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15/06/2018 07:31 CEST | Actualizado 15/06/2018 07:31 CEST

Dejé Tinder para viajar por el mundo y me cambió la vida

Jen Ruiz
Disfrutando de la vista en Santorini, Grecia.

"Deberías pensar en tener un bebé pronto. Sólo creo que es algo que deberías plantearte a tu edad", me dijo convencido, sin siquiera apartar la vista de su libro.

No estaba segura de cuándo "a tu edad" se convirtió en una frase aplicable a mí. Tenía 28 para 29 años y tener un bebé todavía no estaba en mi radar. Al fin y al cabo, seguía tratando de encontrar a un hombre con el que tener ese hijo.

El estudiante de medicina con pocas habilidades sociales que estaba sentado en mi salón era el último de mis novios de Tinder. Durante años, me vi metida en aplicaciones y webs de citas con la esperanza de encontrarme algún día al Chico Adecuado.

Cada vez que no funcionaba, volvía a la caza con renovado fervor, convencida de que la persistencia y la transparencia al final darían sus frutos. Personalmente, conocía al menos a seis parejas que habían encontrado el amor por internet. Seguro que sólo era cuestión de tiempo, y que algún día también me llegaría a mí.

Aun así, cuanto más tiempo pasaba, con más recelo me miraban. Llegué al punto de no poder acudir a una cita de Tinder sin que me hicieran la temida pregunta: "¿Qué es lo que te pasa para que sigas soltera?".

Esta pregunta no tiene respuesta buena. Lo he intentado con el "Todavía no he encontrado al tipo adecuado" o incluso con el popular "He estado centrada en mi carrera". Independientemente de la lógica, siempre me devolvían una mirada incrédula, con los ojos entrecerrados, como si así se hiciera evidente el defecto por el que llevo tanto tiempo en el mercado.

Claramente, mi primer y mayor problema era estar en Tinder, tal cual.

He invertido energía, emoción y mi mejor ropa en un sistema de apareamiento que me hacía sentir incompetente y poca cosa.

He invertido energía, emoción y mi mejor ropa en un sistema de apareamiento que me hacía sentir incompetente y poca cosa. Me preguntaba qué podría haber logrado si hubiera dedicado mi tiempo a algo productivo o inspirador. Con varias horas al día, podría haber aprendido otro idioma o haber conseguido el diploma de instructora de yoga. En cambio, me había pasado el tiempo esquivando juicios de valor y emojis de alcachofa del "gemelo", el "banquero", el "militar" y el "divorciado a los 40", por citar sólo unos cuantos.

El "estudiante de medicina" fue el último intento. Aprobó sus exámenes, seis meses y cuatro intentos más tarde, y se fue para completar su residencia en otro Estado, así que no volví a saber de él. Tampoco volví a mi perfil de Tinder después de eso; lo borré todo.

Lo mejor de ser una joven profesional soltera sin nadie esperando en casa (más allá de un pececito) es poseer los medios y la capacidad de entrar y salir siempre que te apetezca. Cuando buscaba un nuevo objetivo personal antes de cumplir los 30 que no implicara ni marido ni hijos, descubrí los viajes.

Me propuse hacer 12 viajes en 12 meses antes de mi 30 cumpleaños, y anuncié públicamente el reto en Facebook como la versión moderna de declarar que "no vale echarse atrás". A algunas personas les pareció excesivo, pero yo necesitaba que la meta fuera universal. Necesitaba ver que ocupaba cada centímetro de mi cerebro, cada minuto de mi tiempo libre, porque de lo contrario lo llenaría de pensamientos autocríticos y soledad, especialmente ahora que se cernía sobre mí la nueva década.

Jen Ruiz
Visitando el parque natural de elefantes en Chiang Mai, Tailandia.

Con una sensación renovada de propósitos y dedicación por mis esfuerzos hiperconcentrados, acabé haciendo 20 viajes a 41 ciudades en 11 países, entre los que están Grecia, Argentina, Islandia, Tailandia, Camboya y Cuba. Aprendí todo lo posible sobre encontrar vuelos asequibles, leer libros y blogs para convertirme en una hacker de los viajes autodidacta y reunir las millas suficientes como para encontrar ofertas de vuelos tipo: Nueva Zelanda por 38 dólares, Ecuador por 16 dólares o ida y vuelta a San Francisco por 22 dólares.

Enseñaba inglés por internet todas las mañanas antes de irme a trabajar como fiscal sin ánimo de lucro para añadir un suplemento a mis ingresos, de 7 a 8:30 de la mañana entre semana y de 6 a 10 de la mañana los fines de semana. Sobreprogramaba mi horario para cuadrar viajes siempre que me era posible. A veces cogía un vuelo de vuelta que aterrizaba a las 5 de la mañana en un aeropuerto a dos horas de casa, pero era la opción más barata, así que conducía hasta casa, me cambiaba e iba directamente al trabajo un lunes por la mañana. Como vivía en Florida, cualquier lugar en el Caribe me venía bien para hacer una escapada de 48 horas, aunque fuera a Aruba o a Puerto Rico.

La mayoría de mis viajes eran de unos tres o cuatro días, y los hacía sola, porque es difícil coordinarse con amigos para comprar los billetes y cogerse los mismos días libres. Para mi sorpresa, viajar sola se convirtió en mi método preferido de viaje.

Resulta que conoces a más gente cuando vas sola. Ir con amigos o familia suele ser disuasorio, te impide interactuar en condiciones con la gente local que te rodea. Lo que podría ser una interacción rápida con un portero o con un trabajador de alquiler de coches se convertía en una oportunidad de conocer nuevos amigos. Cada sorpresa inesperada, como recibir una serenata en una ópera en Florencia durante el intermedio o volar con un piloto famoso en la Fiesta Internacional de Globos de Albuquerque, me hacía sentir que el universo me estaba recompensando por mi iniciativa.

Ya no me daba miedo comer sola o salir por mi cuenta. Era turista, y es normal que los turistas vayan solos. Estar sola en el extranjero me daba una sensación maravillosa de poder y de sorpresas, en vez de sentirme avergonzada y predecible como en casa. Cada viaje de éxito, independientemente de lo breve que fuera, me hacía rejuvenecer y reforzaba mi idea de seguir con mi misión.

Por no decir que el año se desarrolló sin ningún incidente. Perdí la cartera una vez (casi dos), perdí las llaves del coche y hasta tuve un problemilla con un conductor de Uber sobón al otro lado del Atlántico. Hubo veces en que cuestioné mi juicio y me pregunté a quién intentaba impresionar con este objetivo idealista.

Pero, a medida que pasaba el tiempo, las sonrisas y declaraciones virtuales de gratitud se hicieron genuinas. Vi lo afortunada que era por tener la libertad y movilidad para viajar. Me sentía conmovida cada vez que un desconocido corría a mi ayuda. Cuando perdí la cartera, alguien la encontró y me la devolvió con todo el dinero dentro, con las tarjetas de crédito y mis documentos de identidad.

Jen Ruiz
Recibiendo la bendición de un monje budista en Angkor Wat, Camboya.

Mis compañeros de trabajo fueron muy comprensivos, cubriendo mis reuniones cuando me cogía un puente o días por enfermedad. Mi jefe empezó a mostrarse escéptico con esto último, pero a mí me parecía bien contar el jet lag como enfermedad e hice buen uso de los permisos que me correspondían. Mi salario no era tan competitivo para una fiscal con mi experiencia, pero los casos que llevaba eran importantes y el equilibrio entre vida laboral y personal me permitía darme más lujos que si hubiera estado trabajando en una firma privada de abogados con un sueldo de seis cifras.

En fin, cuando me preguntan que elija un viaje favorito siempre digo que fueron los días que pasé explorando el sur de Francia con un hombre al que llamaré "Francesito". Ya había pasado medio año desde que comencé mi aventura y pensé que había superado la fase de necesitar un hombre. Lo conocí cuando cogí un coche de alquiler y él se ofreció a hacer de guía improvisado, llevándome por campos de lavanda, por lagos en calma y restaurantes franceses. A regañadientes, bajé la guardia y atisbé la sensación que había estado buscando. Era embriagante y reavivó el anhelo de tener esa misma sensación presente en mi día a día.

No creo que el deseo de encontrar pareja se vaya y, ciertamente, no se esfumó cuando pinché en "borrar" en mi perfil de citas. Si hay algo que une a las personas es querer que nos quieran, independientemente de nuestra edad, origen o residencia.

Lo que he descubierto es que pocas personas tienen la fortuna suficiente de encontrar el amor romántico y, aunque lo hagan, puede que sólo les dure un momento. De nosotros depende rellenar esos huecos de amor en otras formas, desde la bondad de desconocidos hasta la emoción de experiencias nuevas.

No he reactivado mis perfiles de citas online y no sé si encontraré un marido o tendré hijos en la próxima década. He dejado de intentar controlar el futuro o fabricar la familia perfecta con una fecha límite pre-impuesta. Lo que sé es que no necesitas esperar a otro individuo para iniciar un punto de inflexión en tu vida. Puedes hacer cambios para mirar al futuro con ilusión independientemente de quién haya en ese futuro.

Ahora, con 30 años, he dejado de ejercer de abogada y me dedico a viajar y a escribir a tiempo completo, dos cosas que me aportan alegría y satisfacción. Espero escribir un libro sobre mi año de aventuras y puede que hasta monte algún día una organización sin ánimo de lucro. Si al final hay un hombre que forme parte de esa ecuación, genial. Mientras tanto, el mundo espera que lo descubra y no tengo tiempo que perder.

Este artículo fue publicado originalmente en el 'HuffPost' EEUU y ha sido traducido del inglés por Marina Velasco Serrano

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