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31/08/2018 07:16 CEST | Actualizado 31/08/2018 07:16 CEST

Es hora de volver a educar a nuestros hijos a la vieja usanza

La forma de criar a nuestros hijos ha cambiado una barbaridad, ¿o no? Y no me atrevo a decir que estos cambios nos hayan facilitado la vida. Estas son algunas de las cosas de ahora que no formaban parte de nuestra vida cuando éramos niños.

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Jugar con los hijos

Seguro que mis padres jugaban con nosotros de forma ocasional, pero tampoco se sentían culpables si nos mandaban a jugar solos y a apañárnoslas con la imaginación (aunque fuera solo para que ellos pudieran leer un libro). Porque, sorpresa, nuestro aburrimiento no era su problema.

La culpa

Hablando de la culpa, se trata de algo nuevo. Hoy nos sentimos culpables por todo. Mis hijos no están apuntados a suficientes actividades; mis hijos están apuntados a demasiadas actividades; mis hijos me han pedido jugar, pero no me apetece. La lista puede ampliarse. ¿Se sentían culpables nuestros padres por este tipo de cosas? Lo dudo.

Los trastos

Yo tenía unos pocos juguetes chulos cuando era niña, pero ahora ni nosotros ni nuestros hijos parecemos estar conformes con unos pocos juguetes chulos, así que compramos, compramos y compramos hasta que su cuarto parece una juguetería tras una explosión.

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Actividades extraescolares

Las actividades extraescolares no estaban tan en boga como ahora. Antes y ahora ha habido niños que se tomaban muy en serio un deporte o una actividad, pero la mayoría estábamos en las actividades extraescolares por estar. En la actualidad, estamos constantemente tratando de despertar una pasión en nuestros hijos.

Asistir a TODOS los partidos de los hijos

A día de hoy, si te saltas aunque sea un entrenamiento, te sientes culpable. Cuando yo era pequeña, mis padres me hacían ir en bici a mis partidos de béisbol. Yo sola. Iba y volvía en bici y jugaba para mí, no para ellos. Y no me molestaba. Eso ya no pasa hoy.

Las quedadas para jugar en una casa

Estoy segura de que nuestros padres se habrían reído ante la sola idea de planificar quedadas en casa de algún amigo para jugar. Una hora de comienzo establecida, una hora final establecida, una merienda sustanciosa a mitad y posiblemente manualidades. Cuando éramos pequeños, salíamos al barrio, jugábamos con los niños que nos íbamos encontrando y volvíamos cuando se encendían las farolas. Esas eran nuestras quedadas para jugar.

Los entrometidos

Nuestros padres no tenían que preocuparse de que alguien les regañara por dejar a sus hijos de ocho años jugando solos en el patio trasero. De hecho, sus hijos de ocho años estaban correteando por el campo con un ojo puesto en las farolas para ver cuándo se encendían las luces para volver. Si algún cotilla metía las narices no era para leerle la cartilla a mis padres, sino para regañarme en su nombre.

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Los aparatos electrónicos

En mi época, teníamos la Atari y la Nintendo, pero nuestros padres no nos tenían que decir que dejáramos de jugar. Teníamos muchas mejores cosas que hacer con nuestro tiempo que pasarnos el día entero quietos con un mando en la mano. En la actualidad, tenemos que librar batallas a diario con nuestros hijos para establecer cuánto juegan, a qué juegan y cuándo juegan.

Alimentos ecológicos y nutrición

Todo este tema del cuidado con las etiquetas, con la comida congelada y la comida rápida no era un problema cuando yo era niña. Mi madre hacía comidas caseras todos los días porque no había prisa por llevarme a otra actividad extraescolar. En la sociedad actual, las comidas rápidas tienen ventaja porque siempre tenemos otro lugar al que ir.

Las críticas

Nuestros padres no sufrieron tantas críticas como nosotros ahora, sobre todo porque no tenían que ser padres "on line". A nuestros padres les daba igual lo que pensaran los demás sobre su estilo de crianza y, sinceramente, les importaba un comino el estilo de crianza de Susie, la vecina del final de la calle.

Echando un vistazo a las diferencias, se me ocurre que quizás sea hora de recuperar algunos aspectos de la crianza a la vieja usanza. Quizás deberíamos dejar que los niños aprendieran a jugar por su cuenta, deshacernos de nuestros sentimientos de culpabilidad, dejar de comprar tantos trastos, poner algo de orden en las actividades extraescolares, dejar que los niños del barrio jueguen juntos y, si no es mucho pedir, dejar de juzgarnos los unos a los otros. Al menos, sería un buen comienzo. Y enhorabuena a nuestros padres por haber hecho un trabajo estupendo.

Este post fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Canadá y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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