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16/07/2018 07:49 CEST | Actualizado 16/07/2018 07:50 CEST

Francia, campeona del mundo sin brillo

EFE

Una campeona sólida, efectiva y muy poco brillante. Francia exhibió músculo y basó su triunfo en la fortaleza ejemplar de todo el equipo y en un corporativismo tan exacerbado que los virtuosos Mbappé y Griezmann trabajaron como estajanovistas por el bien del colectivo.

Deschamps impulsó un equipo fajador y más pragmático que estético tras la decepción que supuso perder la Eurocopa de hace dos años como local.

La calidad estuvo siempre bajo sospecha en su ideario. Desde el once inicial a los cambios para remozar el equipo. Ejemplos tan sangrantes como el caso de Rabiot. Pudiendo optar por el talentoso centrocampista del PSG, se blindó con Matuidi para escoltar a Pogba y al omnipresente pulpo Kante en una línea de tres centrocampistas insuperable. Un muro casi infranqueable para cualquier adversario, pero que a su vez proponía muy poco fútbol y no superaba líneas de presión; si bien era más fiable que ninguno. El pragmatismo como ideario sobre el que vertebrar sus triunfos.

Asimismo, teniendo la oportunidad de colocar a Fekir junto a Griezmann, prefirió al tanque Giroud, quien se fue de Rusia sin tirar al arco. Un dudoso honor. Algunos defenderán que el delantero del Chelsea abrió espacios y habilitó a los artistas Griezmann y a Mbappé. Nada más lejos de la realidad. No confundamos al nueve galo con Benzema. Su presencia no ha hecho más fuerte a la campeona. Lemar, el rutilante y millonario fichaje del Atlético, y Dembelé (el traspaso más caro de la historia del Barça) no han tenido ningún protagonismo. Benzema, Martial o Payet no tuvieron siquiera cabida en la lista de 23. El entrenador francés priorizó la faceta defensiva a la ofensiva en todo momento. Y no le fue mal.

Lo único reprochable es la sensación que dejó en el espectador neutral, que no recordará esta victoria como una hazaña, una epopeya para conservar en la memoria.

Por el bien del fútbol, esperemos que el juego de Francia no marque tendencia. Un equipo sin apenas fisuras y que se ha encomendado al balón parado y la solidez de su zaga sin intentar dominar los duelos pese a poseer las piezas y talento para ello. Una propuesta que no casa con el planteamiento ofensivo de la Bélgica de Roberto Martínez, la ganadora moral del torneo. No obstante, enhorabuena a los galos.

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