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11/09/2018 07:11 CEST | Actualizado 11/09/2018 07:11 CEST

Cuando Internet piensa que eres tonto

RYANMCGUIRE

Pasa a menudo en esos momentos en los cuales no tienes nada que hacer, o simplemente buscas desconectar. Sacas el móvil y te pones a revisar tus perfiles de redes sociales, o simplemente a navegar para encontrar algo que te resulte entretenido. No buscas nada fijo, y desde luego nada sesudo o relevante, simplemente algo que te ayude a pasar el rato. Rápidamente, y sin tú apenas notarlo, tus ojos y tus clics acaban seleccionando una serie de vídeos tan divertidos como intrascendentes. O puede que comentarios sarcásticos, aunque poco elaborados, sobre los políticos que detestas. O quizá un puñado de memes igualmente hilarantes y burdos. Es posible que acabes esa breve sesión compartiendo algunos de estos contenidos con tus contactos.

Estamos tan acostumbrados a este tipo de comportamiento que no le damos ninguna importancia. Y no la tendría, si no fuera porque internet (ya sea Google, Facebook, Amazon o cualquier otro portal) está constantemente observando y registrando lo que hacemos. Esto no es en modo alguno un panorama tremendista ni una ficción distópica. Es más bien una constatación evidente que los algoritmos de recomendación monitorizan nuestro comportamiento para ofrecernos productos, servicios o contenidos que puedan interesarnos. Por eso desde el día en que buscaste zapatillas de running te encuentras anuncios de ese tipo de calzado por todas partes. La cuestión es que Internet reacciona del mismo modo al contenido que buscas y compartes.

Acabamos analizando la actualidad únicamente a base de memes y vídeos de apenas unos segundos. Y todo ello porque un día internet comenzó a pensar que somos tontos

Así que cuanto más nos dejamos llevar por esos momentos de desconexión y entretenimiento en los que consumimos contenido fácil y vulgar, más piensa Internet que no somos precisamente listos o educados. Y, lo que es quizá peor, más contenido de ese tipo nos ofrece porque, lógicamente, piensa que nos va a gustar. Y así hasta el infinito.

Así pues, si antes leíamos artículos de periódicos prestigiosos analizando complejas cuestiones económicas o sociales es posible que, sin darnos cuenta, en algún momento hayamos pasado a contentarnos con sucedáneos del mismo contenido elaborado por blogueros perspicaces aunque menos profundos. Con el tiempo, pasamos de ahí a leer tuits mucho más condensados y fáciles y, finalmente, un mal día, acabamos analizando la actualidad únicamente a base de memes y vídeos de apenas unos segundos. Y todo ello porque un día internet comenzó a pensar que somos tontos.

Antes preferíamos las golosinas a las judías verdes, y ahora preferimos los vídeos virales a los artículos de opinión

Como nos viene ocurriendo desde la infancia, es un reto encontrar la fuerza de voluntad para hacer lo que nos conviene en lugar de lo que nos apetece. Antes preferíamos las golosinas a las judías verdes, y ahora preferimos los vídeos virales a los artículos de opinión. La cuestión es que nuestros padres creían firmemente que podíamos convertirnos en adultos hechos y derechos, y por eso no renunciaron nunca a que nos acabáramos la verdura. Sin embargo, estamos completamente solos en ese ascensor en el que deslizamos nuestro dedo por la pantalla hasta localizar algo tan sumamente entretenido que va a ser imposible no compartir. Y únicamente de nosotros depende evitar, o al menos racionar, ese tipo de contenido facilón y basto que haga pensar a Internet que somos tontos. Y, lo que es más importante, de nosotros depende evitar también que, a base de que nos ofrezca como consecuencia de ello contenido para tontos, finalmente acabemos siéndolo.

* Debo a Eli Pariser y a su excelente libro El filtro burbuja la idea de este artículo.

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