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18/08/2018 10:30 CEST | Actualizado 18/08/2018 10:30 CEST

La vez que vi a Madonna

GTRES
Madonna actuando en el Forum de Inglewood (California, EE UU) el 27 de octubre de 2015.

La vez que vi a Madonna iba drogado de épica (y) marihuana. Fue en Niza hace diez años, aún no corrían camiones por sus calles ni la mayoría de sus visitantes de aquellos días llegaba a los cuarenta años. La mayoría, quiero decir, de las decenas de miles de personas que allí nos juntamos con una cita en común y una no tan clara victoria de la identidad masculino gay como hubiera cabido esperar de un evento tan prejuzgado.

Aquella excursión había terminado siendo el primer viaje de mi vida en solitario. Apuntaba a unicidad. Cinco días en la Costa Azul, un concierto de Madonna de por medio y un hostel atiborrado de jóvenes de cualquier parte de mi misma comunidad económica. Una ciudad europea costera, en agosto, más cerca de Mónaco y del Norte de Italia que de París; 'un puterío'. Fue un impacto considerable para alguien que nunca ha estado en un Orgullo Gay multitudinario; mucho libertinaje, mucho efecto espejo y empatía, mucho alcohol y olor a crema. Verano, calor, fiesta - Lydia Lozano's quote. Eso, y una Europa que seguramente alguien diga que se está perdiendo y que no le falte razón sin que sea necesariamente negativa esa sentencia.

Madonna es la única culpable de que mi primer viaje en solitario acabase en Niza.

Desde luego, yo no he vuelto a mostrar interés alguno por la Costa Azul y tengo claro que Madonna es la única culpable de que mi primer viaje en solitario acabase en Niza. Pero allí hice amigos, tres en concreto, y muchos más conocidos con los que en el hostel, una antigua casona francesa de clara influencia toscana, tomaba vino por las noches y hablaba del pop o de nuestras vidas. Cada noche surgían botellas, cigarros y snacks variados. Todo de forma comunitaria, pues se había creado tal clima en aquellas veladas que durante la jornada -momento en que cada cual hacía su plan o se repartía en grupos más pequeños- se iban comprando botellas de vino en los supermercados y otros víveres regionales para degustar por la noche en conjunto. Uno asomaba con queso, otra con unas patatas y yo aportaba tabaco y acento, porque ser el único andaluz supone siempre el doble de trabajo.

Algunas de esas noches terminaron en una discoteca pequeña que había detrás de la plaza principal, creo que dos, pero recuerdo la mayor parte del tiempo en aquel patio precioso al que sí que volvería de inmediato. Si cada lugar son sus recuerdos para mí Niza es un albergue. Cuando llegó el día del concierto veníamos ya tan recargados de sol, de buen rollo y de comunidad que entrábamos en la cola -yo y mis ya tres mejores amigos italianos- como el que va a coger un funicular y pretende subir a un lugar desconocido de altura indefinida, que es siempre la más feliz. Cientos de personas nos rodeaban, nos adelantaban o avanzaban al mismo ritmo fluido que nosotros cuando apenas faltaba una hora para el concierto, algo que en uno de ese calado es casi como llegar tarde. Por la tarde habíamos estado en la playa. Era verano, era Europa y a esas alturas poco nos importaba la distancia desde la que nos tocaría disfrutar del epicentro ideológico de toda esa semana. Aún así avanzábamos por los controles de seguridad con el nervio del que quiere fiesta y escucha el estadio rugir desde dentro. Pasamos varios puestos de control, tantos que los recuerdo con mucha ansiedad por culpa del estruendo que provenía desde adentro y que ya vibraba con el de Robyn y Laurent Wolf (a eso llama Madonna teloneros).

Uno asomaba con queso, otra con unas patatas y yo aportaba tabaco y acento, porque ser el único andaluz supone siempre el doble de trabajo.

Pasamos la última barrera de policías y por fin la pulsera, quitar el tapón a las bebidas y atravesar un merchandising que desprendía olor a gran evento. La vez que vi a Madonna es la vez que más cerca he estado de América. En un estadio de césped francés pero en América. Un estadio que incluía a una personalidad del gobierno galo y que mi vaga memoria resuelve como Carla Bruni cada vez que cuento esta anécdota, si bien es cierto que el helicóptero lo vieron estos ojos y de allí descendió una mujer importante vestida de blanco. Mientras pedíamos cerveza como cosacos, supimos además que por allí estaba Bono, de U2, que había venido desde Saint-Tropez en avión privado. Todo era impactante. Había demasiada seguridad, la gente estaba nerviosa y una sensación inquietante de que allí iba a suceder algo gordo.

Lo que sucedió fue POP y sigue siendo lo más POP que haya hecho en mi vida. Porque el espectáculo es la sangre de los americanos y el show business es apto incluso para el consumo de cualquier tribu urbana que se desmaye con un fruto seco. Sticky & Sweet Tour es mi gira de Madonna y por ende la mejor. Fue épica. Se mezclaron hits antiquísimos con temas EDM del momento y se pasó de la guitarra al techno y a Balkan Beat Box -hace diez años- con la única intención de darnos fiesta. Al fondo, una fiera loca y bellísima consiguió que mi vista se alargase tantos kilómetros como para obviar una proyección más cercana en la que Britney Spears se gritaba 'zorra'. It's Britney bitch! Euforia y alabanzas desde el mejor show de Madonna a la mejor diva pop de los dosmiles; amor, fraternidad, condescendencia. Allí, donde no cabía un alma pero sí la Bruni, recuerdo bailar como si tuviese una nave del Sónar para mi solito mientras los músculos vibraban y la gente sudaba, lloraba, gritaba y se desmayaba. Luego volvía y le reservábamos el hueco; disfruta conmigo, nena.

Allí, donde no cabía un alma pero sí la Bruni, recuerdo bailar como si tuviese una nave del Sónar para mi solito mientras los músculos vibraban y la gente sudaba, lloraba, gritaba y se desmayaba.

Recuerdo sudar como un cochino y enviar un SMS a España cuando la diva se hizo Evita y cantó You must love me. Recuerdo mi cara de arrepentimiento cuando el móvil dijo 'enviado'. Recuerdo botar tan alto que olvidé la textura del pavimento al que volvía tras cada salto y recuerdo, sobre todo, estar con la reina del pop y desear sacar brillo a su corona. Recuerdo el final, que sabía a desamparo, y el paseo de vuelta al centro de una ciudad donde aquella noche tan solo sonarían hits de Madonna y los chasquidos de cientos de despedidas.

La discusión acerca de lo que Madonna es al pop sólo es válida cuantitativamente. Sirve para rellenar artículos con cifras y ránkings, para intentar compararla con otros artistas o para magnificar aún más su legado, pero lo que su presencia produce en directo sigue siendo tan inclasificable como la expresión cultural en la que el POP se materializa; virtual, fanfarrónica, mastodóntica. La vez que vi a Madonna sentí estar en la cima del mundo.

Es probable que así fuera. Felices sesenta.