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22/08/2018 07:06 CEST | Actualizado 22/08/2018 07:06 CEST

Héroes y tumbas

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Juste au bord de la mer a deux pas des flots bleus,

Creusez si c´est possible un petit trou moelleux,

Une bonne petite niche.

Auprès de mes amis d´enfance, les dauphins,

Le long de cette grève oú le sable est si fin,

Sur la plage de la Corniche.

Supplique pour être enterré à la plage de Séte, Georges Brassens

Así transcurre el codicilo, el añadido a su canción-testamento, que Georges Brassens nos legó cuando intuyó que la muerte le cercaba, incapaz de perdonarle su irreverencia y atrevido descaro. Su súplica para ser enterrado en la playa de Séte.

Mi amigo Manuel me había mandado a mediados de junio las fotos de las dos blancas y sencillas tumbas de Jean y Juan, Genet y Goytisolo, con vistas al mar, en el cementerio de Larache. Dos semanas después moría mi madre y un mes más tarde emprendíamos un largo viaje, con breve escala en Montpellier.

No era la primera vez que nos deteníamos allí. Me parece una ciudad siempre joven, no tiene que ver con su edad longeva, sino porque parece liberada del tiempo, en construcción constante. Son muchos, además, los lugares cercanos donde recrearse en la costa y en el interior, como Nimes o Arlés. Siempre nos gusta detenernos en Séte.

Al final, hubo hueco para su féretro en la sepultura familiar y flores, cartas, recuerdos, se acumulan en tan pequeño espacio, para impedir el olvido

Nunca, hasta ahora, había sentido la necesidad de internarme en un cementerio para buscar un nicho. Nunca me adentré, por ejemplo, en los privilegiados cementerios parisinos en busca de las tumbas de Sartre y Beauvoir, Piaf , Chopin, o Wilde. Por primera vez sentí que tenía que visitar una tumba, la de Georges Brassens. No se encuentra en el Cementerio Marino de Séte, sino en el más modesto y popular cementerio de Le Py.

Una modesta tumba familiar que, como bien nos recuerda él mismo, no está nueva y, vulgarmente hablando, está tan llena como un huevo. Ese era el motivo de que suplicara ser enterrado en un pequeño y mullido nicho, en la playa de La Corniche, donde la arena es tan fina, cerca de sus amigos de la infancia, los delfines. Al final, hubo hueco para su féretro en la sepultura familiar y flores, cartas, recuerdos, se acumulan en tan pequeño espacio, para impedir el olvido.

Todo se empeña en recordarnos que la muerte nos asedia. Pocos días después de nuestra vuelta, el puente Morandi, en Génova, se derrumba, llevándose consigo casi medio centenar de vidas. El mismo día en el que un terrorista embiste a los transeúntes que pasean, en Londres, por las inmediaciones del Parlamento. En la misma semana, se conmemora un año de los atentados de Barcelona y Cambrils que produjeron casi dos decenas de muertos y más de un centenar de personas heridas.

La muerte es siempre incomprensible, rara, complicada de asumir, inaceptable

De poco vale, a la luz de las declaraciones de los políticos en los medios de comunicación, implorar que, en momentos así, la compasión, la solidaridad, los sentimientos, se impongan sobre las tensiones, los cruces de acusaciones, la mediocridad de los intereses de corto alcance, el arrimar el ascua a su sardina y el sectarismo que busca mezquinas diferencias entre los seres humanos.

La muerte es siempre incomprensible, rara, complicada de asumir, inaceptable. La que proviene de causas naturales, tanto como la que es obra de la ineptitud, o la maldad que nos habita. Oportunas las palabras con las que Georges Brassens termina su hermosa súplica:

Pobres reyes Faraones, pobre Napoleón,

Pobres grandes desaparecidos yacientes en el Panteón

Pobres cenizas de prestigio,

Envidiaréis un poco al eterno veraneante

Que se pasea en barca de pedales, soñando sobre la ola,

Que pasa su muerte de vacaciones.

No sé, creo que no conviene olvidar, ni perder, el fugaz y viajero sentido de la vida. En otra ocasión, si viene al caso y volvemos a pasar por Montpellier, tal vez terminemos acercándonos al cementerio de Lourmarin, para presentar nuestros respetos a Albert Camus, antes de que algún presidente francés, ansioso de incrementar su fama y notoriedad (ya lo intentaron antes Chirac y Sarkozy), decida hacer realidad la intención de trasladarle al Panteón.

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