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18/01/2016 06:55 CET | Actualizado 18/01/2017 11:12 CET

Esperanzas de juventud

trabajadorFrente al exceso de periodistas o psicólogos en paro, carecemos de aquellos profesionales que el mercado solicita: cuadros medios especialistas en informática, seguridad, agroalimentación, turismo o gestión energética, salidos de la formación profesional.

Foto: EFE

Entre los expertos es sabido que desafortunadamente el último índice económico en recuperarse es el del paro. Así, en un escenario de salida de la crisis, los primeros síntomas de saneamiento hay que ir a buscarlos en el regreso de las inversiones extranjeras, en la compra de bienes de equipo por parte de las empresas, en el incremento de las exportaciones, en la aceleración del consumo, en el aumento del PIB y, finalmente, en la bajada del desempleo. Se trata de un proceso largo y sensible, muy fácil de destruir, pero que afortunadamente estamos viendo completar en España.

No obstante, en todo relato de recuperación siempre aparecen datos en los que pervive la huella de la crisis y que revelan la persistencia de problemas que conviene afrontar. En nuestro caso, sin duda el peor dato lo encarna el paro juvenil, situado en unos valores próximos al 46%, el doble de lo que en la actualidad registra la media europea. Sin ánimo de proponer un conjunto de recetas facilonas, sí que conviene recordar las incongruencias que todavía presenta la situación sociolaboral de nuestros jóvenes, con el fin de reajustar los buenos propósitos al criterio de un diagnóstico realista.

En este sentido, llama de entrada la atención que, a la luz de las cifras mencionadas, el porcentaje de jóvenes españoles con estudios universitarios se alce por encima del 40%, superando al de la media de la OCDE y adelantando incluso los niveles de Alemania o Finlandia. Y llama la atención porque es precisamente el paso por la educación superior lo que, según refleja la estadística, favorece a priori la obtención de un empleo. ¿En qué consiste, pues, la anomalía española? Básicamente en un factor bastante relacionado con lo antedicho, esto es, con la falta de técnicos profesionales.

Un examen más reposado sobre nuestro sistema educativo constata la alta polarización en la que se encuentran nuestros jóvenes, en cuyos extremos se ubica la cohorte de universitarios citada, ante otra sin apenas formación, producto del desorbitado abandono escolar que todavía padecemos. El resultado es que, frente al exceso de periodistas o psicólogos en paro, carecemos de aquellos profesionales que el mercado solicita: cuadros medios especialistas en informática, seguridad, agroalimentación, turismo o gestión energética, salidos de la formación profesional. Es decir, se produce un evidente desajuste entre las necesidades que el mercado laboral demanda y la oferta desproporcionada de graduados universitarios, a lo que además se añade ese célebre síndrome de la titulitis, que no hace sino frustrar las expectativas de quienes detentan una sobrecualificación estéril.

Justamente, este panorama es lo que procuró revertir la tan vituperada LOMCE, introduciendo un sistema de FP dual a semejanza de lo que hacen alemanes, austriacos o daneses, y que combina el aprendizaje con prácticas en empresas y el pago de un sueldo. Esta medida, cierto es, implica un profundo cambio de la mentalidad social y de los estándares del "estatus", pero bien puede atraer a quienes antes buscaban dinero rápido o creían garantizado su futuro a través del trámite universitario. Es más, los datos acreditan que la nueva FP ha logrado la duplicación de matriculaciones en tan solo dos años y quizá pronto pueda acercarse a las cotas de éxito que se observan en Alemania, siempre que nuestras empresas -eso sí- acentúen su apuesta por este modelo.

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