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09/08/2015 09:55 CEST | Actualizado 09/08/2016 11:12 CEST

Inmigrantes: ¿una muestra más de la recuperación económica?

A diferencia de lo que ha ocurrido hasta hace muy poco, el empleo está creciendo de nuevo entre los extranjeros, que ven incrementado su poder adquisitivo, pueden enviar más dinero a sus países de origen, y deciden permanecer en España.

EFE

Si hubo un aspecto que marcó la diferencia sobre el nuevo estatus de país rico adquirido por España durante los años de bonanza, ese fue la inmigración. Nuestro país dejó de ser, en un espacio relativamente corto de tiempo, un exportador de mano de obra y se convirtió en importador, en el destino soñado por millones de ciudadanos de todo el mundo que ansiaban una vida mejor. Esa situación, unida a otros factores como el incremento incontrolable en el precio de la vivienda, contribuyó a reforzar el cambio de mentalidad de los españoles que, de repente, comenzamos a considerar que nos habíamos convertido en un país rico al que la gente quería venir a trabajar. Era el milagro económico español.

Para los extranjeros, España era el nuevo El Dorado, un lugar en el que obtener un puesto de trabajo -en algunos casos, fundamentalmente en la construcción, bien remunerado-, con el que poder ayudar a los familiares que se quedaban en el país de origen y poder ahorrar para comprar una casa o montar un negocio.

Y con esas ilusiones atrajimos a millones de extranjeros. Si analizamos los datos de la inmigración, en el segundo lustro de la década de los 90 ya se apreciaba claramente el atractivo adquirido por España como país al que emigrar -la cifra de extranjeros se multiplicó por 1,7-, pero la verdadera explosión se produjo en la primera década de este siglo: entre 2001 y 2010 se pasó de 1,37 a 5,74 millones de extranjeros. Resulta llamativo que, a pesar del empeoramiento de la situación, el efecto llamada perdurara hasta 2010, año en el que se registra la última tasa positiva.

Con la crisis vino la destrucción de empleo que provocó que muchos extranjeros perdieran su puesto de trabajo -sobre todo, los dependientes de la construcción- y unas viviendas que habían adquirido dejándose arrastrar por esa fiebre compradora que se había apoderado de los ciudadanos de este país. Ante un futuro desalentador, muchos se acogieron a las ayudas ofrecidas por el Gobierno para retornar a sus países de origen. Y de momento lo han hecho más de 700.000 personas.

Sin embargo, los últimos datos del INE ponen de manifiesto que se está produciendo una desaceleración en la salida. De hecho, aunque se siguen marchando, lo hacen en menor cantidad. En 2014 la salida se redujo en un 21% con respecto a 2013.

Hay otros datos que podemos considerar indicios de que la situación está cambiando a mejor para la población inmigrante. Uno de ellos es la tasa de afiliados extranjeros a la Seguridad Social que, por primera vez desde que comenzó la crisis, lleva cinco meses consecutivos creciendo. Otro es el incremento del 7,5% en los envíos de remesas realizados en 2014 con respecto al año anterior, según se desprende de la Balanza de Pagos publicada por el Banco de España.

La conclusión que se extrae del análisis de todos estos factores es positiva: el empleo está creciendo entre los extranjeros, que ven incrementado su poder adquisitivo y, por tanto, pueden enviar más dinero a sus países de origen -aunque el efecto positivo del aumento en el empleo se reflejará sobre todo en la Balanza de Pagos de 2015- y deciden permanecer en España.

Probablemente, junto con el incremento del PIB, el crecimiento del empleo y el aumento del consumo, la mejora de la situación de los inmigrantes sea uno de los síntomas más claros de que la situación de la economía española ha cambiado y de que la recuperación está encauzada.

Creo que debemos felicitarnos por ello, pero sin dejar de mirar atrás para seguir aprendiendo de nuestros errores y evitar que se repitan. Debemos buscar la fórmula del crecimiento sostenible en todos los ámbitos de la vida económica. Seguir mejorando la productividad, evitar la dependencia del ladrillo y tratar de que nunca más se repita una burbuja inmobiliaria. Y en lo que respecta a la inmigración habría que mantener esos mismos principios y evitar que España vuelva a proyectar esa imagen de El Dorado para crear la de un país que puede ofrecer oportunidades, pero siempre con unas mínimas garantías y derechos. Y querer es poder.