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19/08/2013 07:27 CEST | Actualizado 18/10/2013 11:12 CEST

Santa María de Rioseco: el resurgir de la comunidad en un pueblo fantasma

Desde hace tres años y durante una semana del mes de agosto, un número creciente de voluntarios llegan de los alrededores a poner sus manos al servicio de la recuperación del lugar, a arrancar los escombros y seguir descubriendo lo que aún es y, sobre todo, lo que un día fue Santa María.

Santa María de Rioseco es un Monasterio abandonado desde la desamortización de Mendizábal. A pesar de siglo y medio de expolio, que llega hasta el decenio pasado, se erige monumental a orillas del recorrido del río Ebro por el norte de la provincia de Burgos, en un lecho todavía angosto, bajo la sombra de desfiladeros que acercan estas aguas que dan nombre a toda la península a Villarcayo. Ruinas románticas de origen cisterciense, cuando unos benedictinos maravillados por el paisaje fijaron en el siglo XIII su lugar en el que trabajar, orar y morir.

La depredación privada se ha ido llevando casi todas sus joyas y muchas de sus piedras, incluso de la parte que todavía quedaba asignada a la comunidad, como la iglesia. Sin respeto por figuras, capiteles o losas mortuorias. Del pueblo, Rioseco, no queda nada. También es propiedad privada de un ganadero, que lo ha cerrado a los humanos, para esparcimiento de sus vacas, por lo que los habitantes -o sus descendientes- que emigraron de allí hace medio siglo no pueden recuperar ese trozo de la memoria que, con los años, parece volver con más fuerza como es la adolescencia y la juventud. Las buenas lenguas de los alrededores dicen que se trata de un experimento orwelliano por parte de este único propietario, que espera una civilización vacuna a partir de la dotación de tal infraestructura de viviendas, calles y fuentes. Claro está, como todo experimento, ha de estar absolutamente aislado, ha de realizarse en el vacío, como todo experimento, como toda la modernidad que, precisamente por tal creación de experimentos en el vacío, no nos ha dejado ser modernos, como dice el estudioso de la ciencia Bruno Latour.

Monasterio de Santa María de Rioseco. Foto: Ramón/Flickr.

Desde hace tres años y durante una semana del mes de agosto, un número creciente de voluntarios llegan de los alrededores a poner sus manos al servicio de la recuperación del lugar, a arrancar los escombros y seguir descubriendo lo que aún es y, sobre todo, lo que un día fue Santa María. Se trata de voluntarios venidos en su mayoría de las localidades cercanas; pero también los hay de Burgos. En su mayor parte jóvenes llenos de ganas y fuerzas. Tal vez de agradecimiento por un lugar que dice que les necesita; mientras que se les echa a la emigración en el resto. Con sus manos, pues son pocas las máquinas y herramientas disponibles, arañan una comunidad en la que se sienten reconocidos, especialmente impulsados por la pasión de Luismi, el párroco de la zona.

Así, unos con otros, han posibilitado un increíble alimento para la imaginación del visitante: un claustro hermoso o la vida de los monjes, desde el horno de pan y la traída de aguas, hasta el coro. El domingo día once de agosto, se celebra una fiesta allí mismo. También con la aportación voluntaria de todos, donde los mayores de las proximidades muestran su agradecimiento a los jóvenes que estuvieron trabajando. Celebración que sustancia la función sociológica básica de la religión: el unir a la comunidad, el estrechar lazos entre sus componentes estableciendo representaciones e identidades comunes.

Subrayaba hace unos años el sociólogo, también francés, Pierre Bourdieu el sentido populista -y demagógico, en cuanto falto de realidad social sustancial- de quienes utilizan el término pueblo. Una apelación que se invoca para buscar seguidores. Un fantasma. Tal vez todo pueblo es un fantasma, un pueblo fantasma, como el de Rioseco; pero con una comunidad dispuesta a darle vida. Aun cuando sea en el imaginario de una semana de verano alrededor de un monasterio construido al paso de la Reconquista. ¿Metáfora de la sociedad española, dispuesta a superar el expolio sufrido durante estos últimos años, ahora financiero en lugar de monumental? ¿Una sociedad que quiere recuperar su historia, y no la que le cuentan sobre una transición democrática pactada por las élites y de la que vienen estos lodos? Ya lo dijo Shakespeare, las noches del verano son buenas para soñar. Aunque sea para convertirnos en asnos. Pero esos voluntarios al lado del lecho rápido del Ebro no solo sueñan. Hacen.

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