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02/10/2018 07:14 CEST | Actualizado 02/10/2018 10:08 CEST

Pajarismo nostálgico en Gran Hermano

GTRES
El presentador Jorge Javier Vázquez e Isabel 'Chabelita' Pantoja durante una gala del programa 'Gran Hermano VIP'.

Nostalgias y faldas en esta época revisitada de las primeras damas; la fascinante época Trump en la que el anclaje de la mujer vuelve a acercarse a las posiciones de amarre figurinista habitadas hasta hace no mucho. Amarre, juicio y una cosificación que parecía querer extinguirse hasta que llegó Chabelita y de nuevo tras ella esa fuente inagotable de símbolos marca España que parapetamos todos al criticarla. La marca ibérica de verdad; la no medallista y mucho más universal y reconocible que la expuesta en ferias de turismo internacional.

La marca ibérica ideológica. La que culpa a la mujer por díscola y la perdona también por díscola. La de primero tralla, luego risa y finalmente, muy al final; la empatía. Puede que sea así como verdaderamente funciona la cooperación de la raza humana y no a la inversa. Reivindicaban los teóricos del constructivismo moral en la Ética la imposibilidad de existencia de una emoción que no hubiese sido culturalmente determinada. Es decir, que la emoción separada del contexto no podría sino desaparecer pues es sólo contextualmente como vamos catalogando las emociones. No interesan para los constructivistas los estados psicológicos universales y propios de la intimidad del hombre como puedan ser la ira, el desprecio, la tristeza o la alegría; sino los usos que se hacen de esas emociones en su lenguaje y contexto concretos; en grupo.

Tienen mucho de constructivistas en Telecinco y en la brillante selección del casting del mejor Gran Hermano que hayamos visto hasta la fecha. Es el concurso de concursos, sin ningún lugar a dudas, y dispone de un elenco formado por una combinación de perfiles sociales tan depurada como acertada, representando a su manera el amplio abanico de diferentes mayorías que cohabitan en nuestra sociedad, que no son sólo dos ni todos discuten por Franco. Todos ellos encerrados y sometidos a los dictados de un Dios —de los que tanto se dejan caer por Mediaset recientemente— que dirige sus existencias durante el tiempo indefinido que dura su dominio sobre ellos. Brillante y siempre sorprendente el manejo que de sus vidas hacen los guionistas y revelador para el espectador ese momento en que el prejuicio friki preconcedido a los concursantes deja paso a las actitudes más identificables posibles en tan solo un par de galas.

Ver GH cada jueves es como un máster en televisión gratuito. Ganamos como observadores porque se enseña que la sociedad es justamente que todo ese repertorio de seres vivamos juntos y en obligada armonía.

Nuestro país es así. Y Gran Hermano es un experimento etológico a la antigua usanza, con primates seleccionados e inducidos a determinados comportamientos y en unas condiciones específicas que los directores del proyecto son capaces de perfeccionar año tras año. Ahora, cuando Telecinco ha conseguido hacer de la metatelevisión un éxito contra todo pronóstico, el espectáculo además se multiplica para que en la diversificación ganemos todos. Ganamos espectáculo y se nos hace partícipes, como público, de las decisiones tomadas para tal ganancia. Ver GH cada jueves es como un máster en televisión gratuito. Ganamos también como observadores —quienes así degustamos de estos programas— porque se enseña que la sociedad es justamente que todo ese repertorio de seres vivamos juntos y en obligada armonía. Que seamos todos ellos o vivamos todos con ellos es un matiz que queda a elección voluntaria del lector, pero que todos somos alguno de ellos en algún momento o aún peor: una copia calcada de alguno de ellos es algo de lo que sólo quieren escapar aquellos otros que deciden no verlo y con ello convertirse en seres de moral más alta que la de un pobre adicto a lo humano como es el fiel seguidor de este formato.

Que nuestros odios convivan con los quereres y tengamos que aguantarnos las repulsas en las bocas de nuestros estómagos nos excita. Que a las señoras como Makoke no se les insulte —o sólo con la boca pequeña— pero que a la neo-malinche Chabelita pueda llamársele fresca, alegre y fanfarrona nos perturba. Y no nos perturba porque lo sea, sino porque haya que permitirle serlo. Así funcionamos; usando la empatía al final del proceso, cuando ya no queda remedio, cuando la privacidad del ajeno resulta tan parecida a la nuestra que abochorne el acto de seguir lapidándola.

El humor que acompaña al Pajarismo no hace más que institucionalizar tanto al machito ibérico como a la guarra que con él se acuesta.

Este GH va de moverlo todo. De que por culpa de una ruptura milennial resulte triunfante un pseudo-Pajares nueva era [Oh no, otra vez tú] nueva versión contextualizada que estaba siendo llamada a surgir del trap y terminó surgiendo del trap barato, del que hace imitaciones y no factura millones a lo Tangana; de cuál si no. El novio de Chabelita hace reír al público cuando debería producir rechazo y volviendo a los teóricos de la moral, centrar su caso en la vía del medio que tomaba Jesse Prinz sobre el progreso moral; aquella que dice que nuestras reacciones emocionales son el resultado de combinar nuestras respuestas instintivas con los patrones aprendidos en sociedad. Nada nuevo, tan solo que más contrastable que el naturalismo aquél que admite el origen de una moral única a toda la humanidad.

Se adhiera uno a naturalistas o constructivistas, se admita o no que haya una moral y que ésta sea más o menos universal a todas las culturas, parece evidente que hay patrones en lo público que sobran de forma alarmante, quizás porque ya los conocemos lo suficiente en privado y sabemos de su falta de límites o quizás porque el humor que acompaña al Pajarismo, tan recargado de condescendencia y simpatía, no hace más que institucionalizar tanto al machito ibérico como a la guarra que con él se acuesta. Es de sobra sabido que en Telecinco el exceso de cristianismo convive en plena armonía con el existencialismo, aunque este último sea involuntario y aunque subrayar lo primero suene a crítica negativa al formato. Pues no lo es: EXPULSAR OMAR al no me acuerdo cuanto tanto.

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