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24/01/2018 07:25 CET | Actualizado 24/01/2018 07:25 CET

Por qué hay tanto futurólogo últimamente

Photo by Tumisu at Pixabay.com

Hay pocas cosas que preocupen más a los seres humanos que la incertidumbre. El cerebro es un órgano que tiene entre sus fundamentales misiones la predicción del futuro, porque un pronóstico más exacto equivale a una mayor probabilidad de supervivencia. Así que, a mayor incertidumbre menor probabilidad de sobrevivir. El asunto es que el mundo de hoy es todo menos cierto y predecible, y tal vez eso explique la epidemia de futurólogos, profetas y demás hijos espirituales de Nostradamus que últimamente habitan las redes sociales.

Nadie duda de que en muchos casos son profesionales que analizan los datos a fondo antes de intentar establecer patrones o tendencias, pero en muchos casos da la impresión de que lo que leemos son simplemente conjeturas hechas con la sola intención de llamar la atención. Es más, aun en el caso de que las predicciones se basen en datos aparentemente irrefutables, es evidente que cualquier interpretación que se haga de ellos puede estar sesgada. Sobre todo, si se trata de interpretaciones interesadas.

Cuando nació el iPhone muy pocos pudieron predecir que los smartphones se convertirían en el epicentro de nuestras vidas

Cuando nació el iPhone muy pocos pudieron predecir que los smartphones se convertirían en el epicentro de nuestras vidas. Es más, hubo quien le auguró un sonoro fracaso. Prácticamente nadie pronosticó la disrupción económica de 2008, y menos sus efectos, ni el fenómeno de la post-verdad, en estos días tan cotidiano como inquietante. Y, sin embargo, hoy encontramos por todas partes profetas de la educación, de la tecnología, de la economía y, en fin, iluminados de toda índole que parecen saber exactamente cómo será nuestro futuro.

Es muy fácil explicar las cosas cuando han ocurrido. Y eso que esas explicaciones, a pesar de que están realizadas sobre sucesos ciertos, muchas veces ni son completas ni del todo satisfactorias (por eso las interpretaciones de los hechos casi nunca tienen un punto final). Aun así, se extrapolan esos análisis para generar una predicción de lo que ocurrirá. Sin embargo, ese pronóstico es una ilusión, porque lo que ha pasado una vez no tiene por qué pasar dos, lo que ha ocurrido en un país no tiene por qué pasar en otro, y lo que pasa en un momento histórico no tiene necesariamente por qué repetirse en otro. El mundo no es tan sencillo.

Intentamos averiguar el futuro basándonos en lo que nos ha ocurrido, y lo hacemos porque no nos queda otro remedio

Cuenta Nassim Taleb en "El cisne negro" una estupenda historia acerca de un pavo que, cuidado y alimentado de manera esmerada, observaba para su deleite cómo su bienestar aumentaba semana tras semana... hasta que llegó Día de Acción de Gracias y fue sacrificado. Para aquel pavo el análisis del pasado no predijo de ninguna manera el futuro que le esperaba, porque había fuerzas que no controlaba. En un mundo cada vez más complejo, es evidente que cada vez hay más fuerzas que nadie controla.

El cerebro de los seres humanos está construido de tal manera que predecimos con base en nuestro registro del pasado. Tendemos a pensar que si hoy tenemos trabajo igualmente mañana lo tendremos, que si hoy somos queridos mañana habrá alguien que nos quiera, y que si hoy tenemos salud mañana no nos faltará. Exactamente igual que el pavo de Acción de Gracias.

Intentamos averiguar el futuro basándonos en lo que nos ha ocurrido, y lo hacemos porque no nos queda otro remedio, porque estamos construidos de esa manera. Sin embargo, necesitar predecir no equivale a acertar. Y el problema es que, en ocasiones, nuestros pronósticos fallan, a veces de manera estrepitosa. Como le pasó a aquel pavo. Por eso es mejor no tomarse a los futurólogos muy en serio.

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