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09/02/2019 12:35 CET | Actualizado 09/02/2019 12:35 CET

Esto es lo que quiero que los políticos sepan sobre mi aborto en estado avanzado

Courtesy of Jennifer Gorman
Jennifer Gorman con su marido, Jordan.

Me pasé la primera mitad de 2015 embarazada y luego tuve un aborto "en estado avanzado".

Mi marido y yo habíamos decidido a comienzos de ese año que queríamos empezar una familia. Me quedé embarazada casi a la primera. Obviamente, sentimos una mezcla sana de emoción y miedo. Aunque sucedió antes de lo que esperábamos, queríamos tener al bebé.

Conforme fueron pasando los meses, fui devorando libros sobre el embarazo y el primer año de maternidad. Tomaba mis vitaminas, comía bien y apenas eché de menos caprichos como el vino y los quesos blandos. Hicimos unas pruebas genéticas y todo marchaba genial. Supimos que iba a ser niña. Empezamos a planificar el registro del bebé y escogimos su nombre. Era estimulante que fuera un embarazo corriente pese a los ataques de pánico ocasionales que tenía por lo mucho que iba a cambiar nuestro mundo.

El 18 de junio de 2015 teníamos cita para la ecografía de las 21 semanas. Recuerdo la fecha porque era nuestro aniversario y pensamos que sería una forma divertida de pasar el fin de semana juntos. A medida que avanzaba la ecografía, la técnica se mostró menos habladora y más preocupada hasta que salió de la habitación con una imagen impresa de la ecografía. Estuvo fuera durante lo que nos resultó un rato insufriblemente largo. Cuando por fin regresó, nos dijo de que la única información que tenía permitido darnos era que una obstetra-ginecóloga para embarazos de alto riesgo contactaría pronto con nosotros y que teníamos que ir a verla lo antes posible. Poco después de aquella aciaga ecografía, recibimos la llamada de la obstetra-ginecóloga para embarazos de alto riesgo y programamos una cita para la semana siguiente.

Doy gracias por vivir en un país en el que, al menos todavía, es legal abortar en estado avanzado.

Unos días después, volvíamos a estar en una sala de ecografías con otro técnico de aspecto muy serio. Una vez más, tras hacer su trabajo, el técnico dejó la sala con una foto en la mano y, de nuevo, no volvió en lo que nos pareció una eternidad. Sin embargo, cuando regresó, lo acompañaba una obstetra-ginecóloga para embarazos de alto riesgo que nos llevó a una sala de reuniones.

Una vez sentados alrededor de una mesa circular, la doctora no se fue por las ramas. Nos informó que nuestro bebé tenía un problema de desarrollo grave llamado espina bífida en la zona cervical de la columna vertebral. Su médula espinal se encontraba completamente desprotegida bajo el cráneo. Recuerdo que empecé a llorar de inmediato y que los oídos me empezaron a pitar tan fuerte que apenas pude oír lo que nos decía mientras seguía hablándonos. Me costaba escuchar lo que intentaba explicarnos sobre lo que íbamos a tener que afrontar.

La doctora nos dijo que era poco probable que nuestro bebé sobreviviera y que si lograba nacer, viviría paralizada de cabeza para abajo. Viviría confinada en una silla de ruedas y unida en todo momento a una bolsa de colostomía y a una sonda de alimentación. Además, sufriría una grave discapacidad mental. La doctora nos dijo que lo mejor que podíamos hacer, según su opinión médica, era un aborto terapéutico, de modo que hicimos caso con un profundo dolor en el corazón.

Salimos de esa sala con un listado de doctores a los que llamar. Eran los doctores que podían llevar a cabo mi aborto en estado avanzado en el estado de Florida (Estados Unidos). Llamamos desde el coche, todavía en el aparcamiento de la clínica en la que no podían atendernos porque estaban llenos. El siguiente médico en la breve lista de opciones que teníamos estaba en Fort Lauderdale, a tres horas de casa. Llamamos y nos dijeron que nos podían ver al día siguiente.

Si lograba nacer, viviría paralizada de cabeza para abajo, confinada en una silla de ruedas y unida en todo momento a una bolsa de colostomía y a una sonda de alimentación.

Por la mañana, ya estábamos en una clínica llena de gente en Fort Lauderdale. Pagamos un poco más por una sala de espera privada y nos condujeron a ella para que la peor experiencia de nuestra vida no estuviera expuesta al público.

Y así comenzó. Desde la sala de espera, le envié un correo a nuestras familias y les expliqué lo que pasaba. Mis ojos se anegaron de lágrimas hasta que la pantalla del ordenador no fue más que un borrón. Luego, el personal me llevó a una sala para una última ecografía mientras las lágrimas me resbalaban por las mejillas. Oí sus latidos por última vez. Seguí llorando cuando el médico me aplicó un antiséptico justo antes de clavarme una aguja en la tripa y en el corazón de mi hija para detener sus latidos. Seguí llorando toda la noche en una habitación de hotel que me resultaba ajena, mientras esperaba a que el proceso de dilatación y curetaje estuviera completo para que me sacaran quirúrgicamente a mi hija del útero. Al día siguiente, en la sala de operaciones, lloré cuando me indujeron el sueño. Cuando terminó la operación, me desperté con el sonido de mis propios sollozos. Estuve seis meses llorando todos los días.

Cada lágrima que derramé surgió del dolor por la pérdida. Ninguna por la culpabilidad. Tomé la única opción que pude. La única decisión que me resultaba correcta para mí, para mi familia y para mi hija. Creo que, si llegó a tener alma, lo único bondadoso y piadoso que podía hacer por ella era liberarla de un cuerpo que jamás habría funcionado.

Cuando terminó la operación, me desperté con el sonido de mis propios sollozos.

Decidir someterme a un aborto en estado avanzado es algo que nunca pensé que tendría que hacer y que no le deseo a nadie. Es algo en lo que pienso todos los días de mi vida y no creo que deje de pensar en ello más adelante. Sin embargo, por devastador como fuera tomar esa decisión y por aterrador y descorazonador que fuera la experiencia, doy gracias por vivir en un país en el que, al menos todavía, fue legal abortar en estado avanzado.

No tengo por costumbre escribir sobre mi vida personal en las redes sociales y menos en un medio de gran difusión como el HuffPost. Aunque en el pasado he hecho pública mi opinión sobre el aborto, siempre evité mencionar los motivos personales que había detrás. Hoy he decidido compartir mi historia porque la próxima vez que el presidente de Estados Unidos, un político, una figura televisiva, un líder religioso, tus familiares, amigos (o tú mismo) insinúen o digan abiertamente que las mujeres que abortamos no tenemos corazón o que somos asesinas, me gustaría que tengas una cara, un nombre y una historia a la que dirigir esa acusación. Quizás teniendo eso en mente te lo pienses dos veces antes de estar de acuerdo con esas personas.

Si te ha resultado útil mi historia, compártela. Si tienes preguntas, no te quedes con la duda. Pregúntame a mí, al médico o al centro de planificación familiar más cercano.

Este post fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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