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05/11/2018 07:19 CET | Actualizado 05/11/2018 07:19 CET

Donde poder respirar

Pixabay

Nos hemos convertido en máquinas de producir y consumir y ahora, cuando parece que no podemos hacer ni una cosa ni otra, ¿qué somos? Todo nuestro mundo ha entrado en crisis, también nosotros. Es la crisis de toda una concepción del mundo y de la vida, una concepción donde lo económico es lo primero y solo después se encuentra... lo económico, donde se idolatra la técnica y nos dejamos llevar con gozo e inconsciencia por el traicionero sabor dulzón de la masificación y la clonación, el redil donde protegernos del miedo.

Necesitamos la apariencia de la realidad, no la realidad en sí, una sociedad virtual en la que disfrazar lo que hemos hecho de ella, lo que hemos hecho de nosotros, donde afrontar, si acaso tangencialmente, la herida que nos pueda salpicar, el dolor que nos pueda conmover, la grieta que amenace con resquebrajarnos. Una sociedad virtual en la que nosotros mismos seamos seres virtuales, alejados del corazón de las cosas, hundidos en una indiferencia metafísica que nos hace olvidar el latido de la vida. Seres enajenados de la capacidad de crear, necesitados de cierto mesianismo al que seguir y de culpables a los que condenar, donde todo, hasta lo más íntimo parece haberse hecho objeto de consumo. Expropiados de la autoría necesitamos el mercado donde podamos comprar y donde podamos ser vendidos.

No hay coartadas que valgan para justificar nuestra desidia ni escudos para esconder nuestras miserias

Pero si algo es este momento es el de tomar conciencia de que se puede resistir al poder de la robotización. Es el momento de la resistencia, y es el momento de la autonomía para crear espacios donde desarrollar nuevos valores, recuperando los afectos, el gozo, el diálogo, la imaginación, la belleza, la fe en nuestro destino siguiendo la máxima de Gandhi, "debes convertirte en el cambio que deseas ver en el mundo". No esperar a que todas las soluciones nos vengan de fuera, nos lluevan del cielo, sean siempre competencia de otros. Ser nosotros mismos el germen de ese cambio, no hay coartadas que valgan para justificar nuestra desidia ni escudos para esconder nuestras miserias. Ser capaces de generar espacios donde desarrollar la sensibilidad, de hacernos dueños de la expresión, de la palabra, de ser capaces de mirar el entorno de otra manera, a través del arte como forma de expresión que viene a unificar la forma y el fondo. ¿Y no debería ser eso la vida, la fusión entre lo que hacemos y lo que pensamos, entre lo que construimos y lo que deseamos, entre la ética y la estética? ¿Y no es eso la belleza? ¿Y no es eso el arte? El arte reflejado en cada acto de nuestra vida. Espacios donde incorporar medios expresivos que puedan ir más allá de lo inmediato, que exploren las preguntas sin respuesta que arrastramos y que hagan vibrar las cuerdas que engrandezcan nuestra humanidad: la música como eco interior del dónde venimos y el hacia dónde vamos, la poesía como código lingüístico que nos libera de los grilletes que nos mantienen aferrados a la ficción colectiva, el símbolo como expresión de la otra cara de nuestra luna.

Ser capaces de generar espacios donde pensar, espacios para la crítica y la autocrítica, espacios para ir más allá del pensamiento formal y políticamente correcto que todos nos autoimponemos como condición para formar parte de nuestros respectivos pesebres. Pensamiento que nos interpele, pensamiento que nos duela, que nos haga abrir los ojos, que nos enfrente cara a cara con el otro y que nos lleve a conocerlo, pensamiento que nos enfrente con nosotros mismos y con la sordidez en la que estamos instalados, con el rostro que queremos disfrazar o que nos negamos a ver. Pensar y sentir como forma de resistencia. Ser capaces de gestar espacios, por minúsculos que sean, espacios donde crear y recrearnos desde el lugar más pequeño de nosotros mismos, capaces de engendrar nuevas realidades, cada día, cada segundo, espacios minúsculos donde poder respirar.

Este post se publicó originalmente en el blog del autor.

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