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03/02/2019 10:02 CET | Actualizado 03/02/2019 10:02 CET

Esto es lo que nadie cuenta sobre un adelgazamiento extremo

Photo Courtesy of Jamie Cattanach

En los probadores de una tienda de Miami, le dije a mi madre: "Me estás haciendo daño". Me estaba embutiendo dentro de la camiseta más grande que vendían con la bandera de Estados Unidos.

Me estaba intentando ayudar.

En tercero de primaria, analizaba el catálogo de la tienda durante horas y no solo deseando blusas bohemias estilo bandana, sino también tener un cuerpo que me permitiera llevarlas. La camiseta era para una actividad en el colegio, y el rojo, blanco y azul iba a sustituir temporalmente el color caqui de nuestros uniformes. Acabé llevando otra cosa.

Después de pasarme toda la infancia en un cuerpo obeso, finalmente perdí 36 kilos durante mis primeros años de veinteañera, creyendo que ya lo había probado todo. Eso mismo le había dicho a mi novio de entonces, que solía hacer comentarios sobre lo atractivas que eran las mujeres más delgadas que yo. Él me decía que solo era cuestión de termodinámica, que perdería peso "si de verdad quería". En una maniobra pasivo-agresiva para demostrar que se equivocaba, dejé de comer. ¿He mencionado ya lo sana que era esa relación?

A medida que iba perdiendo kilos, tuve que darle la razón, pero viendo el nuevo cuerpo que se me estaba quedando, yo ganaba igualmente. O, al menos, eso es lo que pensé por entonces.

En muchos sentidos, mi pérdida de peso me cambió la vida para bien. Mi hipertensión y mis pulsaciones en reposo se redujeron hasta un rango normal. Luego, desde el punto de vista atlético, descubrí mi pasión por el senderismo en terrenos escarpados y por las pesas.

En muchos sentidos, mi pérdida de peso me cambió la vida para bien. Mi hipertensión y mis pulsaciones en reposo se redujeron hasta un rango normal.

Me convertí en una ligona una vez perdido todo mi exceso de grasa corporal. Estaba intoxicada por una nueva ubicuidad de atención masculina que había ansiado durante tantísimo tiempo. Puse a prueba mi cuerpo con seis parejas sexuales en otros tantos meses, frente a las dos parejas sexuales que había tenido durante los cuatro años de después de perder la virginidad.

Ahora que llevo media década con este "nuevo" cuerpo, estoy más concienciada de las otras consecuencias menos intuitivas y menos agradables de haber perdido tanto peso.

Perder peso es una tarea complicada, pero la idea es simple: consume menos de lo que quemas. En el día a día, evidentemente, el esfuerzo requerido es monumental y puede tener consecuencias duraderas en la mente.

Photo Courtesy of Jamie Cattanach
Caminando por la playa de San Agustín (Florida) en 2008 o 2009, en uno de los días más felices de mi vida pese a que pesaba 100 kilos.

En la serie de Netflix Hasta los huesos, acusan a la paciente anoréxica Lily Collins de padecer "Asperger calórico". Aunque a mí nunca me confundirían con una anoréxica, me siento identificada. Ya no veo la comida como comida, sino como un montón de números: calorías, gramos de carbohidratos, minutos de cardio... Sigo llevando la cuenta de absolutamente todo lo que como, ya sea un chicle o un sorbo de agua con gas. Paso hasta dos horas casi todos los días en el gimnasio. Sigo unas normas estrictas y algo arbitrarias y me doy mis caprichos en mis atracones nocturnos. Aunque solo me doy atracones con alimentos que están en mi categoría de alimentos "sanos", puedo llegar a tomarme 2000 calorías de una sentada con más de 200 gramos de almendras o una caja entera de barritas de proteínas. A la mañana siguiente, me pongo a tope en la elíptica para volver a quemar esas calorías.

Si eso te parece un trastorno alimentario... puede que tengas razón. Aunque no me han hecho un diagnóstico oficial, suelo recurrir a una medio broma de que en una escala que va desde el uno hasta la bulimia de ejercicio, estoy en el tres. Y lo que es peor: parte del motivo por el que no me han diagnosticado es porque la sola idea de buscar tratamiento me da más miedo que seguir viviendo así. Me gusta mi trastorno alimentario. Me gusta el control que siento que me da, aunque obviamente es algo que escapa completamente a mi control.

En una cultura que te demuestra que solo vales lo que vale tu cuerpo cosificado, harás todo lo posible por preservar esa versión de tu cuerpo.

El problema es que lo percibo como poder. El hombre que se asoma por la ventanilla de su camión y dice: "Eres preciosa, por si nadie te lo ha dicho hoy"; el hombre que se arrodilla en el paso de cebra con las manos en alto, como si estuviera haciendo una plegaria; el hombre que se queda mirando mis piernas cruzadas en la cafetería y me pregunta si soy bailarina. Y las ventajas tangibles: el hombre que me sonríe tímidamente desde detrás del cristal del mostrador y me ofrece una entrada gratuita pese a que hay aforo completo; o las infracciones de tráfico que quedan resueltas con una simple advertencia.

He llegado hasta este punto después de haber recibido comentarios inequívocos de que era repulsiva. Soy la clase de chica que los chicos del instituto se retaban a besar porque les resultaba una idea desternillante. Y, cuando lo hacían, mi corazón se agitaba, hambriento como estaba de atención. Ver la vida desde el otro lado es desconcertante, impensable. El mundo se postra a los pies de las mujeres hermosas, escribí en mi diario, todavía sin estar convencida de si podía aplicarme ese adjetivo.

El problema es que no te das cuenta hasta que es muy tarde de por qué deseabas esa atención: la realidad cultural es que la valía de una mujer está profundamente vinculada a su aspecto. Y otro problema es que en una cultura que te demuestra que solo vales lo que vale tu cuerpo cosificado, harás todo lo posible por preservar esa versión de tu cuerpo.

Photo Courtesy of Jamie Cattanach
Otoño de 2018 en el Pico Wheeler (4011 m), el más alto del estado de Nuevo México.

El miedo a mi aspecto físico (más precisamente, el miedo a perder mi aspecto actual) me retiene dentro de una cárcel de conteo de calorías y de ejercicio físico que no se parece en nada a lo que imaginaba. Recuerdo cuando veía cómo las chicas más guapas y delgadas del instituto comían pizza y patatas fritas sin aparentes consecuencias. Sus vidas, según pensaba, debían de ser una fiesta inacabable: un flujo continuo de flirteos, consumaciones y, como guinda, caprichos culinarios exentos de culpabilidad.

Sin embargo, una vez que mi aspecto se fue aproximando al suyo, ser esclava de mi recién lograda y siempre precaria delgadez me mantuvo alejada de un estilo de vida despreocupado. El alcohol tiene demasiadas calorías. Mis sesiones matutinas en el gimnasio me dejaban demasiado agotada para salir por las noches y, además, soy una persona introvertida con una personalidad adictiva. Así pues, la mayor parte de las noches las paso en casa leyendo o haciendo crucigramas, sintiendo que mi belleza es un recurso finito, una lámpara cuya luz cada vez más tenue estoy desaprovechando.

Y quizás esto sea lo más sorprendente de un adelgazamiento extremo: he hecho todo el trabajo, he invertido todo mi esfuerzo y, aun así, pese a lo mucho que intento invertirlo, paso más tiempo odiando mi cuerpo que apreciándolo.

Me toco la cara y aprieto con los dedos delante del espejo para ver si mi belleza sigue intacta, si es que alguna vez la tuve. Me he pasado los últimos cinco años convencida y aterrorizada por la idea de que estoy al borde de recuperar todo el peso. Reviso mi galería de selfis ansiosos en el espejo y veo que no, que sigo teniendo más o menos la misma talla. Sigo pensando que todo el mundo piensa que estoy gorda cuando nos conocemos.

He hecho todo el trabajo, he invertido todo mi esfuerzo y, aun así, paso más tiempo odiando mi cuerpo que apreciándolo.

Perder 36 kilos implica que no todo está exactamente donde debería estar. Aunque quepo en la antes impensable talla 36, sigo sin parecerme a las modelos de Victoria's Secret, cuyas fotos utilizaba como inspiración para adelgazar. La grasa que tengo me cuelga en forma de exceso de piel. Mis muslos se siguen rozando independientemente de la cantidad de estocadas que haga y tengo la tripa fofa.

En cierto modo, se trata de un simple cambio de reglas con la partida ya empezada. Cuando adelgacé, esculpiendo una nueva versión de mí misma a partir de una talla mucho mayor, estas imperfecciones me parecían irrelevantes en comparación. Ahora me resultan devastadoras, insalvables, tanto que tal vez odie mi cuerpo más ahora que cuando era obesa. Estoy segura de que ahora me da más miedo quitarme la ropa. Al menos, cuando pesaba casi 100 kilos mis pretendientes sabían lo que se iban a encontrar.

También soy consciente de que estoy obsesionada, que esto es más un trastorno dismórfico que una deformidad. Lo que de verdad quiero es ver mi cuerpo como algo más que la externalización de mi triunfo o de mi fracaso.

Cuando iba a la universidad, me gustaba un chico que ni siquiera sabía mi nombre, pese a que coincidíamos en varias asignaturas. En cuanto adelgacé los primeros 18 kilos, de repente empezó a ir a por mí, y años después sigue enviándome regalos de Navidad y mensajes para ligar conmigo. Me impactó uno de los mensajes que me envió tras haber quedado con él y haber evitado sus intentos de avanzar en lo físico.

"Eres una mujer preciosa y brillante", me dijo, "y me considero afortunado por estar tan cerca de ti".

"Sí", quise responderle, "pero lo de 'brillante' te dio igual hasta que no tuve lo de 'hermosa".

Y eso es lo que nadie dice (aunque todos saben) sobre el adelgazamiento. Sí que importa. Importa muchísimo. Por eso luchaba mi madre en los probadores para intentar embutirme en una talla mucho más aceptable. Por eso los chicos que antes me ignoraban ahora me sonríen, me silban o me dicen sus nombres.

Ese aspecto sí que importa. Convencernos de lo contrario es una farsa. Lo mejor que podemos hacer es intentar cambiar eso, optar por la positividad corporal, mirarnos en el espejo e intentar querernos activamente a nosotros mismos y a los demás tal y como somos.

Este post fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.