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13/01/2019 11:22 CET | Actualizado 13/01/2019 11:32 CET

Las fresas de la ira

Los temporeros trabajan en condiciones muy deficientes. ¿Qué podemos hacer para coger la bandeja de fresas del mostrador del Mercadona sin sentirnos culpables?

José Andrés Fernández Cornejo
Chabola del asentamiento del cementerio (Lepe) y centro comercial al otro lado de la calle.

Huelva es líder europeo en la producción de frutos rojos (fresas, frambuesas, moras y arándanos) en invierno. Este próspero sector incluye a empresas productoras, comercializadoras y exportadoras, así como a empresas proveedoras y de servicios que interactúan dentro de este sector. Esta actividad, junto con el turismo, ha conseguido dinamizar la economía y la sociedad de una provincia relativamente desfavorecida. Además, el desarrollo de este sector va de la mano tanto de la inversión en I+D agroalimentario (cultivo bajo plástico) como de la inversión en marketing e imagen de marca, dos actividades estratégicas de alto valor añadido.

De esta manera, en los últimos años, Huelva ha pasado a ser una de las grandes zonas de atracción de trabajadores temporeros, como Jaén (aceituna), Almería (horticultura), Murcia (horticultura), Lérida (frutales), etc.

Este sector, y el emprendimiento y la prosperidad que genera en esa zona, es deseable que continúe y se consolide. Pero ello pasa por abordar y mirar de frente a dos problemas asociados con su actividad.

El primero es el problema de la sostenibilidad medioambiental. Por ejemplo, el crecimiento de las explotaciones en los alrededores del Coto de Doñana, con sus consiguientes necesidades de regadío, así como con la proliferación de pozos ilegales, parece que está dejando el acuífero de Doñana al borde del colapso.

José Andrés Fernández Cornejo
Cultivo de arándanos bajo plástico (Lepe).

El segundo, del que se ocupa este artículo, tiene que ver con la sostenibilidad social de esta actividad. Se trata de la situación de los trabajadores y trabajadoras temporeros, que son la base humana y productiva sobre la que descansa toda la actividad del sector. La gran necesidad de trabajo estacional, entre febrero y junio, atrae a muchos trabajadores inmigrantes (con y sin permiso de trabajo) a una zona deficientemente preparada para organizar su acogida. La manifestación más evidente de la mala situación de estos trabajadores es la proliferación de asentamientos de chabolas por todo el territorio; en Lepe, Moguer, Lucena del Puerto, Bonares, Palos de la Frontera, Mazagón...

He visitado recientemente a un amigo que trabaja con una ONG de apoyo a los trabajadores temporeros de Lepe y he podido conocer con él la situación de un asentamiento chabolista de dicha localidad, el "asentamiento del cementerio", lo cual me ha permitido hablar con varias personas que viven allí (temporal o permanentemente).

Este asentamiento se encuentra junto al cementerio de Lepe, a 500m del centro del pueblo, y justo al otro lado de la calle de un nuevo y flamante centro comercial en donde están situadas todas las grandes superficies –por todos conocidas- de supermercado, bricolaje, ropa deportiva, etc.

Una de las primeras impresiones que me causó caminar por esta pequeña cuidad de cartones y plásticos, con mayoría de población subsahariana, es la de estar caminando por el barrio de Kibera, en Nairobi (Kenia), considerado el mayor barrio de chabolas (o "slum") del mundo, y que tuve la oportunidad de visitar hace varios años.

¿Cómo se explica que muchos de estos jornaleros no vivan como el resto de jornaleros de Andalucía sino en condiciones infrahumanas?

En el asentamiento del cementerio viven unos mil trabajadores en la temporada de la fresa (febrero a junio), y unos pocos centenares en el momento de mi visita, en diciembre de 2018 (en el momento de mi visita, muchos temporeros se encontraban en Jaén, en la recolección de la aceituna). La población predominante es subsahariana, sobre todo de Mali, Senegal, Gambia y Guinea Bissau, aunque también hay marroquíes y personas de otras nacionalidades y etnias. La mayoría son varones y jóvenes (¡o muy jóvenes!), aunque también hay algunas mujeres y varones de más edad, estos últimos, en su mayoría, viviendo allí de manera permanente.

Muchas de estas personas son inmigrantes sin permiso de trabajo que intentan trabajar irregularmente de temporeros en la recogida de los frutos rojos, pero también hay un importante grupo de personas con permiso de residencia y de trabajo que trabajan regularmente. Me llamó la atención un grupo de jóvenes de Senegal y Gambia, educados y amables, que acababan de llegar de Italia, en donde, decían, las condiciones de trabajo para los irregulares están peor que en España.

No hay agua corriente (tan solo una manguera en la puerta del cementerio) ni electricidad. No hay contenedores de basura. Las "calles" y el perímetro alrededor de cada chabola están limpios, pero, aquí y allá, aparecen zonas de acumulación de basura.

João, de Guinea Bissau, un señor afable y de voz profunda, nos invita a tomar el té en su chabola. Es de noche, hace frío y se agradece tomar el té rodeados de paredes de cartón. Nos explica la situación del asentamiento, cómo viven los temporeros, cómo se trabaja en los campos. También nos relata su historia personal. Llegado a España hace décadas, permiso de trabajo obtenido tras 12 años de residencia en España, consiguió llevar una vida estable y "normal"; compró una vivienda en Almería, pero lo perdió todo en la última crisis. Lleva dos años viviendo en el asentamiento del cementerio, es una figura veterana y respetada.

José Andrés Fernández Cornejo
Zona de acumulación de basura.

Mamadou es un joven de Senegal, sin permiso de residencia y llegado hace muy poco. Consigue algunos euros construyendo chabolas para los otros trabajadores temporeros que van llegando. Nos muestra cómo se construyen las chabolas. La estructura se hace a base de palés recogidos en las naves industriales de la zona. Esta estructura se recubre, primero con cartones y después con una segunda capa exterior de plástico. Este plástico se obtiene de los invernaderos, que periódicamente substituyen el plástico envejecido por otro nuevo (el plástico viejo se recicla, pero algunos dueños de fincas guardan parte del viejo y se lo donan a los subsaharianos).

El problema es que estas chabolas son altamente inflamables y recurrentemente se producen incendios que arrasan, en un instante, con todo. Hasta ahora parece que no se han producido víctimas mortales. Sin embargo, sí se dan situaciones muy penosas, como perder en el fuego todos los documentos acreditativos de la estancia en España (para obtener el permiso de trabajo por "arraigo" son necesarias dos cosas: acreditar la residencia en España durante un mínimo de tres años con cualquier tipo de documento, recibo, etc.; y conseguir un contrato de trabajo de como mínimo un año).

La infraestructura de las chabolas incluye la colocación, al lado de la misma, de "la letrina", una suerte de pozo ciego muy básico. Ésta se construye cavando un agujero de unos dos metros de profundidad, con una anchura de un metro cuadrado, cuya parte superior se estrecha en forma de tubo, en donde se hacen las necesidades o en donde se coloca un inodoro. La mayoría de cabañas tienen también ducha, consistente en un cubículo en donde echarse por la cabeza un cubo de agua calentada previamente en el fuego. Estos trabajadores van aseados (tanto o más que la población autóctona) y con la ropa limpia. Viven con dignidad, con austeridad, suelen ser personas nobles y es muy raro que tengan problemas con la población autóctona.

¿Cómo se ganan la vida? Son trabajadores temporeros, jornaleros. Hacen un trabajo duro en la agricultura intensiva, con una retribución baja, que los españoles ya no quieren hacer. Según el "Convenio de los trabajadores del campo en la provincia de Huelva", el jornal diario es aproximadamente de 41€, con una semana laboral de 39 horas de trabajo efectivo, distribuidas en seis jornadas a razón de seis horas y treinta minutos (también se trabaja en domingo). Pero el problema es que se dan situaciones de abuso que difícilmente trascienden al tratarse de un grupo de trabajadores no organizados y algunos de ellos en situación muy vulnerable (sobre todo los irregulares).

Desde hace años se habla (hay quien habla de "secreto a voces") de casos de abuso y de acoso sexual contra temporeras por parte de algún empresario de la fresa.

Un ejemplo de abuso nos fue relatado por mi amigo. Éste prestó ayuda a un trabajador senegalés que no hablaba bien español. Este temporero había trabajado 5 días y no había recibido su salario. Mi amigo solicitó a la administradora de la empresa la información registrada sobre lo que esta persona había trabajado. Los manijeros (jefes de grupo) apuntan el número de días trabajados y de cajas recogidas por los jornaleros de su cuadrilla. A partir de las anotaciones del manijero, en el registro de trabajo figuraban dos aspectos que implicaban abuso: primero, en lugar de los 5 días trabajados, figuraban 4; y, segundo, aparecían menos cajas que las verdaderamente recogidas. La administradora le dijo a mi amigo que la empresa solo podía pagar según lo reflejado en el registro. Parece que este tipo de prácticas son algo común, y más aún cuando se contrata a trabajadores irregulares. Como consecuencia de ellas puede que haya casos de trabajadores temporeros con papeles que perciban, por ejemplo, 35€ por una jornada completa diaria, o de trabajadores sin papeles que perciban 25€.

Otras formas de abuso que me fueron relatadas incluían: no pagar las horas extra, hacer pagar a los trabajadores el traslado a las fincas, cuando, según el convenio, este coste es a cargo de la empresa. Trasladar a los temporeros a la finca, tenerlos varias horas esperando, sin remuneración, a que mejoraran las condiciones climáticas (esperar a que se sequen las frutas tras el rocío, tras la lluvia, etc.); o cancelar tras varias horas de espera la recogida y devolverlos al pueblo sin haber cobrado. En el caso de las jornaleras, normalmente contratadas en origen (en Marruecos), se emplean métodos para aumentar la productividad como "la lista". Este sistema consiste en que las cinco personas que menos cajas recojan corren el peligro de quedarse sin trabajo, con lo que se establece una estresante competencia entre las propias jornaleras. Parece que las cosas no hubieran cambiado. Son situaciones y prácticas que recuerdan demasiado a las que podía haber, hace cien años, con el trabajo de los temporeros y temporeras en Andalucía.

José Andrés Fernández Cornejo
Chabola forrada de plástico.

¿Cómo se contrata a los sin papeles?

Según me contaron, parece ser que un método bastante común consiste en que el trabajador inmigrante sin papeles, al que legalmente no se le puede hacer un contrato, trabaja usando la documentación de otro trabajador inmigrante que sí tiene permiso de trabajo, y al que sí se le puede hacer un contrato, ("ambos son del mismo país", "ambos son de color", "es difícil distinguirlos..."). A partir de aquí se organiza una especie de mercado de cesión de papeles desde los que los tienen hacia quienes no los tienen (debe haber temporeros con papeles en cuyos registros figure que han trabajado una cantidad exagerada de horas al mes: las trabajadas por él más las trabajadas por otro compañero). Es posible que algunos de los que ceden sus papeles se queden con una comisión, que lo mismo hagan algunos manijeros, que algunos responsables de fincas se aprovechen de la situación de vulnerabilidad de los inmigrantes irregulares reconociéndoles menos horas de trabajo o menos cajas recogidas... A lo mejor esta acumulación de factores explica que los inmigrantes irregulares perciban ingresos diarios muy por debajo de lo que especifica el convenio.

Por otra parte, en momentos álgidos de trabajo puede que haya fincas que "hagan la vista gorda" y den empleo a algunos trabajadores inmigrantes irregulares, sin realizar un contrato.

Me gustaría hacer una salvedad en este punto. En España hay centenares de miles de inmigrantes irregulares (que no han obtenido el estatus de refugiados o de protección internacional) en espera de cumplir con los requisitos para obtener sus permisos de residencia y de trabajo. Entre tanto (durante, como mínimo, tres años), tienen que vivir (y que enviar regularmente dinero a sus familias en sus países de origen). Las opciones para intentar vivir (o "malvivir") durante ese período incluyen trabajar irregularmente en el servicio doméstico, en la venta ambulante, o en la agricultura. Aquí se produce un dilema: como empleador, no debes satisfacer tus necesidades laborales con trabajadores irregulares, sin contrato y sin protección; pero, por otra parte, este tipo de trabajo es la única opción que estamos dejando a los irregulares para poder salir adelante durante ese período; así que dar empleo a algunos trabajadores sin papeles puede ayudarles durante esta situación. ¿Cómo resolver el dilema? Quizás dando empleo a algunos trabajadores irregulares (en estos sectores citados) sin aprovecharse de su situación y sin explotarles (seguro que hay algunos empleadores que hacen ésto, pero también debe haber otros que no...).

¿Y la situación de las temporeras?

Hay muchas temporeras. La mayoría de ellas se contratan en origen en Marruecos. Se seleccionan eligiendo determinados perfiles, por ejemplo, madres con hijos pequeños en Marruecos (para desincentivar las intenciones de quedarse en España). Se contratan en sus localidades marroquíes de origen. Se considera que son trabajadoras "poco conflictivas" y que trabajan duro. Vienen con un contrato. Están aquí varios meses. Normalmente viven en la finca en la que trabajan. Cuando acaba el contrato vuelven a Marruecos. En una finca de Lepe tuve la oportunidad de ver la decena de viviendas modulares (contenedores) que había para ellas. En cada uno de estos contenedores se sitúan varias literas que pueden dar albergue a seis u ocho mujeres.

José Andrés Fernández Cornejo
Barracones para alojar a temporeras marroquíes.

Desde hace años se habla (hay quien habla de "secreto a voces") de casos de abuso y de acoso sexual contra temporeras por parte de algún empresario de la fresa. Esta cuestión ha cobrado más actualidad a partir de una investigación realizada por la revista alemana Correctiv, en donde se recogieron los testimonios en este sentido de varias temporeras marroquíes. Hace pocas semanas el juzgado de primera instancia e instrucción de la Palma del Condado (Huelva) archivó la investigación sobre el supuesto acoso y abuso sexual por parte de un empresario de la fresa contra cuatro temporeras marroquíes. Este archivo se va a recurrir y, por otra parte, siguen activas las instrucciones de otros casos similares.

No conozco de cerca los entresijos de esta cuestión. Por ello, quizás sea mejor fijarse en el contexto. Estas temporeras son mujeres pobres, solas, muchas analfabetas, no conocen el idioma, no están empoderadas (muchas de ellas vienen de zonas en donde hay mucha violencia de género que sigue siendo considerada como una cuestión tabú). Viven todo el tiempo en las fincas. La gran mayoría de empresarios es evidente que son respetuosos con ellas, pero puede haber habido algún caso en que no sea así (se habla también de empresarios que organizan "fiestas" con mujeres que tienen trabajando y viviendo en sus fincas). Si ha habido alguno de estos casos, ello puede poner en peligro la reputación y la imagen de todo un sector que genera una gran cantidad de actividad económica. Así que es probable que haya muchos intereses creados que propicien que, en el caso de que hubiera sucedido algo, ello no trascendiera... Salvando las distancias, se parece a lo sucedido entre los sacerdotes de la iglesia católica. Ha habido casos de curas pederastas que todo el mundo conocía; el problema es que los "buenos curas" miraban para otro lado...

José Andrés Fernández Cornejo
Calle del asentamiento del cementerio.

Mujeres en los asentamientos de chabolas y prostitución

En el momento de mi visita al asentamiento del cementerio había muy pocas mujeres en él. João nos contó el caso de una mujer del asentamiento que había sufrido una rotura de tobillo. Él le prestó ayuda llamando a una ambulancia, y se quejaba de que ésta había tardado excesivamente en llegar, quizás porque la persona herida vivía en un asentamiento de chabolas. Finalmente fue bien atendida, se le diagnosticó rotura de tobillo y estuvo un día ingresada en el hospital. Todo salió bien. Lo desasosegante del caso es que posteriormente me enteré de que esta mujer era una de las dos prostitutas que viven en una de las chabolas del asentamiento, y que la rotura del tobillo se debía a una agresión de un cliente. En los asentamientos también hay prostitución "low cost" (me hablaban de entre 5 y 10€ el servicio...). La mayoría de estas prostitutas son subsaharianas sin papeles. Hay violencia en la prostitución, en la prostitución en estas condiciones, y en la agresión física relatada; pero también hay violencia en el tabú que, en un contexto como éste, rodea a este tipo de agresiones, que hacen absolutamente inviable el que la justicia pueda actuar.

Preguntas

¿Cómo se puede explicar la persistencia de este chabolismo ligado a la prosperidad del cultivo de frutos rojos? Es decir, ¿cómo se explica que muchos de estos jornaleros no vivan como el resto de jornaleros de Andalucía sino en condiciones infrahumanas? Puede que sea el resultado de la conjunción de dos factores:

Por un lado, la mayoría de estos temporeros son inmigrantes subsaharianos, muchos sin permiso de trabajo, muchos de ellos desconocen el idioma, provienen de etnias y culturas muy diferentes, vienen de situaciones previas muy difíciles en sus países, y viven aquí en un entorno de grandes barreras para su integración en la sociedad española. Ello hace que constituyan un grupo de trabajadores con nula conciencia de clase y de los derechos que tienen (no están empoderados). Son un grupo social clave en el sector de los frutos rojos, pero tienen una escasísima capacidad de presión.

José Andrés Fernández Cornejo
Estructura a base de palés de una chabola.

Por otro lado, son vistos (como también pasa en el resto de España) como un grupo social de bajo estatus en la jerarquía social (inmigrantes, muchos de ellos irregulares, la mayoría de color...), separado del resto. Como pasa también con otros grupos desfavorecidos, por ejemplo, las prostitutas, el resto de la población se inmuniza y se acostumbra a vivir "con algo que no pueden cambiar", como si la precariedad y las privaciones en las que viven "los otros" no existieran. De alguna manera, se hacen invisibles socialmente. Además, como no tienen derecho a voto en las elecciones municipales, esa invisibilidad se sitúa también en el ámbito político.

¿Qué hacemos?

El futuro, la competitividad y la sostenibilidad de un sector tan importante económica y socialmente, como el de los frutos rojos de Huelva, no puede descansar en una injusta y fría división internacional del trabajo, como la que aquí vemos. Los actores sociales y políticos están actuando (destaca el papel de algunas asociaciones, como Cáritas, Asisti Cuenca Minera o el Sindicato Andaluz de Trabajadores), pero hace falta mucho más y, sobre todo, hay que hacerlo ya. Los ayuntamientos, los empresarios del sector y el resto de actores implicados tienen que organizar y financiar la construcción de una verdadera red de oficinas de apoyo a las personas temporeras, albergues para las estancias temporales, planes de vivienda social para alojar a quienes viven permanentemente en estos municipios, y un plan de atención humanitaria a los inmigrantes más vulnerables.

Es una inversión asumible social y económicamente (como pasa, por ejemplo, en las zonas de Francia que también atraen a trabajadores temporeros). Hay que asumir este coste de la actividad de la fresa. Ello mejorará la competitividad del sector, quizás no vía precios, pero sí vía reputación y responsabilidad social. Quiero seguir consumiendo fresas en invierno. Quiero coger la bandeja de fresas del mostrador del Mercadona sin sentirme culpable por ello...

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