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14/09/2018 07:10 CEST | Actualizado 14/09/2018 07:33 CEST

La poesía de la ciudad

Pixabay

Me envía Eduardo Mangada la foto de un grafiti en el que alguien ha escrito, Sin poesía no hay ciudad. Viene acompañada de una reflexión que atribuye a José Ángel Valente: Una mano anónima se apodera de la poesía y la imprime sobre una pared de cualquier calle.

A continuación me traslada la reflexión que, a modo de respuesta, le envía otro arquitecto, el catalán Oriol Bohigas, tremendamente crítica con la forma de entender y construir ciudad que se ha ido abriendo camino en nuestros días: "¡Tan cierto como la propia ciudad! El problema es que los nuevos crecimientos de muchas ciudades contemporáneas están faltos de poesía, de orden, de calidad urbana. En fin, ¡de todo!".

Es buen conversador mi amigo Eduardo. Ante la queja provocadora de Bohigas, se lanza a la propuesta modesta, sencilla, pero contundente, para cambiar esta turbia realidad: "Si los miramos, los oímos, los dibujamos con precisión, si llegamos a entenderlos, quizás encontremos poesía en algún rincón, que nos ayudará a rescatarlos de la fealdad. Esto es urbanismo. El Plan es la versión burocrática, poco o nada poética".

El problema es que los nuevos crecimientos de muchas ciudades contemporáneas están faltos de poesía, de orden, de calidad urbana. En fin, ¡de todo!

Le pido autorización para publicar estas reflexiones, porque al instante me han hecho volver a un tiempo pasado, en el que las personas y las organizaciones a las que se asociaban, vecinales, sindicales, ecologistas, querían decidir sobre la ciudad en la que querían vivir. Eran tiempos de retorno de la democracia y los debates sobre urbanismo eran frecuentes, encabezados por personajes como Oriol Bohigas en Barcelona, Eduardo Mangada en Madrid, o Jesús Gago, al sur de la capital. Lo mismo ocurría en cada rincón de España.

Las asociaciones vecinales participaban en la utilización dotacional del suelo, o en los nuevos desarrollos urbanos. Los sindicatos intervenían en la redefinición de zonas industriales, espacios productivos, comerciales, de oficinas y en las propias necesidades de hospitales, vivienda social, o con algún tipo de protección, centros educativos, sociales, culturales. Las organizaciones ecologistas intervenían en el establecimiento de criterios y límites para el crecimiento urbanístico y la preservación de espacios naturales.

Hasta Alberto Ruiz-Gallardón se sintió en la obligación de propiciar un debate sobre un Plan Regional de Estrategia Territorial que nunca llegó a buen puerto, tal vez porque coincidió con la aprobación de la Ley del Suelo del pujante aznarismo rampante, que marcó el inicio del camino de desarrollos urbanísticos en los que debía primar el pelotazo, el beneficio brutal y rápido de unos pocos y la escasa o nula participación ciudadana, más allá de los obligatorios periodos descafeinados de alegaciones, generalizadamente desatendidas.

Una de las características del modelo económico y social que se va imponiendo en todo el planeta, si damos crédito a las reflexiones de pensadores como Noam Chomsky, radica en ir introduciendo pocos y leves cambios de forma constante, hasta que, poco a poco, se produce un vuelco completo. La aceleración de los flujos de información disponible conduce, por añadidura, a la desmemoria y hace que, un buen día, la reflexión de unos amigos, te haga caer en la cuenta de cómo han cambiado las cosas, en diez o veinte años.

La capacidad de maniobra de la ciudadanía organizada es poca y se reduce aún más cuando el individualismo imperante nos aísla y aleja de la comunicación, la amistad y la compasión. Nuestra posibilidad de decidir se reduce al formulario de queja camino de la papelera, al costoso trámite de las demandas judiciales, o al voto para decidir si preferimos que se tape un bache, se pinte un muro, o se poden unos setos.

Fueron ellos, los Nadie, la simiente más fecunda, oculta y profunda de la que ha nacido este Madrid que vivimos. Ellos conquistaron el derecho a la ciudad.

Mientras tanto, las grandes decisiones sobre los nuevos desarrollos urbanísticos, los nuevos centros de negocios y grandes operaciones, como la de Chamartín, se toman en despachos de consorcios financieros, inmobiliarios y de nuestras Administraciones. Luego se publicitan a bombo y platillo, utilizando viejos y nuevos medios de comunicación y redes sociales. Si es necesario se contrata unos cuantos influencer que hablen bien del asunto.

Dice mi amigo Mangada, sabedor de mis incursiones poéticas y narrativas en la Tierra de los Nadie que si escribo algo sobre la ciudad y la poesía no olvide que fueron ellos, 'los Nadie', "la simiente más fecunda, oculta y profunda de la que ha nacido este Madrid que vivimos. Ellos conquistaron el derecho a la ciudad, que siempre han querido negárselo, arrebatárselo, los que son algo. Quienes por ser ricos y poderosos se han creído, se creen, dueños de la ciudad. (...) Y en estos tiempos, perdida la memoria, la "izquierda" autoriza cada día un nuevo hotel multiestrellas, embellece el centro (Plaza España, Gran Vía y promueve Chamartín...) olvidando Villaverde...".

Pese a todo lo dicho, junto a estos viejos amigos urbanistas, apuntan nuevas generaciones de arquitectos y arquitectas, dispuestos a seguir su camino y repensar la ciudad, escuchando las necesidades de las personas y sus organizaciones. Para que puedan hacerlo, tendremos que hacer el esfuerzo de abrir puertas y ventanas, para que la brisa limpia arrastre el aire contaminado de intereses económicos y políticos, que impide un urbanismo de rostro humano. Una ciudad donde tenga lugar la poesía.

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