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22/09/2018 09:25 CEST | Actualizado 22/09/2018 09:25 CEST

La ruleta idiotizadora

TELECINCO

Ronda en mi cabeza una teoría. La he llamado la teoría de la ruleta idiotizadora y responde a un experimento humano. Es indemostrable en cuanto a que sería una pérdida de tiempo y dinero. Y más importante si cabe: si se demostrara, no creo que añadiese nada valioso ni desde el punto de vista sociológico ni desde el antropológico, pero a mí me gusta pensar que, de llevarse a cabo el ensayo, funcionaría.

Se trataría de colocar una tarima circular, giratoria, en el medio del plató de televisión de alguno de los muchos programas-intento de tertulias que se pueden ver en la televisión veinticuatro horas al día, siete días a la semana. De esos de los que la gente se queda viendo hasta las mil de la noche porque, dicen, a ellos "les entretiene"; de esos en los que los decibelios alcanzados por sus protagonistas molestan más que cualquier fiesta en piso universitario pero en los que la policía no entra ni de oficio a cortar la música; de esos que hacen que la gente se vaya a la cama con un tinnitus constante de reproches y tonterías en su cabeza, ideal para el buen reposo.

La tarima estaría dividida en dos, cortada en todo su diámetro por una falsa pared, creando dos espacios semicirculares independientes. A los lados, justo frente a cada uno de los semicírculos, habría una pequeña grada fija escalonada para que se sentase el público y, en cada semicírculo, sillas dispuestas en línea y un estrado para el que intenta moderar.

Zombis que rematan con aplausos las más absurdas premisas que escupen los protagonistas y que dicen "sí, bwana, lo necesito"

Justo antes del directo, se encenderían los focos de cada lado, se retocarían maquillajes, los que intentan moderar darían las últimas instrucciones a "su" marabunta, volverían de publicidad, el regidor de cada grada ordenaría silencio a los suyos y comenzarían los debates; las tertulias; la algarabía; los despropósitos.

El público, los telespectadores y la dirección, todos estarían encantados por cómo marchan sus programas. En uno, en el rosa, en tan solo dos minutos ya habría habido dos acusaciones infundadas, un insulto, una ya habría hecho un ridículo amago de abandonar el plató ofendida y la bulla sería ya la tónica dominante. En el otro, el de fútbol, más de lo mismo. El sector "fue penalti" increpa al sector "ha fingido", uno de los invitados ya ha hecho un comentario sexista muy aplaudido por los demás y ya han hecho tres avances sobre la noticia bomba de la noche, esa que va a revolucionar el mercado de fichajes.

Todo seguiría su curso. La noche avanzaría y, con ella, los programas. En ese momento en el que ninguna de las bandadas quiere o puede darse ya un respiro, en ese momento en el que los espectadores desde sus casas han tomado ya partido por unos o por otros, por tal cosa o tal otra, en ese momento en el que las ondas cerebrales tanto de los que están a un lado de la pantalla como el de los que están al otro, surcan una planicie vasta y firme que no tiene pinta de olear ni galvanizando, justo en ese momento comenzaría el experimento.

El pan y el circo idiotizan; que da igual lo que nos digan, lo que nos cuenten; que ni escuchamos ni vemos ni queremos

Alguien, desde una sala de control, presionaría un botón y la tarima comenzaría a girar muy despacio, lentamente, a una velocidad tan baja que sería incalculable hasta para los radares más sofisticados. El público en sus gradas seguiría atendiendo los programas y la gente en sus casas seguiría comiendo pipas frente al televisor pero ninguno de ellos se percataría del leve movimiento giratorio que está ocurriendo delante de sus ojos. No lo perciben. Pasa tan despacio que no prestan atención, no deja huella, igual que todas las pamplinas que escuchan y jalean. No dejan huella bien por su irrelevancia, bien por la poca clase de quien las dice. El conjunto de luces, focos, música, efectos sonoros, efectos de las pantallas, todo, sobre todo los gritos entremezclados e incoherentes, habrían provocado un estado generalizado de pseudo-trance chamánico en el que las diferentes ondas que llegan a cada individuo se anclarían a sus receptores serotoninérgicos alterando la percepción de cada uno, convirtiéndoles en zombis que rematan con aplausos las más absurdas premisas que escupen los protagonistas y que dicen "sí, bwana, lo necesito" a los productos que se les ofrecen en alguno de los frecuentes respiros publicitarios que se les da.

Los programas continúan con normalidad y la tarima sigue girando y girando. Ya van quince grados y nadie ha reparado en ello. Los protagonistas dentro de cada escenario tampoco. Están indignados. Aquella por no sé qué infidelidad de no sé quién y, aquel, por no sé qué declaraciones de no sé quién tras el partido. Treinta, cuarenta y cinco grados. Noventa es ya muy evidente pero los unos siguen a lo suyo y los otros siguen a lo suyo que es lo de los otros. Por qué todos los que siguen estos programas te dirán a la defensiva que "no, que a ellos no les interesan las vidas de los demás". Ya. Ciento ochenta grados es un momento crítico. La falsa pared, otrora horizontal, ahora está colocada en una perfecta vertical, perpendicular a las gradas. Tanto el público como la gente en sus casas tienen ahora en sus campos de visión dos filas de sillas, dos tipos que intentan moderar, griteríos provenientes de dos espacios diferentes que antes no estaban. Pero no lo ven. Doscientos grados, doscientos cuarenta y cinco. A cada graderío le corresponde ahora un mayor campo de visión del plató que antes correspondía al otro graderío. Siguen sin darse cuenta. Trescientos grados, queda poco para la vuelta completa. Trescientos diez, veinte, cincuenta. Así hasta completar trescientos sesenta grados. En ese momento una de las gradas y los telespectadores de su programa correspondiente, estarían viendo un programa que no comenzaron viendo, al igual que la otra grada y sus telespectadores. Los protagonistas, los correveidiles, tampoco se habrían dado cuenta de que su público ha cambiado. Todo el mundo estaba entretenido porque estos programas entretienen.

Aquí terminaría el experimento que, como se puede ver, no aportaría nada que no sepamos ya. Que el pan y el circo idiotizan; que da igual lo que nos digan, lo que nos cuenten; que ni escuchamos ni vemos ni queremos. Que nos lo pongan fácil aunque sea estúpido. Que estamos alelados, joder.

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