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08/03/2019 07:32 CET | Actualizado 08/03/2019 11:53 CET

Hombres (heterosexuales y cisgénero) e igualdad de género

Getty Images

La vida de las mujeres ha experimentado un cambio radical hacia la libertad individual, el empoderamiento y el ejercicio pleno de la ciudadanía. Ha habido grandes avances en materia de coeducación (escuela mixta), en autonomía personal, en la percepción de tener derecho al propio disfrute de la sexualidad, en la incorporación al mercado laboral y a los diferentes ámbitos de la sociedad, incluidos los puestos de responsabilidad. Además, en paralelo, se va avanzando en igualdad en el hogar y en la pareja.

A pesar de ello, este proceso de avance tiene todavía mucho recorrido por hacer y muchos obstáculos que superar, como el de la contrarreacción ante algunas de las conquistas ya alcanzadas. Además, las normas sociales de género son con frecuencia sutiles y muestran un importante grado de inercia. Como diría Barbara Risman, el género, como estructura social, actúa a través de 3 niveles: el individual (nuestra socialización, características, restricciones económicas, etc.), el interaccional (cómo enmarcamos nuestra relación con los demás...), y el institucional (cultura de las organizaciones, políticas públicas, etc.).

Sin embargo, en este proceso de avance en igualdad de género algo ha cambiado cualitativamente en el último par de años. Dentro y fuera de España, se han agotado los argumentos de "ten paciencia", "esto se irá solucionando con el relevo generacional". Existe una actitud –y bienvenida sea- de "las cosas tienen que cambiar, y tienen que hacerlo, ya". Esta nueva actitud se manifiesta en cualquier ámbito social: se percibe un esfuerzo por incorporar a las mujeres en todos los ámbitos profesionales en donde estaban infrarrepresentadas; se rescatan del olvido a todas las mujeres que han destacado en la historia de la música, del arte o de la ciencia; la violencia de género en la pareja y en la familia ha dejado de ser un tabú; se considera inadmisible que las mujeres no puedan ir solas por la calle, de noche, sin sentirse seguras; la prostitución se empieza a considerar como un forma intolerable de violencia de género; se deja de asociar el feminismo exclusivamente con movimientos radicales; cambian las normas sociales (por ejemplo, los piropos, los chistes machistas o la publicidad sexista se ven como algo de mal gusto). Y estos cambios parece que han venido para quedarse, por mucho que ello moleste a algunos defensores de lo políticamente incorrecto.

Las cosas están cambiando seriamente, pero, como se sugería antes, la superación de la desigualdad de género no es un proceso ni fácil ni lineal. Uno de los problemas con los que se encuentra es el hecho de que existe un desfase entre el cambio experimentado por las mujeres y el experimentado por los hombres. Y para que alguna vez se alcance una verdadera igualdad efectiva entre hombres y mujeres es muy importante que cambien las actitudes de ambos.

Los estereotipos y las actitudes de género tradicionales (sexistas) tienen todavía más vigencia entre los hombres que entre las mujeres.

Las actitudes de los hombres también han cambiado mucho (el grupo de "hombres igualitarios" ya no es tan minoritario), pero en la mayoría de los casos las actitudes y las vidas de los hombres han cambiado porque han cambiado radicalmente la vida y las actitudes de sus parejas femeninas, de sus madres, hermanas, hijas, amigas, compañeras de trabajo... Es decir, no es tanto un cambio que se deriva de una reflexión personal o como grupo, sino de una acomodación a un cambio que viene de otro ámbito (sin menoscabo de que muchos de estos hombres consideren que es un cambio justo y correcto). Y este cambio adaptativo es lógico que tenga lugar con un ritmo más lento, o desfasado. Por ejemplo, es evidente que el grado de incorporación de la mujer al mercado laboral está mucho más avanzado que su contrapartida, la incorporación del hombre al cuidado familiar.

Este desfase se observa también en la superación de los estereotipos de género. De manera recurrente, la investigación académica pone de manifiesto que estos estereotipos (y, en general, las normas sociales de género) siguen más vivos entre los hombres que entre las mujeres.

Nos vamos a permitir poner un ejemplo acerca de los estereotipos sobre las habilidades matemáticas (según el cual, los hombres tienen más habilidades matemáticas que las mujeres), que proviene de un sencillo experimento que realizamos hace poco. Se trataba de que nuestros participantes (754 estudiantes universitarios de la Comunidad de Madrid) evaluaran el perfil (académico y personal) de un adolescente ficticio de 15 años y que posteriormente le ofrecieran una recomendación sobre qué carrera universitaria estudiar. Los participantes evaluaron un único perfil que en la mitad de los casos se llamaba Manuel y en la otra mitad María (ambos nombres fueron asignados aleatoriamente entre los participantes). En la figura siguiente mostramos las puntuaciones promedio obtenidas en la pregunta "¿qué capacidad crees que tiene Manuel/María para el razonamiento matemático?" (una puntuación más alta significa que se le atribuye más habilidad matemática). Como se puede ver, entre las chicas que participaron en el estudio (línea roja) no se produjo ningún sesgo en la evaluación (las puntuaciones medias eras prácticamente iguales cuando el adolescente ficticio se llamaba Manuel y cuando se llamaba María). Sin embargo, entre los participantes varones (línea verde) sí se daba un sesgo de género, ya que éstos atribuían en promedio más habilidades matemáticas a Manuel (3,03) que a María (2,68).

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Parece que el estereotipo según el cual los hombres son mejores para las matemáticas (y las mujeres para la expresión verbal y la comunicación) seguía vivo entre los jóvenes participantes en el experimento, pero no así entre las jóvenes que participaron en él.

Hay otro aspecto interesante, y relacionado con el anterior, del que hay cierta evidencia empírica experimental. Se trata de la hipótesis de que (en promedio) los hombres que ven cuestionada su hombría tienden a discriminar más a personas atípicas en términos de género (por ejemplo, a una candidata a un puesto de alta dirección, que es una actividad tradicionalmente asociada con lo masculino).

En este sentido apunta el experimento realizado por Ann Hoover y compañía. Estas autoras propusieron a una muestra de varones (estudiantes universitarios) que participaron en su experimento que evaluaran las candidaturas de un hombre y de una mujer (con méritos similares) a un puesto de alta dirección. Si no hubiera sesgos de género en la evaluación de los méritos, ambos serían recomendados por igual al puesto de dirección. Y así sucedía (así sucedía con el "grupo de control"): los chicos participantes recomendaban la contratación de ambos candidatos en igual grado y les ofrecían salarios similares. Sin embargo, a una parte de los participantes (grupo de tratamiento) se les hizo participar previamente en un juego en el que ellos ocupaban una posición pasiva y subordinada respecto de otros hombres; de esta manera se les hizo sentir poco poderosos y "un poco pringaos" respecto de otros hombres. Pues bien, este grupo de participantes recomendó en menor grado la contratación de la candidata y además a ella le ofrecieron (en promedio) un salario menor. ¿Conclusión? A este subgrupo de chicos se les había hecho sentir menos poderosos ("menos hombres", según los estándares de la masculinidad hegemónica o tradicional), y la reacción (no consciente) de algunos de ellos fue la de restablecer su hombría herida penalizando a una mujer que opta a un puesto tradicionalmente asociado con lo masculino (que opta "por salirse del tiesto" en términos de roles de género tradicionales).

En definitiva, como indica la investigación en esta materia, parece ser que los estereotipos y las actitudes de género tradicionales (sexistas) tienen todavía más vigencia entre los hombres que entre las mujeres, y que hay más vulnerabilidad entre ellos hacia el cuestionamiento de su identidad de género. Este desfase en el cambio hacia unas actitudes de género más avanzadas es posible que, en parte, explique el desconcierto y la consecuente actitud defensiva que se observa en la actualidad entre muchos hombres heterosexuales y cisgénero (un buen ejemplo de ello es este artículo de Javier Marías). Estos hombres tienen la percepción de que la igualdad de género es un juego de suma cero (lo que las mujeres ganan es a costa de lo que ellos pierden). Además, y como señala Michael Kimmel, "los privilegios son invisibles para aquellos que los disfrutan", de manera que, por un lado, no son conscientes del alto desnivel de las condiciones de partida de mujeres y hombres; y, por otro, tienden a considerar que cualquier situación de desigualdad es cosa de un pasado que ya ha sido totalmente superado en la actualidad, en donde "ya se ha alcanzado la igualdad". Por ello, bajo su percepción, las políticas de igualdad no son políticas niveladoras, sino acciones injustas y discriminatorias (discriminación positiva), que van contra ellos.

La igualdad de género amplía la libertad de elección de las mujeres, pero la de los hombres también.

Sin embargo, el género (aunque a veces no parezca tan evidente) también incluye a los hombres, y la actual oleada emancipadora, feminista y de avance en igualdad de género es indudable que tiene un beneficio neto para los hombres (de hecho, nos cuesta encontrar elementos negativos que incorporar en el lado negativo de "neto").

A esos hombres (fundamentalmente a algunos hombres heterosexuales y cisgénero) que piensan que la igualdad de género es un juego de suma cero; a esos que en una charla sobre igualdad de género se ponen en la última fila, a la defensiva, y ponen cara de escépticos, cuando no de hostilidad; o incluso a esos que admiran con nostalgia el porte de Abascal montando a caballo; a ellos va dirigida esta lista en donde repasamos los aspectos positivos que para ellos (aunque no se hayan dado cuenta aún) tiene el avance en la igualdad de género. Efectivamente, un substancial avance, o el alcance de la plena igualdad de género:

  1. Es un avance en libertad, es una causa justa, y por ello recibe un importante apoyo social. Sentir que apoyas algo "porque es lo justo", por puro imperativo moral, te hará sentir bien.
  2. Atenuará o suavizará una serie de presiones asociadas con el ideal de masculinidad tradicional (o hegemónico). Por ejemplo, ya no sentirás la presión de tener que probar constantemente ante los demás que en ti no hay nada afeminado ni homosexual. La comunicación e interacción con tus pares masculinos podrá ser más natural y auténtica; ya no te sentirás incómodo (ante los demás) por tener un buen amigo homosexual.
  3. Dejarán de producirse situaciones en las que te sientes incómodo por (en contra tus principios) reírle las gracias a alguien que cuenta un chiste sexista.
  4. Atenuará o suavizará la presión que sientes por demostrar a los demás (sobre todo a otros hombres) que tienes poder, que ganas mucho dinero y que ejerces el control sobre los demás.
  5. No tendrás que ocultar tanto tu fragilidad o tus dudas; no tendrás que inhibir siempre tus sentimientos; no necesitarás ser una roca, un pilar, todo el tiempo.
  6. Si haces deportes o actividades de alto riesgo, lo harás por puro placer y no para demostrarle a nadie lo hombre que eres...
  7. Podrás acceder a un abanico mucho más abierto y diverso en cuanto a las formas de vestir y de comportarte...
  8. Te beneficiarás de interactuar en el trabajo, o en tus momentos de ocio, con personas (mujeres) más interesantes y empoderadas, que, por ejemplo, no se ven obligadas a desaprovechar su talento como consecuencia de su sexo.
  9. Vivirás en una economía más próspera y en una sociedad más creativa que no desaprovecha la mitad de su capital humano.
  10. Te sentirás mejor sabiendo que en tu entorno hay menos violencia contra las mujeres (en la intimidad de la pareja, en el ámbito de la prostitución y de la trata...).
  11. Cuando seas padre podrás ser un padre plenamente implicado en el cuidado de tu hijo/ja; podrás generar un verdadero apego con él/ella; te enriquecerás como persona estando y participando activamente en su desarrollo cognitivo y emocional.
  12. Podrás desarrollar más la dimensión afectiva de tu personalidad; podrás ser más empático; no tendrás que manifestar en todo momento un grado moderado de autismo.
  13. Tendrás una convivencia y una relación mucho más estimulante con tu pareja femenina (que será una persona con una vida y un criterio propios), en igualdad, sin que necesite ni tu tutela ni tu protección, con la que podrás compartir muchas ilusiones y aventuras (e incluso el amor), sin que por ello te sientas inseguro.
  14. Te quitarás la carga del deber de ser el proveedor económico del hogar (no te sentirás mal si tu pareja femenina tiene más ingresos o estatus profesional que tú).
  15. Además... ¡Se ampliará el campo de actividades y prácticas sexuales que podrás hacer en la intimidad (sí, la sexualidad heterosexual de la masculinidad hegemónica tiene bastantes tabúes...)!

La igualdad de género amplía la libertad de elección de las mujeres, pero la de los hombres también. Fíjate que todos los puntos señalados anteriormente apuntan en esa dirección.

¿Qué en este ínterin (de grandes cambios en pos de la igualdad) te sientes a veces un poco juzgado e inseguro? Merece la pena asumir este pequeño coste... Como señala Ritxar Bacete, estamos "generando identidades y espacios de relación y convivencia nuevos". Además, como diría Octavio Salazar, "no se trata de hacer un ajuste de cuentas con el hombre, sino con el patriarcado".

¿Y dónde quedan los ideales de sacrificio, integridad, generosidad, nobleza y honor de antaño? Esos ya los tenías antes y ahora los tendrás aún más (ya no tendrás que traicionar esos valores, por ejemplo, mirando para otro lado cuando alguien hace un comentario machista u homófobo); esos son los ideales de un verdadero hombre, y de una verdadera mujer, porque son valores universales de la humanidad.

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