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18/02/2013 08:33 CET | Actualizado 19/04/2013 11:12 CEST

Mujeres y hombres se acercan en la crisis

En estos primeros días de febrero, se ha vuelto a batir el récord en número de desempleados. También de tasa de paro, que, aun cuando son conceptos semejantes, no son exactamente iguales. En esto, la crisis actual se muestra más profunda que las anteriores.

En estos primeros días de febrero, se ha vuelto a batir el récord en número de desempleados. También de tasa de paro, que, aun cuando son conceptos semejantes, en cuanto a lo que indican de una gris realidad del mercado de trabajo, no son exactamente iguales. En esto, la crisis actual se muestra más profunda que las anteriores.

Hay algunas coincidencias con crisis anteriores, como el mayor peso de desempleo soportado por los jóvenes, lo que, en su día, se atribuyó a la rigidez del mercado laboral español y las importantes trabas que había para entrar en el mismo. Por ello, se impulsaron normas específicas para esta categoría de la población, teóricamente denominadas más flexibles y que, en lo concreto, conllevaban rebajas en las condiciones laborales. Poco a poco se fueron extendiendo a todas las categorías de edad. Pues bien, cuando buena parte de los trabajadores tienen las condiciones laborales que antes estaban reservadas sólo para los menores de 25 o 30 años, siguen siendo los jóvenes los que tienen mayores dificultades para encontrar un empleo.

La actual crisis tiene, también, rasgos diferentes. Por ejemplo, la pobreza y el desempleo afectan de una manera notable a quienes tienen estudios superiores. De hecho, asciende al 10% el porcentaje de titulados universitarios que se encuentra en riesgo de pobreza y el desempleo entre éstos llega al 12,8%. Si bien es cierto que, aún así, los universitarios tienen mayores posibilidades de encontrar un empleo que quienes carecen de título y sus tasas de paro son menores que quienes disponen de menor nivel formativo, hay que subrayar que la tasa de paro de quienes tienen entre 20 y 24 años con un título universitario asciende al 34,9%, manteniéndose en un 11,9% entre quienes tienen entre 30 y 44 años. Cifras mucho mayores que los arrojados por anteriores períodos de vacas flacas.

Datos que, además, deben leerse en un contexto, y es que la cuarta parte de la población española que tiene más de 25 años tiene un título universitario, siendo una de las proporciones más altas del mundo. Un dato feliz, desde muchos puntos de vista, pero que puede conducir a situaciones infelices para proporciones importantes de sus protagonistas, como el subempleo, el tener que marcharse del país a buscar oportunidades y reconocimiento, o el propio desempleo, pues pocos sistemas productivos podrían absorber tal porcentaje de titulados en plenas condiciones. Menos aún el nuestro, que no se caracteriza por la intensidad de su capital y el uso de recursos humanos de alta cualificación.

Otra de las novedades de esta crisis está en la convergencia de las tasas de paro de hombres y mujeres. En los momentos críticos anteriores, las diferencias entre los dos géneros fueron importantes. Según los datos históricos de la Encuesta de Población Activa, en el año 1985 la diferencia entre las tasas de paro de ambos sexos era de casi seis puntos, mientras que en el año 1994 la diferencia se encontraba alrededor de los once puntos. Sin embargo, desde el segundo trimestre de 2009, la diferencia entre las tasas de paro de hombres y mujeres no llega a un punto. De hecho, en el segundo trimestre de 2012, los hombres presentaban una tasa de paro del 24,57, mientras que entre las mujeres era del 24,71. Una convergencia de cifras que se debe más al aumento de la tasa masculina -se alcanza un registro récord, que, a la vez, lleva a la tasa general de desempleo más alta de nuestra historia- que al de la tasa femenina, que vivió peores momentos.

Cabría pensar que tal convergencia se debe a que las mujeres se retiran en mayor medida del mercado laboral, dejan de ser activas y, por lo tanto, deja de contabilizarse las que carecen de empleo como desempleadas. Es decir, desanimadas por la falta de respuesta del mercado laboral, abandonan la búsqueda de empleo y se centran en el cuidado de la familia, ya sea de pareja, descendientes o, más en los últimos años, ascendientes. Pues no. Todo lo contrario, la tasa de actividad femenina no ha dejado de crecer. Es cierto que ha ralentizado su progresión desde mediados de 2011, pero no ha dejado de aumentar. Es más, puede decirse que su aumento ha sido continuo desde el año 1976. Visto desde la perspectiva histórica que dan treinta y seis años de registro de la evolución del empleo femenino, los resultados son contundentes, pues si hasta bien entrados los años ochenta la tasa de actividad femenina no consiguió ponerse por encima del 30, siendo bastante plana su evolución entre mediados de los años setenta y mediados de los años ochenta, nos encontramos en la actualidad con la cifra récord de 53,42 con que se cerraba el año 2012.

Las mujeres no renuncian a incorporarse al mercado laboral, aunque el momento sea poco propicio. Son conscientes de que, por muchas cosas que hayan conquistado en el ámbito doméstico, todavía son muchas las que les queda por conquistar, y que, en buena parte, ello depende de disponer de rentas propias, de la capacidad de acción -y protesta- que da el tener una ocupación remunerada. También son conscientes de que la mayor parte de los empleos -hoy en mayor medida que ayer- se parecen poco a situaciones paradisíacas y que proyectar en ellos conceptos como realización, independencia o semejantes es un idealismo fuera de lugar. Fantasías, que es de lo que está hecha la realidad. Aunque esa fantasía se llame realismo.

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