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18/06/2018 07:33 CEST | Actualizado 18/06/2018 07:33 CEST

Estoy harta de odiar mi cuerpo

Instagram/realgirlproject

Estoy sentada en mi escritorio comiéndome un helado que tuve la suerte de conseguir el día que celebramos el Orgullo en el trabajo. Es un sándwich de helado con galleta y, dejando de lado el impacto que puede causar en mi cuerpo debido a mi intolerancia a la lactosa, está para chuparse los dedos.

Sé que pasaré el resto del día tratando de justificar la decisión de zamparme este estúpido helado. "¡Ya has ido al gimnasio!", "¡Era gratis!". O mi favorito: "¡Venga ya, solo es un heladito!".

La verdad es que esta es una conversación que, al igual que muchas mujeres a las que conozco, mantengo conmigo misma todos los días. Contar las calorías que he consumido como una científica loca, pensar si me he portado "bien" o "mal", sentir la necesidad de justificar que he alimentado mi cuerpo con la comida necesaria para sobrevivir y tratar de liberarme de mi obsesión con la comida, mi cuerpo y la interacción entre ambos.

A pesar de mis sesiones de terapia y las caras clases de fitness, a lo largo de los dos últimos años he crecido mentalmente y adelgazado físicamente. Por primera vez en mi vida, mis brazos están tonificados, la ropa me sienta bien y me siento más saludable que nunca. He corrido dos medias maratones y me he apuntado a la Maratón de Nueva York de noviembre.

Y cada día (no durante todo el día, pero sí todos los días), me siento incómoda con mi cuerpo de una u otra forma.

Empecé a escribir mi blog The Real Girl Project (Proyecto de chica real) en 2012 porque me sentía frustrada con la forma en la que excluía la industria de la moda cuerpos como el mío. En ese momento mandé un correo electrónico a Leandra Medine, fundadora de la página web Man Repeller, para manifestar esas frustraciones: fue una especie de catarsis sin más objetivo que desahogarme. Y estaré eternamente agradecida a que me respondiera animándome a empezar un blog, porque estaba muy poco satisfecha con los que ya existían.

Todas las mujeres, independientemente de la forma y la talla de su cuerpo, deberían sentirse empoderadas y seguras en su propia piel.

Como reportera del HuffPost, también he escrito mucho sobre el movimiento body positive, una corriente que ha crecido de forma considerable en los últimos seis años. Me alegré mucho al ver que Ashley Graham aparecía en la portada de Sports Illustrated en bikini en 2016. Alabé a los diseñadores por hacer desfilar distintos tipos de cuerpo en las pasarelas y llamé la atención a las marcas por no unirse al movimiento. Cuando Urban Outfitters empleó a una modelo curvy para vender una talla que no era la suya, no tardé en exponer su hipocresía.

Aun así, era trascendental que las marcas estuvieran expandiendo una visión del movimiento body positive de forma pública para poder analizarlo. En esa época tenía esperanza de que hubiera un cambio real, pensaba que la moda estaba cambiando, así como mi relación con ella.

Sin embargo, seis años después, con la excepción de marcas y diseñadores (como Premme, Eloquii y Christian Siriano), a veces pienso que todo es una mentira. La corriente body positive hace alarde de ayudar a que las mujeres se sientan más a gusto en su propia piel, pero a mí solo me ha servido para pensar que, si tengo curvas, deben tener la proporción perfecta que veo tan a menudo en las redes sociales.

Peor todavía, me hace sentirme mal por sentirme mal por el hecho de que, evidentemente, mis curvas no se correspondan con las de los modelos. Ashley Graham es una mujer de talla grande. Pero también es una mujer guapa con características y proporciones perfectas.

Todas las mujeres, independientemente de la forma y la talla de su cuerpo, deberían sentirse empoderadas y seguras en su propia piel. Y debo decir que todos los días en mi Instagram aparece una gran cantidad de cuerpos que, sin duda, se han visto reforzados por la noción de aceptación del cuerpo y el amor a uno mismo.

Pero ese no es el mensaje de la ya tan comercializada corriente body positive. El mensaje es que si ahora no estás "delgada", debes tener las "curvas perfectas". En muchos lugares, el movimiento se ha convertido en otro producto que las marcas intentan vender a los clientes. No obstante, esta idea, al menos en mi caso, hace que las mujeres sigan sintiéndose mal con su propio cuerpo. Sinceramente, me pone enferma cuando escucho cómo se habla de las Kardashian, sus piruletas que reducen el apetito, los programas de televisión en los que hablan de conseguir un cuerpo para darle celos a tu ex y que se les alaba por lograr que la sociedad acepte cuerpos con más curvas.

Mis mejores amigos se casaron hace unas semanas. Estaba rodeada de seres queridos, me había matado en el gimnasio la semana anterior y me había echado bronceado en spray. Estaba en un momento emocional bueno. De modo que cuando entré en la suite de mis amigos la mañana de la boda y vi una preciosa bañera en medio de la habitación, no me lo pensé dos veces y me zambullí.

Yo, una mujer que, durante muchos años, no me sentía cómoda mirando mi propio cuerpo desnudo en el espejo, me desnudé completamente en una habitación llena de amigos, maquilladores y peluqueros y me metí en la bañera. Por supuesto, había cámaras. Incluso publiqué una foto (posando de forma estratégica) en las redes sociales. Alguien comentó que tenía los brazos de "Michelle Obama". Querido lector, pocos cumplidos me han gustado tanto como ese.

Todo el trabajo que había hecho para ser una persona mental y físicamente saludable pareció caer en saco roto.

Dos días después traté de recuperarme de una resaca literal y emocional de la única forma que sé: ingiriendo una cantidad de comida china que podía alimentar a cuatro personas. Me sentí como una persona completamente distinta a la mujer de la bañera. Todo el trabajo que había hecho para ser una persona mental y físicamente saludable pareció caer en saco roto.

Estoy harta de odiar mi cuerpo.

Y ese sentimiento cobra mucha más fuerza cuando pienso en mi abuela. Es mi musa, mi icono de moda y también mi persona favorita y mi archienemiga. Con 86 años, lleva mucho más tiempo que yo odiando su cuerpo. Tiene anorexia grave, se fuma cigarros interminables en lugar de comer y presta mucha atención a todas mis decisiones sobre mi apariencia, como si me he hecho la manicura en un día concreto, y, sobre todo, a mi peso.

Ojalá no me alegrara cuando me dice que estoy delgada, y ojalá no me decepcionara cuando no dice nada. Además, es imposible no sospechar que, para ella, mi apariencia y el hecho de que esté soltera (algo que saca a colación muy a menudo) van de la mano.

Dejando de lado las dinámicas de la familia, simplemente estoy harta de ser cruel conmigo misma. Cuando me miro en el espejo durante la clase de gimnasia, parezco (y lo que es más importante, me siento) feliz, saludable y segura. Pero no puedo pasar todo el día en el gimnasio porque (a) suena horrible y (b) tengo trabajo. Y, a estas alturas de mi "viaje hacia el amor propio", sigo siendo incapaz de impedir que esos pensamientos negativos se inmiscuyan cada vez que estoy comiendo algo con grasa o me ofrecen un helado gratis.

Mi única esperanza es que, al hablar de esto (y ojalá que otras personas también lo hagan), me pueda sentir un poco menos sola en toda esta situación.

Este artículo fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por María Ginés Grao.

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