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11/11/2013 07:34 CET | Actualizado 10/01/2014 11:12 CET

Un hambriento Nadal sueña con la Copa de Maestros

Si había alguna duda de quién es, hoy por hoy, mejor tenista de los dos, el choque del domingo disipó todas. Una prueba más de que el suizo es el pasado y el español es un presente muy vivo, que late y pelea por ser el más grande de todos los tiempos, por más que él mismo se empeñe en cederle ese honor al suizo.

Si había alguna duda de quién es, hoy por hoy, mejor tenista de los dos, el choque del domingo disipó todas. Un buen Nadal descabalgó a Roger Federer (7-5 y 6-3) en las semifinales de la Copa de Maestros. Una prueba más de que el suizo es el pasado y el español es un presente muy vivo, que late y pelea por ser el más grande de todos los tiempos, por más que él mismo se empeñe en cederle ese honor al suizo. "Los números dicen que Federer es el mejor de la historia", explicaba posteriormente en rueda de prensa.

Sonaban los cencerros suizos con gran estruendo, celebrando los golpes geniales de Federer, sólido al principio, frágil cuando Nadal castigó su segundo saque y sacó a pasear su derecha para destruir su revés.

Transcurría el partido igualado hasta que en el noveno juego el español se procuró una bola de break que no desaprovechó. Justo lo que sí había hecho Federer en el quinto juego -como viene siendo la tónica habitual todo el año-. El ganador de diecisiete majors dejaba con vida a un Nadal que sacaba para cerrar el set. Parecía escapársele al suizo más celebre un primer parcial que por momentos pareció tener controlado; sin embargo, llegó el momento más temido por cualquier tenista, cerrar el set. Y Rafa no pudo. El ex número 1 volvía al encuentro cual resucitado en la noche de Halloween.

Roger Federer dio crédito a Nadal por jugar tan bien en una superficie donde siempre le había derrotado. Foto: J.M.

El de Manacor, consciente de la tensión psicológica que ese juego conllevaba, le devolvió al break para, esta vez sí, apuntarse el primer set con su servicio. El de Basilea aún estaba pensando en el saque que acababa de ceder. Nadal había ganado las dos bolas de break de las que dispuso y Federer solo una de cuatro. La estadística no engañaba. El número siete no aprovechaba sus oportunidades y el balear se lo hacía pagar.

No se vio a un Nadal sensacional porque tampoco hizo falta. Federer se condenó a sí mismo; su irregularidad y sus errores no forzados en la red erradicaban cualquier atisbo de reacción.

El balear esperando a que el suizo flaqueara, al acecho en todo momento, presionaba cada servicio para infligirle otro break; el que llegó en el quinto juego. El hexacampeón de la Copa de Maestros ya no pudo contener al insaciable Rafael Nadal: 3-2 y todo a su favor para acceder a la final del único torneo que le falta. No obstante, con 4-2 arriba para Nadal, el ganador de 17 grandes tuvo un 15-30 que desperdició estrellando sendas bolas de revés en la red. Fue el paradigma del encuentro. Nadal remató ese juego y a Federer no le quedó más remedio que capitular, preso de sus fallos, de sus fantasmas, de la losa que supone tener un 22-10 contra el número 1 del mundo; quien por fin, en cemento y bajo techo, batió a su némesis, para confirmar que, al menos en lo que a ambos se refiere, él sigue siendo el más grande.

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