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23/01/2019 07:14 CET | Actualizado 23/01/2019 07:14 CET

La vida sin típex

Photo by Brenkee at Pixabay.com

Parece ser que hace 2.400 años existían ya vertederos en la ciudad de Atenas. Así que, durante mucho tiempo, el ser humano vivió acostumbrado a que lo que se tira a la basura no se recupera. Sin embargo, a comienzos de los 90, cuando el sistema operativo Apple System 7 fue lanzado, los documentos se tiraban a una papelera que no se vaciaba hasta que el usuario decidía hacerlo. Y hoy cualquier documento que se introduce en ella se puede sacar, tan limpio y planchado como cuando entró. Un hecho aparentemente sutil que ha contribuido a nuestra idea contemporánea, casi nunca formulada pero casi siempre asumida, de que nada es definitivo.

Si un estudiante universitario se presenta a un examen y lo suspende, normalmente tiene otra convocatoria. Y si tampoco lo supera en esa segunda ocasión, dependiendo de la normativa, puede seguir teniendo otras muchas oportunidades. No infinitas, pero más que suficientes. La mayoría de los impuestos, si no se pagan a tiempo, tienen periodos suplementarios. Con recargo, pero los tienen. Así como muchos trámites que hay que realizar ante la administración disponen de subsanaciones y formas complementarias de presentar la documentación más allá de la fecha límite.

¿Cómo cambiaría nuestra vida si todo lo que dijéramos o hiciéramos quedase grabado en piedra para siempre?

Casi todas las redes sociales permiten editar mensajes después de haberlos escrito y también facilitan que se puedan borrar. Los sistemas operativos, las aplicaciones y los programas de ofimática están llenos de botones de eliminar, cancelar y deshacer. Si escribimos con lápiz, existe la goma de borrar, y si lo hacemos con bolígrafo, siempre podemos recurrir al típex. Las fotografías, por supuesto, se pueden volver a sacar, rectificar y retocar hasta el infinito y, cuando hacemos un regalo, a menudo incluimos un ticket especialmente pensado por si al destinatario no le gusta.

¿Cómo sería nuestra existencia sin expresiones como segunda oportunidad, a la tercera va la vencida o cuarta convocatoria?

En Atenas ya tenían vertederos en los que quedaban sepultados los residuos para siempre. De igual manera, lo que escribían quedaba escrito a perpetuidad, sin posibilidad de corrección o rectificación, en pergaminos y papiros, tablillas y placas de bronce o, peor aún, en piedra. Sin embargo, hoy día no solo podemos corregir cualquier documento a voluntad sino que, si lo tiramos a la papelera, podemos sacarlo cuando queramos. De hecho, existen herramientas que pueden intentar recuperar un documento incluso después de haber vaciado la papelera. Parece que nuestra necesidad de corregir, enmendar y arrepentirnos no tiene fin.

¿Qué ocurriría si la vida, de verdad, transcurriera solamente en un sentido?

¿Cómo cambiaría nuestra vida si todo lo que dijéramos o hiciéramos quedase grabado en piedra para siempre? ¿Si no hubiese más convocatorias que la primera para los exámenes? ¿Si nunca, bajo ningún concepto, pudiéramos subsanar una documentación o abonar un impuesto fuera de plazo? ¿Y si en los documentos nada de lo que escribiéramos se pudiera borrar? ¿Y si en los mensajes que escribimos a nuestros seres queridos jamás se pudiera rectificar ni lo más mínimo? ¿Cómo sería nuestra existencia sin expresiones como segunda oportunidad, a la tercera va la vencida o cuarta convocatoria? ¿Qué ocurriría si la vida, de verdad, transcurriera solamente en un sentido?

Quizá entonces acometeríamos nuestros gestos, tareas y textos de una manera más pensada, más definitiva. Tal vez compraríamos regalos con mayor empatía hacia el destinatario, escribiríamos mensajes de forma más meditada y tendríamos conversaciones más conscientes y elaboradas. Nos esforzaríamos de verdad en causar una buena impresión y las bienvenidas lo serían de verdad, explosivas, con los brazos genuinamente abiertos y el alma de verdad alborotada. Y las despedidas, por supuesto, serían hondas, formidables, infinitas. Despedidas que harían innecesarios esos mensajes que a veces leemos ya con el tren en marcha y que son malos sucedáneos de lo que, en una vida sin típex, no podría ser sino un grandioso y sentido abrazo.

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