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16/08/2013 07:29 CEST | Actualizado 15/10/2013 11:12 CEST

Sociedad paciente, sociedad pasiva

Hay una fuerte creencia en la democracia en sí. Como valor en sí mismo, estableciéndose un débil vínculo entre sus instituciones, con sus reglas y funcionamiento, y la propia democracia. Una adhesión a la democracia que arrastra una falta de cultura democrática, en la que la paciencia se hace sinónimo de pasividad. Una sociedad paciente, en cuanto sociedad pasiva, con sus pros y sus contras.

El maestro Toharia ha dicho en estos días de verano -en las páginas de El País- que la española es una sociedad paciente. Para ello, ha analizado los resultados de encuestas demoscópicas dirigidas por él mismo, comparándolos con los resultados de otras encuestas de los países económicamente más desarrollados. En medio de una desconfianza generalizada en las instituciones políticas, con una muy deteriorada concepción de la denominada clase política y, sobre todo, la extensión de la vulnerabilidad y la incertidumbre por todos sus rincones, es una sociedad paciente. ¿Qué significa que es una sociedad paciente? ¿Por qué?

El diagnóstico del estado de la sociedad me parece certero. Tomando paciente como descripción de una sociedad que espera, que demanda soluciones. Espera algo de cargos, de líderes, de expertos, de actores a los que atribuye la responsabilidad de hacer. Lejos de asimilarlo a enfermedad, pues más bien habría que calificarlo de virtud en tiempos en que la estabilidad parece una exigencia para encarar el futuro, nos sorprende tal dosis de paciencia, aun cuando se haya dado algún brote aislado de agotamiento de tal paciencia. Así, nos encontramos con la paradoja de que tanto la paciencia como los brotes de impaciencia pueden considerarse como síntomas de salud.

¿Dónde están las bases sociales o históricas de tal paciencia? Hasta hace bien poco se nos describía como tribu violenta, dispuesta a dirimir sus diferencias a insultos y golpes al menor chispazo. Sin embargo, hasta los debates parlamentarios -en cuanto representación simbólica de los grandes conflictos sociales- parecen remansados. Más como un desfogue, que con la intensidad de un profundo enfrentamiento. Tal vez porque la mayoría absoluta del Partido Popular dibuja previamente el resultado de los mismos, con independencia del esfuerzo que se haga en la retórica frente al atril. La oposición, ante tal mayoría, parece que actúa dentro de un guión, porque hay que hacerlo. Y ello cuando vuelven a latir con fuerza en diversos mentideros, pero también en crecientes sectores de la sociedad, los dos grandes temas que han atravesado -a veces, mortalmente- el constitucionalismo español a lo largo de toda su historia, como es la forma de Estado -monarquía o república- y la relación entre sus diversos territorios y el Estado.

A diferencia de otras sociedades, con mayor tradición democrática y que han digerido sus conflictos a través de procesos asimismo democráticos, la española todavía está bajo la sombra histórica de la ausencia de democrática. A pesar de que ya más de la mitad de su población no ha vivido la dictadura fascista, sigue teniendo un peso muy denso en la memoria colectiva. Se sigue creyendo en la democracia. Se espera la solución desde la democracia. La solución de la democracia. Con la democracia, en este sentido, se sigue siendo paciente, pues se teme que la impaciencia lleve a otras aventuras. Hay que resaltar cómo en otros países, la impaciencia de parte de su sociedad se ha convertido en la semilla de movimientos de perfil totalitario. No hay que irse lejos. Se observan, tanto en la Europa Occidental, como en la regresión totalitaria que se vislumbra en algunos países que vivieron al otro lado del muro de Berlín.

Aquí, la impaciencia con la situación se ha traducido en una sintomática demanda de más democracia, de "democracia real", como se mantuvo en el 15M. Los movimientos protagonizados por jóvenes exigen más democracia, en lugar de menos democracia, como la que podrían significar movimientos totalitarios. Los más mayores, que aguantaron hasta los cambalaches de la transición y sus desencantos, son capaces ahora de aguantar todo con tal de que la democracia sea la principal superviviente porque saben que, con ella, sobrevivimos todos.

Creo que sólo así puede entenderse la actual convivencia entre la falta de confianza en las instituciones, lo que incluye las propias instituciones democráticas. Hay una fuerte creencia en la democracia en sí. Como valor en sí mismo, estableciéndose un débil vínculo entre sus instituciones, con sus reglas y funcionamiento, y la propia democracia. Como si ésta se condensase en sus grandes valores y principios, como la libertad y la igualdad, y sus mecanismos y dispositivos -como las instituciones- tuviesen una lógica autónoma y no fuesen las que, en definitiva, concretan la democracia. Una concepción que conlleva asimismo un débil vínculo entre la democracia y la responsabilidad de los ciudadanos, los deberes de éstos, considerándose primordialmente receptores de derechos. En ambos casos, una adhesión a la democracia que arrastra una falta de cultura democrática, en la que la paciencia se hace sinónimo de pasividad. Una sociedad paciente, en cuanto sociedad pasiva, con sus pros y sus contras.

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