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30/01/2013 10:10 CET | Actualizado 31/03/2013 11:12 CEST

Vidas Paralelas

Es de lamentar que parte de la sociedad española arrastre aún el viejo y provinciano hábito de vivir de espaldas a Portugal. Es una actitud ridícula cuando sabemos que Portugal representa el tercer mercado para España y España es el primero para Portugal. Por suerte y como efecto positivo de la crisis, puede decirse que los lazos se están estrechando.

Uno de los titulares que más se ha repetido desde el inicio de la crisis económica es que "España no es Grecia". El significado es cierto en cuanto a indicadores económicos o demográficos, pero injusto en términos culturales y de estilos de vida: ambos países compartimos costumbres mediterráneas y atractivo turístico además de la antigua sabiduría helena. La frase resulta todavía más incorrecta si comparamos a España con Portugal. Desde hace años se dice que ambos países viven "de costas viradas", o sea de espaldas, y eso que en muchas cosas parecemos mellizos. Un sucinto repaso por la historia contemporánea nos coloca ante dos naciones que experimentaron simultáneamente dictaduras, procesos de transición a la democracia, que ingresaron a la vez en la Unión Europea y que -más allá de los contactos bilaterales- se reúnen periódicamente en las Cumbres Iberoamericanas.

No obstante, la confluencia de intereses quedó simbólicamente quebrada el mes de abril de 2011, cuando Portugal se vio obligada a solicitar ese rescate que España ha sorteado gracias a su determinación por la austeridad y a sus fortalezas estructurales. El paralelismo continúa en cualquier caso vigente, ya no solo por las políticas de ajuste que se han adoptado sino por los primeros atisbos de esperanza que pueden vislumbrarse. Una luz al final del túnel, tan leve y delicada como la de las mañanas de Lisboa. Hace pocos días supimos que Portugal vuelve a los mercados recobrando parte de su soberanía financiera sin ayuda de la "troika" (palabra dicho sea de paso un tanto desafortunada, al retrotraernos a la alianza entre Zinoviev, Kamenev y Stalin). La buena noticia enlaza con la estabilización de su sistema financiero y la mejora de la competitividad observada en los últimos meses. En este sentido, frente a la proliferación de augurios fatalistas va cobrando fuste la hipótesis que el economista Guy Sorman lanzó recientemente en su artículo: "¿Y si la austeridad funcionase?". La condición necesaria para responder afirmativamente consiste en que los gobiernos actúen con constancia y coherencia, y rehúyan los análisis cortoplacistas. Un requisito de especial relevancia para el caso de los países del sur de Europa, cuyo futuro probablemente no vaya a ser tan sombrío como el que se nos pinta, siempre que se apoyen en las instituciones de las que adquieren su fuerza: la democracia y el libre comercio.

El ejemplo portugués nos coloca ante un país discreto, cortés y esforzado que ha pasado, y sigue pasando, por una situación dolorosa, pero cuyo tesón -jalonado de lógicas protestas, siempre civilizadas- apunta hacia el buen camino. Sus evidentes fortalezas merecen, en estos tiempos tan dados a la postración, ser subrayadas. Portugal ocupa primeras posiciones en varios sectores, empezando por el del corcho, en el que es líder mundial. Como en España, su doble condición iberoamericana y europea le dota de una fuerte proyección global. En Brasil encuentra a un socio de primer orden, además de un espacio natural para el crecimiento de sus empresas, como Portugal Telecom, la cual por cierto trabaja con Telefónica en el ámbito de la telefonía móvil. Su potencial de internacionalización alcanza a Angola y Mozambique y, en este punto, no resulta menor recordar que el portugués es la cuarta lengua más hablada del mundo. La labor del Instituto Camões en su promoción es modélica e incansable, y ha sabido ver desde el principio el valor económico y no solo cultural de la lengua.

Es de lamentar que parte de la sociedad española arrastre aún el viejo y provinciano hábito de vivir de espaldas a Portugal. Es una actitud ridícula cuando sabemos que Portugal representa el tercer mercado para España y España es el primero para Portugal; principal cliente y también proveedor. Los españoles somos por tanto los primeros interesados en que Portugal progrese. Por suerte y como efecto positivo de la crisis, puede decirse que los lazos se están estrechando y buena prueba de ello son los avances que a nivel institucional se están dando para juntar fuerzas en materia de eficiencia energética --recordemos que Portugal es pionera en renovables-- y de apuesta por el turismo, sector que sin duda nos impulsará hacia el crecimiento y que la serena belleza portuguesa hará valer. Todos esperamos, por lo demás, que el proyecto del AVE a Lisboa se reactive cuando regrese el momento propicio. Un momento que, hay que ser optimistas, llegará más pronto que tarde si la laboriosidad persevera, el ánimo no decae y una Europa más unida gana peso. La asunción de la presidencia de la UE por parte de Irlanda, otro país que ha recapitalizado su banca y nos está enseñando que hay vida después de la crisis, podría encarnar el punto de inflexión en el que los supuestos alumnos desaventajados volvamos a cautivar a Europa. De momento, Joana Vasconcelos ya ha conquistado Versalles.

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