capítulo de su libro de memorias El mundo de ayer, cuya lectura recomiendo encarecidamente, el austriaco Stefan Zweig explica perfectamente la incredulidad con la que la mayor parte de la población europea vivió el crescendo que acabaría conduciendo a la mayor guerra jamás vista hasta entonces. Tanto es así que en las semanas que siguieron al asesinato del archiduque (el 28 de junio), un acontecimiento que los austriacos vivieron con poca emoción, Zweig no consideró necesario anular su viaje de vacaciones a un balneario cerca de Ostende, en Bélgica, que sería invadida por Alemania el 3 de agosto, es decir, apenas 35 días después del atentado. A finales de julio Zweig tomó, sin saberlo, el último tren que uniría Ostende con Alemania en varios años, justo a tiempo para no encontrarse en territorio enemigo al inicio de la conflagración.

Jean Jaurès, el destacado líder socialista francés, tampoco vio venir la hecatombe. Confiaba en que su amigo René Viviani, el primer ministro de Francia por aquel entonces, lograría poner palos en la rueda de la infernal máquina bélica. Solamente a mediados de julio empezó a temerse lo peor, después de participar en un congreso extraordinario de la Segunda Internacional de la que era un destacado dirigente.

El 29 de julio, con el estado de guerra ya oficialmente declarado entre Austria-Hungría y Serbia, se reúne de urgencia en Bruselas con otros dirigentes de la Segunda Internacional como Rosa Luxemburgo o el alemán Hugo Haase, siendo aclamados tras proclamar unánimemente su posición contraria a la guerra. Una de las cosas que el Estado Mayor alemán más temía era la movilización de los socialdemócratas o una huelga general, pero de forma muy poco clarividente Jaurès recomendó posponer la jornada de manifestaciones del 2 de agosto al día 9, es decir, completamente ignorante al hecho de que el 3 de agosto Alemania iba a invadir Bélgica y a declararle la guerra a Francia.

No llegaría a ver ni lo uno ni lo otro: un ultraderechista le descerrajó un tiro en la cabeza el día 31 de julio, estando Jaurès recién llegado a París. Sin duda su asesino sobreestimó la importancia de Jaurès, que a esas alturas ya nada podía hacer para evitar la tragedia.

Jaurès ha pasado a la historia como un mártir del pacifismo, pero la verdad es que no era un pacifista absoluto: poco antes de la guerra publicó un ensayo titulado El nuevo ejército en el que abogaba por un servicio militar activo de 6 meses en lugar de los tres años en vigor al entrar Francia en la guerra. Fue un intelectual muy destacado y comprometido, y de forma sistemática eligió el campo adecuado en los debates que se libraban entonces. Durante el caso Dreyfus combatió con firmeza el antisemitismo imperante, cuando muchos en su partido consideraban que tomar la defensa de un oficial era estar a favor de la burguesía. Fue uno de los raros intelectuales de izquierda en defender la enseñanza de la lengua occitana en la escuela y llegó a presidir el Santo Estello, el congreso del Felibrige, pese a su antagonismo político con Frédéric Mistral. Más de dos mil calles en Francia llevan hoy su nombre.

Raoul Villain, su asesino, pasó 56 meses en detención preventiva, una situación completamente irregular ya que su juicio se postergó hasta el final de la guerra. Un jurado de doce miembros lo declaró inocente por once votos, una sentencia demencial basada en la creencia de que sin su concurso Francia quizás no hubiera ganado la guerra. Se dice, aunque no está demostrado, que la viuda de Jaurès tuvo que pagar las costas del juicio.

Villain pasó los últimos años de su vida exiliado en Ibiza, donde era conocido como el boig del port (el loco del puerto). Estando allí esta vez fue Villain quien fue sorprendido por el estallido de una guerra, y 22 años después de que asesinara a Jaurès una columna de milicianos -encarnación misma de su karma- acabaría por matarle acusándole de espionaje para los franquistas.